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jueves, 8 de mayo de 2014

Capítulo VII -Las tejedoras de destinos-

El anciano tenía todo el tiempo vivido haciendo huellas en su rostro. Las marcas del tiempo, implacable, hundían unos surcos en su cara que parecían no tener fin. Como si fueran dos brillosas confluencias, brillosos los ojos aparecían oscuros detrás de los pesados párpados. Ayudado de báculo se adentró por el sendero boscoso hasta llegar a la entrada de la caverna, que se disimulaba entre frondosos vegetales.
El aire estaba pesado. El calor de la tarde no se percataba de un ocaso, que se insinuaba en el sol apresurado de encontrar su cama en la tierra.
El hombre se detuvo. Con las dos manos en el báculo, repaso sus pensamientos. Inclinó la cabeza. ¿Estaría orando antes de entrar? Luego meneo un poco la cabeza a cada lado. Vacilaba a cada paso. Lento. Despacio sus pies iban avanzando de a poco, hasta que quedó devorado por la caverna. Unos candiles de aceite iluminaban tímidamente. Unas mujeres harapientas se paseaban como llevada por urgencias fantasmales. Fómites, susurros, ruidos de cacharros. Algún grito agudo.  El sendero estaba franco. Se paseaban por allí algunos pájaros negros, tenebrosos.
Finalmente sobre una roca más alta estaba allí, la presencia pura de Shiva, también nombrada como la tejedora. Una vieja leyenda la establece como una divinidad que posee el tercer ojo y 2 pares de brazos. Y una suerte de atributos que la acompañan a los que le asignan  distintos significados.

El hombre llegó al pie de la piedra y se prosterno, pronunció una oración murmurada, mientras hacía una honda reverencia. Luego su voz invadió bruscamente el silencio.
-Shiva, vengo a ti inmerso en profunda angustia. Los médicos me han dicho que padezco mortal enfermedad de inevitable y ominoso final. Hablaba entre quejidos. La voz se le atragantaba entre palabra y palabra.
Luego continuó:
-Moriré lejos de mi tierra, mis seres amados, mis atardeceres y mis dioses.  A polvo me convertiré y en recuerdos que no convocarán me transformaré. Y pronto, muy pronto, seré sólo olvido, sólo sombra. Efímera hojarasca de la naturaleza transformada.
Vengo a ti en suplica, en busca de respuesta. Mis pies y mi destino, me llevaron por el mundo y ahora me encuentro aquí en tiempos que desconozco, por tierra de extraños, sin tener certeza de nada, excepto de mi muerte que se acerca veloz. Las iniquidades del dolor del cuerpo no me conturban y puedo comprender mi propio karma. Sin embargo necesito preguntarte. ¿Hay algún modo de que el sedal del tiempo se alargue lo suficiente como para poder llevar este cuerpo enfermo hasta mi tierra? ¿Qué sacrificio puedo ofrecerte? ¿Qué penitencia pasar? ¿Qué oración debo rezar? Hazme el bien de contestar, quisiera poder despedirme de ellos los que amo, de aquello que recuerdo, de los dioses que me inspiraron.
La presencia de Shiva se encendió entonces. Los tres ojos de párpados caídos están ahora en movimiento y dirigen una mirada aguda, penetrante, poderosa al anciano postrado.
Los brazos comienzan a moverse y ondulan a los lados del cuerpo. Se mueven a ritmo, se mueven serenamente. Piden permiso al aire y son en sí una completa armonía. Dos brazos se elevan, las manos de delicados dedos se extienden en el aire, hacia un arriba. Las manos por sobre la cabeza se reúnen por las palmas. Los ojos ahora están extasiados en el anciano. Los otros brazos están adelante, las manos sobre las piernas que tienen la posición de loto, con las palmas hacia arriba. Y entonces las manos bajan, suavemente, ondulando. La una toma la del otro lado y las superiores las inferiores. Lo dedos se recorren, uno a uno, suaves danzan entre sí. El ambiente está ahora más denso. El aire es más pesado. La luz es muy poca, a pesar de la que emana Shiva.
Ahora las cuatro manos se separan. Las dos de cada lado y una encima de la otra, comienzan otro movimiento. Se reúnen por las palmas,  hasta que al fin las de arriba que están juntas dejan ver que va cayendo un cordón que tomarán las de abajo. Con una delicadeza extrema las de abajo, parecen cobijar aquel cordón, mientras le arrullan con su suave ondular. El tiempo parece detenido ahora, el cordón crece.
El anciano mira ahora los ojos que lo asedian y una mueca de sonrisa tímidamente se le asoma en las comisuras confusas de su arrugada boca.
El brillo se le contagia a la mirada. Y un halo de energía comienza a desprenderse del cuerpo. El anciano mira ahora las manos y el cordel que se le presenta de oro, de esperanza, de ruego.
En el tercer ojo de Shiva, una humedad blanca comienza a juntarse, hasta que desborda el dique del párpado único y como si fuera una estrella, entonces, una lágrima blanca se desprende, mojando el cordel tejido.
El anciano escucho entonces a Shiva, a pesar de un silencio infinito. Le hablaba sin voz, sin tono, sin silencio.
-En nada puedo ayudarte. Estas Lejos de tu tierra, de tus seres amados, de tus dioses. No lograrás despedirte. Estas muerto. Vete ya.
El hombre se puso de pie. Se apoyó en el báculo con las dos manos. La frente se posó sobre las manos. Luego lentamente, comenzó a caminar. Sin dolor, sin queja, sin llanto.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Capítulo VI: Los Malditos y el Tiempo


