sábado, 31 de agosto de 2013

Capítulo IV: El zurrón de los sueños


Las montañas negras se extienden al norte. Crecen de una vegetación tupida y verde, que les hace de suelo. Sus bases van escapando del reverdecido suelo de muchos tonos y va mutando  desde el azul tornasolado hasta el negro. En la medida que asciende con bordes filosos y acantilados muy pronunciados se angosta y gana altura. Tanta, qué finalmente la cima queda invisible por una nieve blanca que se confunde con unas nubes para siempre.  
Las mujeres trabajan  formando círculos, algunos más grandes, otros más pequeños. Allí se encuentran suspendidas en el aire. Entonan un modesto himno entre susurros. Sus afinados movimientos dan curiosa coreografía al conjunto. Sus largos vestidos tapaban los pies desnudos. Las mujeres con unas caras de rasgos afinados,  ojos claros, cabellos lisos, largos,  blancos, llovidos sobre los hombros  desnudos.
Levantarán ambas manos por encima de su hombro derecho, las extenderán un poco, las juntarán por los dorsos, las mirarán un poco y mezclados entre risas y sollozos, juntarán las palmas y con delicadeza y ternura las bajarán suavemente, para depositar su contenido en un zurrón que llevan del lado izquierdo en la cintura.
Así lo harán incansablemente, una y otra vez. Para cuándo terminan de completar el zurrón, se acercará una joven esbelta, bañada de ropas plata con una corona que tiene un corazón de remate y unas estrellas diamantinas a su alrededor.
Tomará todas las bolsas de las cinturas, haciendo la vuelta por dentro de las mujeres y girando  hacia la izquierda. De las damas tomará el zurrón y para cuando lo hubiera deslizado suavemente hacia abajo, quedara uno vacío para que las damas puedan seguir con sus labores.  Al terminar cada círculo unos coloridos colibríes con gracioso vuelo, tomarán de la mano de la dama de plata cada bolsa.  Partirán en una extensa fila ordenada, cada uno con su zurrón, cada uno detrás del anterior, cada uno siguiendo una estrella brillante, que supera en tamaño y belleza a las demás. Una fila interminable que se pierde en la noche suave.
Las mujeres de plata toman descansos alternativamente. Se reúnen en un costado y conversan sin palabras. 
-        Este es un tiempo de tormentas, de sueños impasibles y complejos. Hacía tiempo que no veía unos zurrones tan cargados de pesadillas, espantos, gritos y sollozos.  

-        Es cierto –replicó otra que descansaba con ella- hay en ellos gemidos, desesperación, muerte.

-        En la era nublada, que precedió a la etapa negra, los sueños eran parecidos –afirmo una tercera.

-        Yo he visto sueños vertiginosos, atemorizantes, sobresaltados, pero nunca tan crispados, nunca he visto sueños tan intranquilizantes. Recuerdo la época del insomnio, el tiempo la tierra sin descanso, todos los zurrones eran parecidos a éstos.

-        ¿Te refieres al tiempo cuando la gente por no soñar estos sueños tremendos, decidió dejar de dormir, de descansar?

-        El tiempo al que después llamaron “de la humanidad sin sueño, sin descanso” el tiempo al que llamaron de la desesperanza.

Una joven, que parecía que hacía poco realizaba la tarea de recoger zurrones, dijo con la voz trémula:
-        No me angustiéis con vuestros relatos. Me han contado mis antepasados que fue una época oscura y penosa, de lágrimas en los niños, de sonrisas ausentes. Un clima de muerte y desolación. ¿Acaso estos zurrones anuncian nuevamente esta etapa?
Cerca de donde las mujeres formaban los círculos y trabajaban, había un manantial del que surgía un agua dorada. Un árbol dejaba caer su blanco follaje al espejo de agua que se insinuaba en uno de los bordes. Allí un hombre y una mujer, vestidos de oro, sentados en el piso, pasaban suavemente las palmas de las manos por la superficie del agua. No pronunciaban palabra. Sólo se los veía mover las manos en círculos y vertir unas lágrimas negras, que enturbiaban el agua.

-        Mira a los maestros. Ellos están tristes y sus lágrimas de luz, son ahora negras. Nada nos dicen, aunque sabemos perfectamente que los tiempos que se avecinan son malos. La última vez que lloraron así, fue cuando sobrevino el gran colapso.

-        Pero entonces estos mensajeros están llevando sueños de malos porvenires. ¿Hacia donde se dirigen?

-        A un lugar lejano, habitado por uno seres pequeños, pero delicados y amados por los maestros.

-        ¿Y cómo se llama?

-        Lo habitan los que fueron hechos de humus, los que fueron moldeados por Dios con lo que allí había. Los que fueron obligados a saber de nosotros sólo mediante la intuición. Les dicen humanos.

-        Pero podríamos advertirles, las aves llevan mensajes penosos, sus tiempos por venir serán oscuros.

-        No se nos permite intervención alguna. Aquellas deben tomar los sueños de los vapores del lago; nuestra misión es entregar los zurrones una vez completos. Las aves las entregarán a quienes los tengan que soñar y ellos… ellos tendrán que soportar lo que los sueños les digan.