Así la muerte en su espanto y odio, pasaba largo tiempo tratando de encontrar estrategias para eliminar a la luz.
Consultó  a los magos, las sacerdotisas sin éxito. Desconsolada  convocó a Mortum, el rey de las enfermedades, que tenía en sus dominios, la potencia de desencadenar cualquier enfermedad conocida e incluso provocar otras, a su sólo albedrío. Él le explicó que aunque extendiera su propio arte más allá de lo conocido, nada podría hacer con una hija del Padre y que lo que terminaría con ella, no podría ser el resultado de una obra suya.
-        A mí me fueron dadas las infecciones, los tumores y los males de los humores. Puedo hacer uno y el otro, ambos o combinaciones que exigen mi creatividad. Pero sé por otros hijos de Él, que nada que haga yo puede con ellos.
Mortum, era viejo, de aspecto desagradable, entre llagas y supuraciones, asomaban unos ojos apagados, entre lagañas resecas y pestilentes. A los dedos les faltaban falanges, estaba tullido, anquilosado y tenía unos horribles espasmos indoloros, que interrumpían cualquier actividad que llevara adelante. Él lo tomaba con naturalidad, como si estuviera con él desde siempre. Un abdomen globuloso que ascendía por encima de los pulmones, le provocaban una respiración corta, superficial y muy acelerada. Sus orines se acumulaban en un charco a su alrededor y una nube pestilente de tábanos y moscas los seguía a todos lados. El hedor delante y detrás hacía una estela imposible de no reconocer.
Oscuridad, apenada por cuanto había escuchado se retiró a llorar donde nadie pudiera verla. Hasta que entre sollozo y sollozo, advirtió frente a ella a Tiempo, que jugaba con dos bolitas de polvo, que tocaban por encima y debajo de su brazo extendido. Notable era como mantenía el ritmo y un tic-tac acompañaba todo el movimiento, toda la presencia.
-        ¿qué te atribula, Oscuridad? Pregunto Tiempo.
-        No logro dar con lo que necesito.
-        ¿Habrás buscado bien?  ¿Te has fijado en todos tus escondites?
-        En todo el universo, parece no tener lugar algo que me permita retomar mi sosiego.
-        ¿Qué puede perturbarte tanto que la cura no esté disponible en el vasto universo que Él ha hecho para nosotros?
-        Es la hija bastarda de Él, quien ha perturbado mi paz.
-        ¿Te refieres a Luz?
-        Sí. Aquí y ahora necesitaría todo el poder de Él, para aniquilarle
Tiempo, se quedó meditando. Luego como si le hubiera caído una idea le dijo:
-        Es que a lo mejor te equivocas. Sencillamente déjate ayudar y entre mucho, quizá  logres, lo que sola no puedes.
-        ¿A qué te refieres?
-        Convoca a un ejército. Pon en él a todos tus aliados y prepara una guerra. Dispérsalos por mis territorios. Todo a lo largo y a lo ancho de mi espacio. Incluso en los dobleces. Esconde tus aliados y prepara cada una de todas las batallas que fueran necesarias. Mis territorios se expanden a tierras de Futuro, con lo cual, incluso allí puedes infiltrar a tus guerreros. Y puedes remontarme hacia atrás, si te place, para poner allí también oprobios.
-        ¿De qué me serviría? He consultado a todos los que aquí habitamos y nadie dice que pueda con ella. 
-        Pero no has hablado con todos ellos juntos, ni has preparado batalla con todas sus fuerzas, ni te has esmerado en mi dominio en tierras de Pasado, ni quieres contar con que de seguro venceré a Futuro. Permíteme mostrarte un juego que hago con algunos, a los que me mandan tocar.
En el espacio oscuro y siniestro hay ahora una imagen de unos hombres. Todos fatigados, exhaustos de trabajos penosos y repetidos y luego, otros diferentes. Corrían sin descanso, cuando habían terminado de tallar un madero se desaparecía, sin detenerse siquiera, sorprendidos del prodigio, tomaban otro y comenzaban nuevamente la tarea y tan pronto terminaban un ánfora en metal, entonces desaparecía. AL final del día al acostarse, a descansar tenía sueños vertiginosos, dormían inquietos, sin lograr descanso, giraban para un lado y el otro y finalmente, cuando habían logrado quedarse en reposo pleno, los interrumpía una urgencia inexistente y se levantaban inquietos, ansiosos. Preocupados emprendían nuevamente las faenas de ese día y malograban todas sus obras, las que terminaban por ser pueriles, efímeras, inexistentes. No podían detenerse.
Cerca de ellos había otros. Cantaban. Trabajaban a gusto, con ritmo, pero sin apuro. Charloteaban mientras modelaban, cortaban, pulían y luego de terminar, contemplaban sus obras, sus logros. Después de quedar al tanto de cada detalle de lo hecho, de la obra terminada, entonces, se dirigían a los otros. Les pedían opinión, compartían experiencias hacían chistes y compartían vino y comida en largas conversaciones, sin puerto de salida o de llegada. Conversaciones por el gusto de conversar, por el gusto de compartir. Eran hombres y mujeres felices compartiendo lo hecho y esos objetos, terminaban por ser puentes para conocer a otros y luego podían tenerlos cuanto quisieran y deshacerse de ellos a placer, para dar lugar a una cosa nueva, renovadora y convocante a desafíos y promesas de nuevas conversaciones ampliadoras de mundos. Ellos estaban donde debían estar, contando con todo la dimensión de Tiempo, felices. Plenos. La imagen desapareció.
Oscuridad absorta. Rompió el silencio y dijo. Voy a tomar tu propuesta. Armaré un ejército y lo llamaré “Los Malditos”. Serán mis soldados para asolar en todo tiempo a Luz. Hasta el final. Hasta verla morir.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Por suerte: “…Saber olvidar, es también tener memoria…”


Para poder hablar de gente, tendremos necesariamente que hablar de personas. Personas como individuos. Personas singulares, solitarias, que andan por el mundo con sus bagajes, con sus historias y sus biografías. La palabra solitarias, bagajes, no tienen para este análisis connotaciones negativas, pero las personas son seres indivisibles, singulares, irrepetibles, diversas. Los seres humanos poseen una historia, una biografía, insignificante para el concierto del universo, formado por siete mil millones de personas, cada una con su historia, con su biografía. De hecho por muy esforzados que seamos, por capaces que fuéramos de ser y estar atentos sólo lograríamos conocer a lo largo de una vida a muy pocas personas, aun cuando fueran íntimas, cercanas, próximas.
Cuando uno conversa con otro y se inaugura un espacio de intercambio, las personas, comienzan de a poco a histografiar su existencia. Van dando información sobre su biografía de a lunares. Una persona, en cualquier momento que la encontráramos, es ya un ser histórico. Esa historia comienza desde el instante mismo de la concepción. Allí comienza su memoria. A partir de allí, estará en el mundo haciendo los instantes, que rápidamente se irán a ubicar a su pasado, por cuanto el tiempo en su afán indetenible, pone todo el tiempo la existencia en un pasado. Ese pasado, lo que ya no está y aun así ocurrió, incluso hace muy poco, se apila con lo que la memoria toma, que  es lo esencial y aparece entonces el concepto de remembranza. Vivimos en ese intermedio. El aquí y ahora que lucha contra dos entidades inexistentes, pero de un peso insoslayable. Vagamos por el mundo jalados por una entidad efímera y relativa que es el pasado, siempre corriendo, siempre arrebatándolo todo. Todo se transformará en memoria y sin decirnos, sin advertirnos, sin siquiera conocerlo, nos veremos forzados a que sea ella la que dicte qué es lo esencial y retirará incluso más allá de cualquier vocación, de cualquier intención de nuestra parte todo lo que no considere esencial. Es como si la memoria tuviera a pesar de su aparente inmovilidad, una vida propia en la que acomete este ejercicio de manera incesante. Es decir que lo que en apariencia recordamos, ni siquiera nos pertenece en términos de recuerdo, por cuanto la memoria ejerce una acción sobre lo pasado, transformando el recuerdo en remembranza, la que aún luego de ser convocada, nombrada, puede volver a ser afectada. Así el pasado es paradójicamente mucho más móvil, vivo, dinámico y heterogéneo de lo que podamos imaginar. Debemos destacar a este punto que la única forma de poder hacer memoria, de construir un pasado para nosotros, depende de la dimensión antagónica en apariencia de la memoria. Me refiero al olvido. La memoria para poder construir para poder otorgar entidad tiene que olvidar. Pero no como salto, como omisión, como tergiversación. La memoria hace paciente y ejercitadamente olvido. 
El hombre vive de los recuerdos, sin embargo, estos intentos de fijarlos, aprehenderlos, de narrarlos, no hacen más que poner en continuo una acción indispensable para el hombre: construir, histografiar su existencia, tratando de ir otorgando sentido, resignificando, sólo para poder soportar eso que somos: seres indescifrables, signos. Los objetos del juego sinfín del universo: la incertidumbre. Esa incertidumbre vacía, profunda, inmensa e insalvable: ¿qué somos, que estamos haciendo aquí, que hay después de nosotros mismos? A la que para contrastar debiéramos sumarle la única certeza disponible. Nadie conoce qué le depara la vida en sus azares. Sin embargo y aunque tardemos en comprenderlo, hay un momento del tiempo vital en que tomamos conciencia de que vamos a morir. Irremediablemente. Y así, desde el instante de la concepción, conjunto pequeñito de células diminutas reunidas, vamos transitando el camino de ida a la muerte. Ese espacio de tiempo desde la concepción hasta la muerte, lo denominamos vida.
Y resulta curioso que en ese intermedio cargado de dramatismo, por cuanto es un tránsito a la muerte de toda población viviente, de unos niños que son cuidados y protegidos, arropados para el viaje, ese intermedio sea expresión de lo mejor del hombre, lo más humano, lo que está condenado a ser revelado y por tanto bello, refiriéndonos a que la belleza está en la verdad de su esencia y si es de su esencia es bello; Así lo humano deja ver de a trazos, algunas veces diminutos, otras gruesos, lo humano del hombre, lo referido a la belleza de su esencia y entonces lo verdaderamente humano, ese derrotero a la muerte, termina por ser con alegría, con plenitud, con celebración. Es todo un tránsito, toda una vida, todas las vidas para poder rozar la belleza de la verdad esencial de la raza humana. Así, es como la vida entonces, vale las penas que nos depara. Así la vida cobra sentido, a pesar de su final conocido. Así la vida es una experiencia, que tenemos el privilegio de gozar, sobre toda otra especie que habita la tierra.
Somos los que tienen la fortuna de recorrer el camino y algo no dicho a nosotros, que forma parte de nuestra esencia en su estado más puro y sin embargo no revelada a nuestra consciencia, nos inspira a esa alegría, transformada entonces  en arte, creatividad, sonrisa, metáfora para regocijo de  los que fueron  y los que vendrán: Humanos.