El descanso ha terminado, se ponen de  pie y vuelven a recoger los sueños a su turno. Se sentía la tristeza en el ambiente. Los tiempos por venir, lo oscuro se avecinaba. Quedaban atrás esos sueños de luz que desbordaban los zurrones,  y las lágrimas brillantes de los maestros. Fuera lo quera que sucedería no sería bueno. Todos lo sabían, y aun así, continuaban sus labores en silencio.

lunes, 19 de agosto de 2013

Capítulo III: El encuentro


Mientras Oscuridad insistía en su miserable momento y ahondaba en furias y maldiciones,  Luz viajaba plácidamente por allí, para un arriba, para un abajo. Hacía pequeñas piruetas y reía de sus recorridos caprichosos y las alegres figuras de su recorrido.

La noche se achicaba y juntaba presión. Su encono la condenaba a una sustancia espesa, densa. Ahora no sólo le faltaba serenidad. Ahora era una informidad espesa prácticamente sólida. Así profundizaba su fanatismo. Su conjuro comenzó a repetirse una y otra vez.  Y de aquella existencia pacífica quedaba en ella, ya muy poco que no fuera tormenta, rencor yermo.

Sin advertirlo siquiera hizo un recodo, luego una recta a velocidad y mientras avanzaba y reía y sus ecos se expandían para todos lados, dio una vuelta hacia arriba, y luego se dejó caer mientras advertía unas cosquillas. La sonrisa tomaba todo su rostro espléndido. Cuando dejó de caer quiso doblar a la izquierda y de repente chocó de frente con Oscuridad.

No lo advirtió, hasta que la densidad de Oscuridad le hizo obstáculo a su discurrir sereno. Desconocía Luz aquella consistencia. No podía soportar el ambiente denso que oscuridad le proponía. 
-        ¿Quién eres? Le pregunto, curiosa a Oscuridad.

-        Soy tu madre, que maldice tu existencia. Contestó Oscuridad.

-        ¿Mi madre? ¿Y me maldices? ¿No está escrito que si fueras mi madre me amarás?

-        Eres arrogante. Replico oscuridad

-        Perdona si mis preguntas te irritan. Poseo una curiosidad que me cuesta refrenar. Simplemente voy por allí y todo me brilla, de todo quiero aprender más y más y mientras más me aproximo a las cosas, más me brillan, más me atraen. Toman entonces mi atención de manera cada vez más intensa, hasta que no quedan en ellas cosas por revelar. Para cuando puedo alejarme, aún a la distancia, entonces las cosas no dejan ya nunca de brillar. Sus detalles son visibles a millones de kilómetros. Todo cuanto hay en las cosas y una vez que de ellas queda todo revelado, entonces aparece la belleza espléndida, sonriente, y queda allí regalando su armonía a todo lo que en el basto universo hay.

-        Eres una hija bastarda. Has salido de mi vientre y odio tu existencia, que ha robado el amor de mi Señor. Ahora y por tu presencia, somos tres en pugna, por cuanto no cejaré en mi esfuerzo por terminar tu existencia. Jamás te perdonaré la disputa por el amor del Señor.

-        Nada te hice.  

-        No te hace falta. Has poblado mi interioridad de pena. La angustia que yo no conocía, se expande dentro de mí. Ahora sensaciones desconocidas, son comunes y el rencor y la ira y el odio han cambiado mi interioridad de manera definitiva. Son ahora la pena, la tristeza y violencia lo más corriente en mi vientre insondable. Has creado tormenta y desprecio y huracanes y caos y quiero ponerlo en todos lados, para que se lleven la paz que pueda quedarte del universo. Solo me inspira la venganza. Quiero verte sucumbir, arrastrarte en el vómito execrable de los infiernos hediondos a los que me has lanzado y que tu agonía convoque el miedo negro a los que se atrevan a desafiarme.  

-        Debo decirte que no comprendo cuanto dices. Describes un sinfín de tormentos para los que ni siquiera tengo las palabras. No podría repetirlas. Por cuanto nada de tus conjuros hay o estuvo en mí. Y no podría alojarlos ni queriendo. Más me surge de inmediato una conmoción interior: cuanto estarás sufriendo. Cuan apenante me resulta que al dolor limpio le hayas ocupado de tanta suciedad. Cuanto me preocupa que seas capaz de semejantes sensaciones. Y que en tu existencia puedas parir semejantes monstruos a los que luego arengas a que sigan sembrando por el mundo su cimiente pestilente. Te tengo por noble y de impecable linaje. Tu sangre, probablemente la primera, debiera llevar paz y un recogido silencio que permita escuchar a Dios. Sin embargo prefieres el ruido y el bullicio. La hojarasca y los chirridos y las quejas y las lamentaciones.

-        Todo cuanto esté a mi alcance, para extinguirte y más. No daré pausa y no dejaré lugar. Por donde vayas sabrás de mí. Recuerda que soy infinita e inmortal. De aquí hasta tu final no habrá paz.

-        Lo lamento. Quisiera ayudarte. Espero que el tiempo te devuelva tu origen noble y abandones este destructivo encono. Pero ahora debo partir. Atrae mi atención un recodo por allí y no quisiera perdérmelo retenida en esta conversación que no nos conduce.

-        Te deseo lo peor y pronto. Ya nos veremos.

Una estela dejó detrás de si Luz, mientras marchaba acompasando una música celeste.  Unos sonidos tenues, enérgicos, rítmicos. Sonidos dulces de instrumentos no creados, de armonías bellas, de proporciones perfectas. Vibraban en el centro de las almas en su lenguaje no palabreado. Tras de sí estremecedores ecos surgían del vientre de la oscuridad y centellas y huracanes y estremecedores gemidos.