viernes, 15 de marzo de 2013

Violencia de la información en Tiempo Real

 

 Estos tiempos, los que corren, son tiempos “real time”. Todo está sucediendo precisamente ahora. Por poder enmarcar esta afirmación, luego me distraigo en la pregunta de si lo que atrapa el hecho es la tecnología disponible, y entonces nos pone de manera instantánea frente a un intervalo inexistente entre lo que sucede y lo que vemos, oímos o leemos o, si el desarrollo de la sociedad y me refiero a un desarrollo completo y que apareja un desarrollo de la tecnología y entonces esos hechos siempre estuvieron allí, pero no había tecnología para capturarlos y difundirlos. Resulta luego de repasar que con independencia de su origen, nuevos o ya existentes, pero ahora capturados, la tecnología y otra vez me refiero a la revolución propuesta en los medios de comunicación masiva y la democratización en las formas de difusión, en tanto tecnología disponible para muchos y con cada vez menos restricciones, nos pone de frente a un mundo redondo, completo, diverso y expuesto. Es de esa exposición, que más o menos y siguiendo algunos matices, pocos distintivos, encontramos imágenes que permiten ver, en el mismo momento que está sucediendo, por ejemplo, en la trasmisión del incendio provocado por el choque del avión contra la primera torre gemela, un segundo avión que se dirige hacia la otra, pero que desde el punto de vista de la imagen, si no fuera por el humo, cuesta comprender que se trata de un segundo avión. La imagen, prácticamente cinematográfica era emitida en “vivo”. Es decir, estábamos mirando desde una distancia infinita, me refiero mi país, lejos, al sur de América, como un enorme avión, metálico, pintado de color azul y rojo se metía a gran velocidad, como una flecha, en la segunda torre del Word Trade Center. Lo estábamos viendo mientras sucedía. Y estaba pasando. Y dentro del avión, y dentro de ambos edificios estaba pasando que había personas muriendo, o a punto de hacerlo. Luego otras imágenes exhibidas más tímidamente, mostraban unos cuerpos cayendo desde las alturas. Cuerpos de personas que decidiéndolo o no, saltaron al vacío por el fuego o la muerte inminente. ¿Lo habrán intuido? Ejemplos más tremendos son los de los colegios rodeados de patrulleros y los chicos saliendo de aquí para allá y las detonaciones y luego el silencio. Inmediatamente un policía gordo, con cara de preocupado y circunspecto informando que el agresor que mató a 30 niños de un colegio fue neutralizado. Y unos adultos corriendo desesperados y unas imágenes desgarradoras que, daban cuenta por si mismas, de lo que había provocado esa acción inexplicable de jóvenes armados, en los colegios, matando niños y otros jóvenes.
Mientras tanto aquí en el sur, poco tardo el aparato de comunicaciones en montar una trasmisión en vivo, de un accidente monstruoso, en la estación de Once. Estaba sucediendo en ese momento.asando que la gente se encontraba atrapada en un amasijo de escombros, de hierros retorcidos. Estaban allí, a la vista de todos. No se podían mover, estaban atorados entre los fierros, gritando y sus caras y sus voces se metían por las pantallas y por las radios se escuchaba el alboroto de los rescatistas y los bomberos y las personas gritando. Faltos de cualquier pudor y vaya a saber detrás de que valor, incluso algunos de los cronistas, se acercaban, intentando la impostura de la preocupación, de lo que nos concierne a todos, hablar con una persona atrapada. Y le preguntaban y lo exhibían y lo fotografiaban. Y luego algún policía corriendo al cronista, teniendo que cuidarse, porque estaban grabando, pidiendo que tomaran distancia. Detrás de la imagen de la persona colgada, abajo yacen cuerpos de una cantidad increíble de muertos, que por suerte no estaban a la vista. Porque sino, los hubiéramos visto. Personas de trabajo, muertas, apiladas, ofendidas o profanadas, incluso en la intimidad de una muerte no buscada. Un horror.

Todo pasa ahora mismo. En este instante y está ofrecido a nosotros para que lo miremos y si no nos interesa cambiemos de canal. Esta es la propuesta. Si no te gusta, con pulsar el botón, podés hacer zapping y listo. Podes ignorar la información, cambiar el dial o no leer el diario.
Sin embargo, hay algo que no podemos advertir. Por encender la tele, o la radio o la tapa del diario, no alcanza para justificar que tengo que la opción de elegir. De hecho no es cierto. Porque cuando me siento a la tarde a tomar un mate y aprieto el botón “power” del televisor, no tengo ninguna opción.
Cuando miro la tele después de la cena y me muestran a jóvenes borrachos, en trifulcas imposibles. Cuando bajo el formato de “la noche de tal lugar o tal otro”, muestran y repiten violencia, robos, crímenes. Y una voz relata, luego un círculo agranda las imágenes o un cartelito indica lo que pasa o se subtitula un diálogo. Entonces resulta que para eso, que me sorprende, porque yo abro la pantalla con el botón, entonces, ya no sé de qué libertad me hablan. Y esto no lo pienso desde el lugar de negación. Pero pienso que  soy empujado, diría sin preguntarme, a ver algo que, para cuando me doy cuenta, ya es tarde. Ya lo vi. Ya tocó partes de mi intimidad. Hace vibrar mis miedos. Refuerza mis inseguridades y da sustento a mis fantasmas.

Pero si es increíblemente cruel, si muestra la miseria y el espanto. Si es lo suficientemente escandaloso, entonces lo veré de distintos ángulos. Porque al cambiar, veré lo mismo, pero desde otro ángulo. Cada ángulo mostrará el círculo de las cámaras alrededor del sujeto o la situación. Para poder ver las noticias, por decirlo, o si quisiera ver el pronóstico del tiempo, no podré saltar este modesto trago de realidad que nos muestran, hasta diría por obligación.
Lo que luego resulta espeluznante, es que se diga que la gente es morbosa… que la tele es el reflejo de lo que pasa y que la sociedad tiene la tele que se merece. Que las cosas ellos no las inventan, que como son periodistas tienen la obligación de mostrarlo y seguidito hablan de la ética y de la obligación de informar.


Entonces, es ése el momento en que yo digo “me hartaron” y busco una serie extranjera en la que unos tipos bien ajenos, distantes, desconocidos, están dispuestos a tirarse una torta a la cara, para llamarme a risa. Entonces me rio un poco, el rato se hace agradable y me voy a dormir.

Digo por no llegar a mi descanso cada noche con las caras demudadas de los afligidos por los crímenes, las muertes incomprensibles o los efectos desbastadores de la droga en unos pibes a los que se les hacen extensos reportajes, enfocando a las bolsas con pegamento, o mostrando las casas de los consumidores de paco.
Debe ser que me siento más viejo, pero prefiero poder decidir antes y no después. 

Prefiero abstenerme de pensamientos oscuros al cerrar los ojos. Para poder viajar al mundo de los sueños no orientado a las pesadillas de las deudas del mundo. O no siempre o no cada noche. O no a cada momento.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

UNA MUERTE VIVA


¿Mi propia muerte?