El encuentro había acontecido. Los conjuros pronunciados. La guerra quedaría fundada. Excepto que Luz, no acepto la invitación y se retiró a sus confines. Ahora las cosas serían diferentes. Las batallas estarán para librarse en específicos momentos del tiempo por venir.

El mundo no puede tener la dualidad. Sólo será Oscuridad.

sábado, 10 de agosto de 2013

Capítulo II -El viaje-


-Mi querido Diógenes cuida de mis jardines. Atiende mis rosas como si estuviera aquí, para regocijo de mis ojos.
.- Desde luego Mi señor. -Replicó el mayordomo. A pesar de su gesto impasible, podía verse en él cierta pena. Su mirada se escondía en unos párpados que caían como uno telón. Unos párpados arrugados. Con una curva, como trazada en la piel, y repasada una y otra vez por el tiempo y más abajo, unos ojos celeste gris profundo, como un amanecer claro y un cielo interminable, tímidos bajo los párpados. Ahora húmedos.
-        ¿por cuánto tiempo se ausentará mi señor? si se me permite, tal impertinencia, preguntó el anciano.
-        No puedo responderte, mi leal compañero. Debo seguir lo que se me ha presentado en sueños. -        ¿Pero qué haremos sin  su presencia? Todo el ducado corre peligro.
-        Descuida, he mantenido reuniones con los Marqueses, quienes comprometieron cuidarlo.
 Así los duques de oriente y norte acudirán si les necesitas. Hemos acordado que encenderás las almenas frente a una amenaza y concurrirán de inmediato con caballerías, a tu auxilio. Sólo mantén buen trato con los marqueses del oeste. Y si sobreviene un ataque por mar, entonces ve por   Sir  Robert. Él sabe que he dejado los documentos firmados y lacrados, donde te concedo hasta mi regreso el título de Senescal.

El anciano levanto la mirada. Estaba acomodando los arneses del caballo de Sir John, pero no pudo evitarlo. La frase le hizo vibrar desde dentro. Con un gesto brusco soltó el correaje y los ojos enormes miraron fijamente al Noble. Como si hubiera notado que el movimiento era incorrecto, bajo la cabeza. Luego replicó:
-        Mi señor, no puedo aceptarlo. He trabajo a su lado desde mi infancia. Han pasado ya cuarenta años de vivir en palacio. Si bien he aprendido mucho, no tengo la sabiduría de mi señor. No podría, y por otra parte mis ocupaciones me impedirán dedicarme a los asuntos graves de los que se usted se ocupa. No tengo ni la agilidad ni la inteligencia. Por favor reveladme de semejante responsabilidad. No soy digno.
-        Deja eso ya, mi querido Diógenes. Eres de hecho quien lleva adelante todos los menesteres de mi ducado. He contado contigo más que con nadie y has mostrado un desempeño leal y cariñoso. He meditado largamente  en soledad. Bien sabes que paso largo tiempo en los bosques del pico, junto al lago, donde las ramas de los árboles escriben en el agua. He leído de ellos y he coincidido en que eres tú el más indicado.
-        Mi pobre origen y mi linaje vulgar no son merecedores de tal dignidad. Una vez más, reflexione mi señor. Libradme. No puedo.
-        No se hable más. ¿Han preparado mis vituallas?  tengo largo camino. Marcharé todo el día y espero acampar en Lennox.

Diógenes termino de acomodar ahora la montura. Los cabestros de cuero y detalles de plata repujada, estaban en su lugar y ahora Winnter, el mejor caballo de sir John, estaba listo.  En un momento Sir John, detuvo su mirada en el caballo y se quedó meditando.

Recién su madre acababa de parirlo. Era un como de nieve, que el viento caprichoso, le estampó unas cenizas en la cara, y las crines. Tenía una presencia de animal noble, que esperaba estallar cuando fuera su primavera. Allí mismo lo eligió, sería su caballo de combate, de gala. Ese potrillo dejaba ver su destino de gloria. Le acarició el cuello y el corcel aceptó la caricia. Reconociendo a su dueño de inmediato.
Unos jóvenes llevaban el estandarte de la casa real. Con el único león en el centro, de color púrpura, parado sobre sus patas traseras y sus afiladas garras desplegadas. Por encima una corona de siete picos, dorada. Sobre un fondo azul. Luego la compañía tenía 20 caballeros y toda otra cantidad  de sirvientes y provisiones. Más atrás una caballada para descanso de los animales y unos cuantos aves de corral. La travesía sería prolongada.
El camino se abre entre bosques. El clima está frío y el otoño, se parece al invierno, con su cielo gris y sus colores tenues, que impiden ver las diferencias en los tonos de verde. 
Cada tanto algún claro. Estaban a pocas horas de Lennox. El humo y el olor a alimentos cocinándose les anticiparon que alguien estaría cerca.  No podía de todos modos mirar lejos, el camino ahora estaba yendo de recodo en recodo. Y los bosques espesos, hacían la visión en línea  recta casi imposible. Al galope y de frente se acercó el explorador. Se detuvo frente a sir John. 
-        Mi señor, hay unas gentes esperando la noche. Parecen trashumantes. No he visto ni armas, ni vigías. 
-        Avancemos pues, replicó sir John.
Cuando estaban cerca, unos gritos tomaron la atención de Sir. John. Apresuró el paso y vio a un mocete amarrado a un árbol de pie, con la espalda marcada de azotes, y un hombre corpulento, de barba desprolija, que no ahorraba esfuerzo para atizar al joven.
Con la compañía detrás se detuvo y sin bajar del caballo preguntó, que estaba pasando.
-        Oh  noble señor, sólo estoy educando al niño.
-        ¿Y que ha hecho? Preguntó
-        Ha robado de nuestro alimento. Por ello estamos propinando disciplina. No queremos que se convierta en un salteador de caminos.
Cerca de allí, una mujer lloraba, muy ensimismada y en silencio.
-        ¿es esa la madre? ¿Preguntó sir John?
-        Soy la madre. Él no ha sido, noble señor. Sólo se propuso a recibir los golpes.
-        ¿y por qué lo ha hecho, acaso la ladrona eres tú?

Mientras hablaban, se acercaban personas. Ahora ya con palos y azadas y algunos con arcos en las manos. De pronto llegaban a un centenar. La madre enjugándose los ojos explicó.
- Mi otro hijo, el más pequeño, tiene diez años, y me ha sido imposible explicarle, que aunque ellos estuvieran asando unas cabras, pudiéramos comer de aquella comida, que no nos pertenece. Se ha escabullido y antes de poder detenerlo, tomó unos trozos y corrió hacia donde nos encontrábamos su hermano y yo. Fue entonces cuando se presentaron y mi hijo mayor, se responsabilizó del acto, para que no atizaran al pequeño. Es que no puedo enseñarlos a tolerar el hambre. Aún son jóvenes.
-        Son ladrones y deben ser castigados. Aprenderá con sangre. -dijo el hombre robusto y azotó aún más bravamente al joven-.
-         Detente!  -Exigió sir John-.
-        Sólo cuando la fatiga de mi cuerpo lo mande.
Sir John levantó su mano derecha e hizo un gesto, que parecía ingenuo. La flecha silbó en el aire y un ruido seco. Para cuando todos miraron, el brazo que llevaba el látigo, estaba contra un tronco del mismo árbol donde el joven estaba atado. El hombre corpulento lanzó un grito de dolor y espanto.

Toda la caballería estaba ahora pronta. Las flechas por fuera de los carcajes, las espadas desenvainadas, los caballos inquietos y prontos.
-        El muchacho no tiene nada que ver y como lección es excesiva. Se termine de inmediato con este martirio. Liberadlo y alimentad a su familia en compensación. No querrán que los buitres se alimenten de sus cuerpos tendidos en el claro.
Lentamente, las personas se acercaron, ayudaron al hombre pegado al árbol y al joven su madre abrazó. Luego prosiguió el niño, que corrió con un paño mojado a sanarle la espalda.
-        Marcharemos hasta el río donde haremos noche. Cuídense de que no tengamos que volver por vuestros excesos.
La caballería comenzó a moverse lentamente. Ahora todos les miraban a su paso. Lentamente el campamento fue quedando atrás.

domingo, 21 de julio de 2013

Capítulo I: “El Origen”


Cuesta entender esta historia. Explicarla requiere de esfuerzos para no mezclar los eventos, confundir los orígenes, fundir los personajes. En cualquier punto  de la línea de tiempo que nos ubicáramos, podríamos encontrar elementos de esta historia, elementos que podrían pasar desapercibidos, elementos prácticamente invisibles, a los ojos del observador mundano. Incluso de tal magnitud, que allí podríamos engañosamente hacer pasar el origen de esta trama de la que ahora soy llamado a dar testimonio. Debo reconocer que la historia me ha metido en cuanta trampa  ha podido y que he debido sobreponerme a enormes lapsos donde permanecí extraviado en el sinfín de engañosos laberintos que me tenía reservados.

Así llegue entonces a la conclusión de que era hora ya de comenzar a narrar lo que he visto, lo que he vivido y que en todo caso si algo fatal me pasara, o terminara extraviado en esta denuncia, entonces alguien pudiera seguir con el trabajo de alertar sobre esta existencia que sin duda, permitiría conocer y explicar que nos pasa. Victimas somos de una lucha en la que no tenemos nada que ver. Una lucha por la prevalencia de fuerzas más allá de nosotros. Fuerzas desencadenadas y antagónicas que trascienden los tiempos, los lugares, la historia.

Imagino los primeros, los que fueron los testigos iniciales, sus padecimientos, sus torturados pasos por la tierra, sin siquiera saberlo.

Durante mucho tiempo, he estado sumergido en bibliotecas, en fuentes posibles, que permitieran hallar en fin pistas en el pasado. He tenido enormes hallazgos y enormes decepciones. Aun así continué mi investigación. Me he topado con personas dementizadas, con discursos erráticos, discursos a los que hay que prestar atención. Se puede ver en ellos, datos testimoniales de contacto con la verdad. Acaso allí está la explicación a la locura. Pobres gentes.