Eventos de una vida común y silvestre. Pasados a la forma de persona afectada y conmovida, me ponen sobre el tema de la muerte.
Si tuviera que prepararme para mi propia muerte, debiera comenzar por preguntarme ¿cómo llegar allí? Por empezar quiero llegar enfermo. Con una biología que vaya indicando el fin del ciclo de la carne, dando lugar a alojar, que este cuerpo, a lo mejor envejeció y es hora de dejarlo ir. No lo  podría afirmar, pero de poder preferir, preferiría que esta enfermedad no me deparara dolores innecesarios. Me propongo llegar con alguna dignidad, con lo cual, supongo que alojare la enfermedad y creceré con ella, pero sin entablar batallas innecesarias. Detesto las cosas fuera de programa y las sorpresas. Ahí reside que no quiero irme de aquí súbitamente, con la agenda cargada de cosas y con pendientes por hacer. Irse prolijamente, sin escándalo, serenamente. Para ello es menester que esté preparado. Preparar implica un plan y un evento bien planeado, requiere de previsiones. Así me dispondré a listar algunas cosas, lista ésta provisoria, que sin embargo me permitirá, ir dándole forma a ese momento.
 
Para empezar tendría que pensar en donde poner todo ello.  Supongo que, como corresponde, bastará un morral, que me proveerá el espacio que necesite. Ocasionalmente podría ser un bolso. Aunque le llamaré zurrón. No pienso que necesite más. Una valija sería inconveniente y pesada y la sola idea me genera como un “mucha cosa”.
Cómo me imagino?  Me imagino yaciendo en una cama. Plácidamente. Sin melancolía.
Aceptando lo que me ha pasado y lo que estaría pasando.
Sin arrepentimientos. Se habrá hecho lo que se ha podido.
Me imagino libre y a todos librados de estar por otra razón que el amor, en ese momento.
Me sentiría aliviado. La inmortalidad me resulta insoportable y las alternativas de mi vida, generosa y atractiva, también son agotadoras, con lo cual no estoy seguro de que sea sólo el cuerpo el que quiera descansar.
No creo que llegue huyendo. Pero quien sabe. Sin embargo he afrontado la responsabilidad en cada momento y no me ha pesado, sabiéndome allí al siguiente día, con lo cual, por que preocuparse, si ya no estaré.
Pretendo no ser una carga para nadie. Espero poder solventar mi propia existencia y mis últimos años. No me molesta la idea de ir a vivir, en el final, en un lugar donde, sólo sea una carga de trabajo para unos extraños y no para mis seres queridos. Espero no ocasionarles gastos. Ni disgustos, ni recargas, ni tortuosas responsabilidades. 
Debo reconocer que no me convence la idea de morir en mi casa, en mi cama, ni rodeado de mis seres queridos.
No pretendo morir en los brazos de nadie, ni que lo que fuera mi hogar, se transformara en un moridero, mucho menos si queda alguien después de mí.
No me gusta la forma nostálgica impregnada en las paredes, de los muertos resistidos.