Ahora bien, después de mucho reflexionar, el primer dato que encuentro hasta donde me ha llevado la imaginación, está en las sagradas escrituras, en el viejo testamento. Por alguna circunstancia, alguien ha puesto allí, lo que ha todo ha dado comienzo.  
Hace mucho tiempo atrás, tiempos inmemoriales. Cuando flotábamos en el espacio informe, un día y por obra de Dios, se escuchó…
“Que haya luz, y hubo luz”.  Es en este gesto de Dios, que todo empezó. La pretenciosa luz se extendió por todo el universo. Tomó lugares inexistentes y los puso visibles, borró en un instante  el misterio, lo insondable y lo dejo claro, visible, transparente.  De esto fue tomando nota la Oscuridad, dueña hasta entonces de todo cuanto existía. La oscuridad sempiterna, única habitante del universo, se sintió amenazada. Esta nueva presencia la inquietaba. Temía perder su absoluto dominio de cuanto existía. La preferencia de Dios. Al que pertenecía y le pertenecía, sin debate. En su manera de ver ella y Dios eran lo mismo. Siempre habían estado juntos y convivían en una eterna armonía. Nada podía interponerse a esa armonía, a esa dualidad. Dios y la oscuridad. Gobernando todo cuanto existía en el universo. Y ambos fluyendo con naturalidad, viajando a través del tiempo, sin más.
La oscuridad guardó silencio, mientras crecía en ella el celo, la envidia, la desconfianza.  Fluía ahora contaminada de sentimientos hostiles, de pasiones irrefrenables de extinción, de separación. Inmediatamente nombró enemiga a la luz en su interior. Juro una guerra contra ella y prometió no cejar en sus esfuerzos hasta que desapareciera. Las cosas debían ser como antes, Sólo Dios y ella. La luz, solo podría traer pesar, sufrimiento, inquina. Algo que nunca siquiera se había insinuado, pero estaba dentro de ella y de tales espantos era responsable la luz, por cuanto Oscuridad nunca había sentido sus sentimientos embargados en conmociones semejantes hasta entonces. Todo lo perfecto del universo había mutado ahora a una calamidad naciente y expansiva. La luz, traía miseria al corazón de la oscuridad. De esta miseria, creación de Dios, era responsable la luz y como tal tendría que desaparecer, pagando con su existencia, todo el mal que había generado.
Cierto día, Oscuridad, se presentó ante Dios en queja:
-        Mi señor, ¿qué has hecho?

-        He creado la luz.  El universo es muy hermoso.
-        Mi corazón es arrastrado por la pretenciosa luz, a sentimientos desconocidos para mí.  Me veo envuelta y aturdida por su pretensión. Su falta de respeto, su arrogancia.
-        No te veas amenazada.  Nada te pasará, me cuidaré de ello.
-        Pero, ¿hará falta que ande por todo el universo?
-        Debe contar con libertad. Déjala, llegará hasta donde le plazca.
-        Es que toma mis lugares, pierdo mis dominios, me siento aturdida por sus ruidos.
-        No te preocupes,  hay en el universo lugar para ambas.
-        Es maleducada. Ni se ha presentado, se mete por todos lados, he perdido totalmente intimidad.
-        Sabrás cuidarla, no temas. No se hable más. Ve a tus quehaceres. 
Oscuridad partió de allí, más decepcionada que cuando entró. La tristeza inundó todo su ser. Agrias lágrimas, recorrieron su rostro y humedecieron su ser. Pensamientos horribles se alojaron en ella. Muerte, dolor, sufrimiento duradero. Todo mal que pudo imaginar, todo lo desplegó en su interior.  Se retiró un tiempo. Viajó a los confines del universo, tratando de encontrar un poco de soledad. Estaba asfixiada, desconsolada. Ahora debía tolerar a la luz, con anuencia de Dios. Este le había vuelto la espalda, la condenó a soportarla. Impotente, inaceptable, permaneció retirada.
Tiempo ha pasado, la oscuridad quedó sumida en la desesperación, el odio. Tanto se dejó tomar por aquellos sentimientos, que finalmente, no pudo ya encontrar qué era una cosa y qué era la otra. Qué estaba al principio y que luego de la irrupción de la luz.
Ahora estaba tomada por el rencor que la atravesaba en todo su ser, toda su existencia, se había transformado en otra cosa. Una entidad perversa en la que habían crecido las mociones más ofensivas, más desleales. Mientras más crecían en ella, estos sentimientos la alimentaban y fortalecían en el perseguido fin de extinguir a su enemiga, de malograr su existencia maldita y ladrona. Así, aunque lentamente iba perdiendo paz, la fuerza que obtenía, le otorgaba coraje para la batalla que presentaría. Lograría su objetivo mezquino y sordo. Ser la única, la compañera, la armonía y el equilibrio de Dios.
Mientras más fuerte se sentía, mientras más rencor lograba, crecía en ella una confianza absurda, un audacia hacia una gran batalla de la que de seguro saldría victoriosa. 
En esa batalla, probaría ella su supremacía, ya que esta fuerza creada en la sola presencia de la luz, tenía origen en su parte divina. Estos sentimientos y la fuerza que le generaban, nuevos para ella, no podrían estar, si no fueran puestos allí por Dios. Estas Fuerzas destructivas, las sembró Dios en ella, para proteger la dualidad, la armonía, el balance perfecto, que por un instante Dios perdió de vista y necesitaría de ella, para recuperar. 
Así pergeñó su batalla, decidiendo entonces que ganaría y llevaría muerta a la luz y la arrojaría a los pies de Dios, para su regocijo, para recuperar lo perdido, para que  todo vuelva a lo inalterado y eterno. 
Ya había ensayado sus palabras. Su ofrenda. Su humildad, de ropas raídas y cuerpo lastimado de la batalla, para que su sangre ahora, forme parte del pacto con su Dios. El equívoco que ella podría perdonar, aprovechándolo para sellar su pacto. Retomando un destino que no debió cambiarse.
Ahora sólo está esperando el momento oportuno.

miércoles, 10 de julio de 2013

El armario de los días


Yo creo en unos días. En unos días cálidos y fríos. En otros grises. Otros oscuros.
También creo en días de alegría, en días de melancolía, de duelos… en fin.
Creo en los días secos, en los húmedos, los humedecidos. En los humedecidos me pregunto si dulcemente por lágrimas, o por sollozos de un corazón lastimado.
Hay días trabajosos, días de trabajo, días de sosiego.
Hay días mágicos. Días para recordar. Hay días para borrar del calendario, del almanaque, de la vida.
Hay días esperados, días para estar en espera. Días por los que no se puede esperar.
Está el día de hoy, con su presencia concreta. Los días de ayer y los porvenir.
Hay días en que canto, días en que callo, días en que grito.
Hay días que me atropellan y me hacen de todo sin siquiera preguntarme.
Hay días que son largos, enormes. Los hay  cortos.
Hay días a los que entro después de soñar. Días que no sé por qué se transforman en pesadillas.
Hay días ganados, días perdidos, días inadvertidos.
Hay días de amor, de ensueño, de paz. Hay días inmensos y profundos.
Días de cielos estrellados, celestes, iluminados por el sol y por la luna.
Hay días que me levanto y me acicalo, desayuno y salgo. Y el día se pone más o menos de acuerdo conmigo. Sin embargo hay otros que cuando salgo se hacen hostiles y un desatino todo cuanto haga.
Cuando los días y yo no estamos de acuerdo pienso en mi armario. Pretendo en ese momento que algo pasó en el instante de vestirme y elegí mal el día para ponerme. Son esos días que se hacen eternos,  incómodos, no sé dónde ubicarme, ni como ponerme. Se me hace obvio que elegí mal ese día. No era la ocasión.
Otros en cambio pretendo que no manejo el armario de los días y que en verdad el armario le pertenece a Dios. Entonces me imagino que Él nos tiene reservados los días y los elije para nosotros. Nos los ofrece con la sencillez que ha concebido el mundo del principio.  Me imagino ya no un armario sino un casillero donde se guardan prolijamente todos los días de la vida de una persona. Estos están además dispuestos en un orden. Ese orden, como toda obra de Dios, es perfecto. Después en la medida en que vamos creciendo, nos vamos apropiando con la madurez, de lo que hay dentro del casillero. Para ese entonces, ya Dios no interviene y terminamos por hacer toda clase de desórdenes. Me imagino que tomamos días anticipadamente, que los usamos de manera inadecuada, que pasamos por días destinados, a cosas importantes, distraídos y los desaprovechamos.  Es más a veces cortamos por la mitad los días y los mezclamos construyendo verdaderos cocoliches.  Incluso ni nos damos cuenta y reímos, tristemente, en días que habría que llorar, o por lo menos sentir vergüenza.
Hay días, que cuando se encuentran avanzados ya, casi terminados, advierto que me he equivocado. Esos los lamento.
Hay días que cierro los ojos y pido, como rezando, alguna pista, antes de ponérmelos.
Hay días,  que pierdo todo control y me entrego libremente y toco, aunque sea por unos instantes, la gracia de estar aquí, de estar en este día, contigo, con los que me importan.
Esos, en los que estas Tu y en presencia aquellos que amo y siento que me aman.
Esos días, son los mejores.
Peregrino Selser

viernes, 21 de junio de 2013

Peregrino


Un camino de tierra, una vegetación espesa que llega al borde, luchando por tomar para sí todo el camino. El sol de la tarde, indiferente de todo cuanto sucede, camina a su descanso. El cabello largo, agrisado y llovido cubría todo el rostro. La piel arrugada de las manos se posaba en un báculo rudimentario, pero de aspecto fuerte.
Sentado, simplemente observando un cordón montañoso y agudo. Azul a más oscuro cuando ascendía, hasta una corona de nieve y hielo. Majestuosas montañas.  Un zurrón de cuero colgaba de su cintura y no tocaba el piso.
Al llegarme cerca y silencioso, como si hubiera podido advertir mi existencia, antes de verme
-        Quién eres?
-        Soy Peregrino
-        ¿Cómo te llamas?  -Peregrino, respondí lacónicamente.
-        Que nombre raro… exclamo pensativo… ¿eres o te llamas? Agregó luego.
-        Ambas. Mi nombre me fue dado y mi sino se ha cumplido.
-        Sabes por qué te nombraron así?

No. Podría intentar explicarlo de algunas maneras. Compartiré contigo mis impresiones alrededor de mi nombre. Más no puedo dejar de advertirte que mis recorridos, mis intentos, no han sido, para mí, satisfactorios. Las más de las veces llego a unas aproximaciones que me impiden lograr paz.