Debo reconocer que no me importan las materialidades de mi identidad. No me convoca la idea de pensar en qué será de mis cosas cuando ya no esté. Esas cosas tienen de mí algunas particularidades y prefiero que se fueran conmigo. El “mi” que esta en ellas será de mi recuerdo, en cuyo caso, ya no tienen, ni revisten ningún valor para mi. Es decir que una vez que me hubiera ido a morir a donde corresponda, también me habré librado de ellas y de la responsabilidad de cuidarlas.
Por último y antes de listar mis necesidades, parece pertinente declarar que la muerte para mi, no tiene un dejo devorador, ni final. No me invita a fantasmas, ni deudas, ni pecados irredimidos. Respecto de lo que pasa luego con mi alma. Es una reserva que me voy a permitir. Tengo alguna idea, pero la misma será la apropiada dimensión de lo íntimo y como tal también se ira conmigo.
Pero,  si necesitara un recuerdo agradable, echaría mano  al último día de séptimo grado. Recuerdo que lloré hasta el agotamiento. Como siempre pasa, aprendí el afecto que le tenía a ese espacio de mi niñez, solo cuando lo dejaba.
Si me dijeran que llevara un libro, me llevaría “el amor en los tiempos del cólera” y la “ética nicomaquea”.
Si tuviera que llevar música, me llevaría Joaquín Sabina, pero además un disco de pasta de mi padre:  “Tangos de Agustín Magaldi”.
Si tuviera que llevar una foto, me llevaría alguna de las fotos en la arena, mis hijos, mi esposa y el mar suave detrás.
Si tuviera que elegir una postal, me llevaría el atardecer plácido, con el sol de oro, tapándose despacio, silencioso en el mar y un café cortado y sándwich de jamón y queso, que Nelly haría con amor, para nosotros, mientras los chicos y sus amigos nadan en la pileta, indiferentes de ese milagro.
Para los momentos de sobria tristeza, la ausencia de mi padre cuando me hice médico, o cuando nacieron mis hijos
Para cuando me asalte el miedo, las manos de mi abuela firmes como cadenas, tomándome en su regazo,  aventando lo despiadado de la muerte.
Para cuando se me pida fortaleza, mis hijos, que intenté todo el tiempo, que no se me notara lo frágil que me ponen.
Cuando se me requiera dignidad mis logros, mis faenas, mis tránsitos.
Si me hablaran de oscuro y pronósticos… El optimismo de los momentos de incertidumbre y la esperanza. No puedo evitarlo, el futuro se me presenta siempre mejor.
Para contarle cosas íntimas: Cristina, aunque esté ausente.
Para estar con otros el Oso y Perón. Ellos saben.
Si me hablaran de un lugar, la quinta, bajo el árbol, los incontables domingos de café y licores después del asado.
Unas palabras para los chicos… Los amo sean felices, lleguen más lejos, mejor,  para que todo cobre sentido.
Unas palabras para Ceci, sos la mejor persona que he conocido!!!! 
Para mis hermanos, cuídense. Los quiero.
Si tuviera que decir de mis trabajos les dejaría esta frase:  “por fin los entrego involuntariamente a alguien que seguro lo hará mejor”.

Pero a la vida le quiero decir gracias. Gracias por cada lágrima, por cada alegría, por cada sorpresa.
Gracias por permitirme advertir, sutilmente, que hay cosas que me pertenecen y están allí en el mundo.
Gracias por dejarme salir de mis miserias, de mis vanidades un poquito hacia afuera.
Gracias por privarme de cosas y gracias por todo lo que me sobró y me da pudor.
Gracias por sacarme la ceguera de la vista y devolverme el sentido de lo verdaderamente valioso, lo esencial.
Gracias por mi sino, por mi nombre y mi destino. Espero no haberte fallado, distraído en las torpezas de mis mezquindades.
Gracias por el tiempo y la época que me tocaron, y por el tiempo y las épocas que pasaron y no vi y las que vendrán después de mi.
Gracias por darme la oportunidad de un adiós, un descanso y nuevamente anonimato.
Gracias por quitarme los pesos del vivir y devolverme a lo ligero, lo vago.
Gracias por verme en ellos y no verme en otros.
Gracias por estas palabras que soy capaz de narrar,
aun cuando sé, que tengo que seguir viviendo.

jueves, 31 de mayo de 2012

"Ley del final de la vida"

Nuestro país se encuentra, a la fecha, con dos leyes referidas a la participación activa del paciente dentro del vínculo terapéutico con el dispositivo médico que le asiste frente a una dolencia. Más allá de la práctica médica y los entornos legales que la enmarcan, tenemos entonces nueva legislación, necesaria desde hace mucho tiempo y en buena hora aparecida, para cambiar el paradigma médico reinante en el cual, la medicina ofrecía una serie de recursos al paciente, doliente, pasivo, al que sólo le quedaba la oportunidad de tomar unos consejos médicos, llevarlos adelante, por cuanto esos saberes en manos de los profesionales, suponían lo mejor a ofrecer a la gente y lo mejor para la gente enferma estaba en manos de los médicos. Así, basado en una adhesión sumisa y pasiva los pacientes, transcurrían por el dispositivo médico, sin saber ni poder opinar, sometidos a los avatares que el sistema maquinal del ejercicio profesional de la medicina tenía para ofrecerle.