Me invitó a sentarme a su lado. Así lo hice,  mientras compartíamos un trago de agua.
Así me llamo, así me llaman, sí me nombran y si bien me siento en el nombre y mis destinos, aún no logro esa conexidad que me resulte armoniosa entre eso que soy, que me llaman y mi naturaleza singular e irrepetible de estar en el mundo.
Reconozco el privilegio de la vida. Puedo entender sin oposición, que hemos venido a este mundo con una causa. También reconozco en esa causa  que es más notoria para algunos que para otros. Y se revela con facilidad increíble a algunos y otros intentan durante toda su vida encontrarla y se les hace imposible. 
Cuando pienso en ello me imagino el universo lleno de nombres, de destinos. Luego veo un viaje cósmico, que en determinados momentos, instante por instante va completando el rompecabezas de la existencia en dimensiones de tiempo y espacio incomprensibles para nosotros, y se reúnen en aparente desorden nombres y almas y lugares. Lo que se me presenta caótico, lo atribuyo a mi propia limitación de soportar ese orden más allá de mi, de mi modesta inteligencia. No por ello atribuyo todo cuanto sucede a un destino prefijado para todos. Me resisto a pensar en todo lo escrito o predeterminado. Pero reconozco que mi paso por el tiempo del universo colabora, participa de algo más grande que yo, más importante que mi miserable existencia. Que no lo pueda ver no me molesta en lo más mínimo.
Se me hace amigable que el viaje es infinito. Que en esa apropiación de seres, de almas, de nombres, de destinos, hay una sola cosa que no está escrita: Mi protagonismo. Somos puestos en ese viaje por el continuo del universo. Hay algo que no me pertenece y que es más allá de mi, pero hay algo que sí es bien mío. Lo que hace al mundo un lugar bello y desafiante. Yo participaré en la medida de mis decisiones. Esa es la generosa existencia a la que estamos condenados. No sólo no somos víctimas impotentes, sino que participamos. Y que entre ver y no ver no hay diferencia, porque lo que se pone a prueba y en testimonio es, si somos capaces de operar en ese tiempo minúsculo en el que pasamos por la tierra. De hecho resulta inaceptable un horizonte, donde se nos revele lo que debemos hacer. Puestos a operar y detenerse en que no hay pistas que nos permitan conocer hacia dónde debemos ir, es pedir un mapa. Me cuesta alojar esto. Me parece mejor, más bello pensar que en esos recorridos, somos capaces de participar en el mapa. Muchas veces, perezoso preferiría que no me pusieran frente al dilema. Me encantaría que me ofrecieran un lugar, una dimensión, donde recurrir a encontrar las instrucciones.  Hay otras en que me siento absolutamente incapaz de comprender, entonces me entrego, aunque sea por momentos, y dejo que la desilusión, la apatía tomen partido, allí no estoy caminando, sino siendo llevado en el río del tiempo y el espacio.
-        Aún no me dijiste de tu nombre…

Peregrinos eran aquellos que vivían en Roma. Provenientes de países con los que Roma no tenía guerras, pero no eran ciudadanos. También lo son aquellos en recorridos de fe hacia algún lugar. Sin embargo en esta explicación u origen veo sencillamente la función, no la posesión.
Cuando me paro del lado de lo adjetivo, me amigo más. Me reconozco más. Extraño, especial, raro o pocas veces visto. Me acercan más a mi intento de lograr ser ese ser indispensable, por cuanto estoy por alguna razón, que tiene varias dimensiones, algunas comunes con la especie, humano. Otras relacionadas con lo singular lo propio de la identidad, que permite poner mi propia impronta. Algo indubitable que me pertenece y me hace único. Cuando leo adjetivos como  adornado de singular hermosura, perfección o excelencia, se me hace obvio, como cualquier ser humano.
Pero para no aburrirte diré que me siento de paso. Reconozco mi imposibilidad de aquietarme en un lugar, en un tiempo, en un espacio. Siempre andando, eso tiene su lado bueno y su lado malo.

De mi propia identidad me cuesta encontrar aquellas cosas que me luzcan.  De eso siento más lo que se me dice que lo que yo mismo logro distinguir. Saber de mí es un gran esfuerzo, no siempre me trae buenos resultados y muchas veces me desagrada lo que veo. Creo que el tiempo ha sido generoso y ya no me enoja tanto. Pero hay verdad en estas palabras. Hoy llevo con apropiada dignidad mi nombre y sus consecuencias. Y ese a quien debo honrar está allí, ayudándome a recordar que mis acciones y mi identidad son lo mismo, aunque con expresiones diferentes. Cuando a cada paso recuerdo dejar la función, para que no me entorpezca la visión del que soy, sufro un vacío al que aún me cuesta asignar significado. No me resulta agradable y se me hace más fácil llenarlo que comprenderlo.
El viejo dirigió una amable mirada. Me hacía esplendor ver tanta vida en unos ojos, tan antiguos  tan viejos.

El silencio se rompió cuando el anciano dijo
-        Has llegado lejos. Sin embargo tu descontento tiene razón. Aún te falta encontrar. Aun cuando no lo quieras, seguirás buscando.
-        ¿Esto terminará en algún momento?  -pregunté-
-        Ve con tranquilidad por el camino del tiempo. Sí. Va a terminar. Y lo sabrás antes que nadie. Sin embargo jamás te detendrás. Sencillamente, perderás esa curiosidad. Cuando sea ese tiempo, dará lugar a una nueva armonía. Andarás por el mundo y gozarás de tu existencia y la del mundo. Serán uno y otro reunidos y verás lo que eres del mundo y lo que el mundo es en tu existencia.
-        Muchos días deseo intensamente  ese momento.
-        Te sugiero paciencia. A propósito, no te apegues mucho a tu nombre. En ese momento ya no importará.
-        ¿Y cómo voy a llamarme?
-        Quien podría saberlo! 
-     ¿Cómo llamarías a todo cuanto existe?  y luego..
-     Vete ya, la noche se acerca.
Me levanté atónito. Para cuando tuve caminado unos pocos  metros, al darme vuelta no lo vi ya más. Mi pensamiento se aceleró. A paso veloz volví a nuestro lugar de encuentro.
Lo busqué ansioso. Crecía en mí una desesperación asfixiante…
Olvidé preguntarle su nombre...

martes, 4 de junio de 2013

Aquellas Palabras Raídas, las que un día perdieron el Rumbo


Gran preocupación se respiraba en el viento que suavemente acariciaba las hojas de un diccionario. El olor de otros tiempos, parecía ahora un condimento inadecuado. La luz tenue descansaba su amarillo pálido entre las hojas sempiternas del código universal.
Allí como un encuentro de fiestas lúgubres, con raídos trajes, desorientadas, marchando desordenadas, topándose unas con otras. Los masculinos descuidados, faltos de modales pasaban indiferentes, empujando.
-        ¿Qué nos ha pasado? ¿Qué ha sido de nuestro brillo y nuestra preeminencia? ¿Dónde quedaron nuestras galas y dignidades?
Reunidas, acongojadas, apenadas, estaban allí,  preguntándose  las palabras.  De una punta a la otra caminaban, tratando de encontrar su lugar. En cuanto llegaban a un asiento donde reposar, que se les hacía conocido, recuerdo de otro tiempo, en seguida se sentían incómodas, inapropiadas, desubicadas.
      -        Yo he sido la reina de la fiesta durante milenios, pero ahora ni me reconozco, dijo la alegría.


-        Ahora me he transformado en este grotesco patético, sin modos dijo la sonrisa.

-        He quedado por ahí como un loco que sueña vanamente dijo el optimismo

-        Por mi han derramado sangre y lágrimas y he soportado opresiones largo tiempo, dijo la verdad

-        Este es mi tiempo y ustedes no pueden soportarlo, celosas –sentenció la mentira-

-        Yo me encuentro a mis anchas proclamó la banalidad

-        A mí todo se me presenta escaso, dijo el tiempo

-        ¿Me han visto a mí? Me están despedazando en episodios, mortificando mis entrañas y llenado mi cuerpo de porquerías bramó la naturaleza.

-        Por mí, sin mediar razones, ahora todos se afanan, lamentaba el placer.

-        Yo he quedado al final, soy un viejo fanático, desubicado maldijo el valor.

Dijo entonces la sabiduría en voz baja, suave, de manera pausada

-        El mundo ha entrado en una nueva etapa. Hay que tener paciencia. Tenemos que poder aferrarnos a nuestra convicción y linaje. Luego continuó diciendo a cada uno:

-        Hoy la alegría es risotada sin sentido. Aquello que en muchas las risas fueron carcajadas, son hoy exabruptos de una generación que prefiero lo exagerado.

-        No te quejes de tu suerte, reprendió al optimismo. Tú no eres sueño vano. Eres la convicción de aferrarte a lo positivo de lo porvenir, que haría sin ti la esperanza.

-        A la verdad le dijo: Tu brillo te será devuelto. Así siempre fue, has tenido mejores y brillosos momentos y otros oscuros pasos, donde se pretende esconderte. No lo lamentes. Está en tu sino.

-         No te ufanes pueril, sentenció  a la mentira, siempre has de durar poco. Estás condenada a la pretensión, sólo a eso.

-        Goza de tu paso luminoso en superficie. Pero ten la certeza que a tus anchas se le harán estrechas, cuando comiencen a cerrar los ojos y pensar un poco.

-         Y luego al tiempo: Para poder encontrar tu equilibrio, llámate a respirar. Encuentra tu ritmo. Te es tan propio, lo conoces tanto. No temas la velocidad a la que hoy quieren forzarte. Respeta tu propia marcha, desoye los consejos. Estas aquí y estarás para siempre.

-        Mi querida naturaleza, no temas. Es cierto cambiarás de forma, tendrás que recurrir a tiempo y renacerás, ya lo has hecho. En otros tiempos a tus entrañas llegaron los secretos más bellos del universo.

-        Tienes tú, placer un tiempo tan corto como la mentira. Al fin descubrirán que te agotas y desapareces en tu propia sed saciada. Les han hecho creer que lo eres todo y resultas tan efímero como el apetito que te engendra.

-        Mi viejo Valor no temas. Hay un grupo de gentes que aún te rinden homenaje y pleitesía. Es cierto, podrían ser pocos a tus ojos, pero la cantidad no es asunto. Sólo se necesitan los indispensables y viendo aún con mi cansada vista, ellos están allí.

Luego junto las manos, en una tímida plegaria silenciosa. Sin hacer ruido. Despacio, se acercó la esperanza. Pasó su brazo por entre uno de los brazos de la anciana que rezaba una oración inexplicable. La sensibilidad se vió atraída y tomó a la anciana del otro brazo. La intuición armó una trama y entonces y delicadamente se fueron acercando, siguiendo el mapa el optimismo, la alegría, el valor, el tiempo. No pudieron la mentira, lo banal, la risotada. Intentó, aunque sin éxito,  el placer.

Al pasar un tiempo las palabras se aliviaron. Todas reconocían sus renovados brillos. Todas encontraron sus viejos y familiares lugares. Luego de un tiempo, las lágrimas cesaron. De a poco fueron levantando las miradas. Encuentros luminosos de ojos vivos. Se miraban sin interrumpir el rezo que ahora era una plegaria multitudinaria, repetida, inspiradora. Las caras empezaban a tomar forma de duda. ¿Cuál  era aquella plegaria que se transformaba en la vuelta a la construcción de la felicidad? ¿Que inspiraba al esfuerzo para llegar con alegría? ¿Que estaban nombrando cuando decían aquella plegaria repetida?
Entonces todo tomó sentido y la luz se podía tocar en cada espacio. En un instante se vieron allí y repetían sin decir:

“Este es nuestro lugar. Donde nadie puede alterar nada. Estamos aquí y somos felices y no tenemos miedo. Estamos aquí dispuestas a esperar. Estamos donde Dios nos sembró. Estamos donde nacimos: en el corazón de un niño”.