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domingo, 10 de noviembre de 2013

Me encontró la vida


Me encontró la vida.
Todas las noches, luego de apagar la luz. Todas las mañanas,  en cuanto abría los ojos, antes de levantarse. Ensayaba una oración. Era su momento de reflexión. Una especie de apertura de comunicación con el universo y el Dios en el que él creía.  Sus rezos tenían un momento que repetía casi de memoria. Desde siempre. Los hacía de manera automática, rítmica. Un mantra que siempre lo acompañaba. Sin embargo, era al final de ésos rezos, que abría una conversación de espíritu. Solitaria. Serena, cuando podía. En ella recorría sus intereses. Aquello que le inquietaba el ánimo. Aquello que le sobrecogía y lo llevaba al sueño o al día tomado por alguna preocupación. Esperanzado a la noche con un “se va a arreglar. Al final todo se arregla”. Levantándose pensando “que termine hoy. Que se acomode”. En esos repasos, era puntilloso en agradecer. Agradecía el día pasado, el día por venir. Se sentía privilegiado, por cuanto le había tocado. Agradecía su salud. El bienestar de aquellos que amaba, de los otros. Pedía prosperidad para todos.  Celebraba poder elegir que comer, con que vestirse, el techo sobe su cabeza y sobre sus seres queridos. Cuando tenía un pendiente convocaba a la luz, para que ilumine su corazón torvo y el de quien le interpretaba una conducta injusta. 
No era particularmente dañoso, ni bueno, ni justo. Sin embargo, se otorgaba ese tiempo de encuentro espiritual. Muchas veces se preguntó si aquello era una cuestión de educación, o estaba en él desde antes. Venía de una familia que no tenía ritos religiosos. Sin embargo esa conducta en él era tan antigua, que le costaba encontrar donde  se instaló, cuando fue su primera vez.
Si llegaba demasiado cansado, por un largo día, probablemente marcharía al mundo de los sueños, en medio del rezo, ya que el cansancio no era una buena razón para no realizar aquel rito. Si se levantaba apremiado, o tomado por un tema sensible y se debía acicalar con prisa, para no perder atención, cuando terminaba y viajaba a sus tareas, entonces, retomaba aquel rito.
Cierto día, luego de una vez más llevar adelante sus oraciones, como siempre se levantó. Puso  a hacer el café. El tiempo del baño, de asearse era el tiempo para que el café estuviera listo. La casa estaba en total silencio. Era muy temprano, como siempre en la semana. Todos dormían. Se paró frente al lavabo. Abrió la canilla, inclinó un poco la cara, para con el agua a la temperatura adecuada, le tocara el rostro llevada por sus dos manos, como siempre lo hacía. Luego levantó la cabeza. En el espejo, como si fuera de niebla observó una figura.  Su propia figura. Se le hizo extraño aquello. No podía explicárselo, pero él se veía diferente aquella mañana. De todas maneras, tomo la toalla, se secó la cara con la toalla. Al darse vuelta para colgar nuevamente la toalla, reparó en la mampara de la ducha y vio una figura. Esto era raro. Nadie se había bañado, no hacía frio esa mañana. Curioso, la atención sobre la figura lo inquietó. Con la toalla, repasó la mampara. Pero nada pasaba. Insistía con más energía.  
De pronto escuchó.
-        Déjalo. No es la mampara.

Se alarmó aún más. Inquieto se dio vuelta recorriendo todo el baño. Un sentimiento de intranquilidad le dividió todo el cuerpo.  La respiración se le aceleró. Desistió de eliminar aquella figura. Colgó la toalla y se paró nuevamente frente al lavabo, para retomar su rutina. Se explicó aquello convenciéndose a sí mismo de que era una ilusión acústica y que probablemente se le presentó, mientras estaba distraído, un pensamiento vívido. Se enjuagó las manos y cuando dirigió la mirada al espejo escuchó nuevamente.
-        Tenemos que hablar.

Se dio vuelta con cierta alarma. Nada vio. Se tranquilizó. No había nada. Debe de haber sido un pensamiento.  Cuando volvió al rostro al espejo, allí estaba la figura.
-        Quiero invitarte a una conversación. Hay cosas que me debes.

-        Yo nada te debo. ¿Quién eres? Estoy volviéndome loco!!

-        No estás loco y si hay cosas que me debes.
Ahora su respiración es jadeante. Está aterrado, mirando la mampara. Hablando, contra ella, pero convencido de que dialogaba consigo mismo.

-        Yo soy lo Vivo que habita la vida. Soy lo que subyace a cuanto hay en el universo. Soy todas las cosas a las que llamas vida.  Soy eso que construyes. Lo que dejas para mañana y lo que nombras cuando dices ayer. Soy también, quien recoge tus lágrimas, lo que habita en tu corazón. En mi está lo que nombras como muerte, cuando alguien se transforma. Soy el agua cayendo, regando los campos. Soy la sequía en donde crecen los escorpiones. También me convocas, cuando te conmueves por la sonrisa de un niño. Estoy desde siempre, por cuanto no fue posible crear un universo, sin mí. Nada existió antes y lo creado que no me contiene, entonces no es.
Atormentado se lavó nuevamente la cara. Ahora torpemente, agresivo. En vez de lavar parecían cachetadas intentando apagar las palabras escuchadas. La voz. La inquietud.

-        Me has forzado a presentarme ante ti. Cada noche, cada mañana, me nombras y se te escucha agradecido. Debo reconocer que además me agradan tus formas. Eres un ser correcto, dedicado, amoroso. Trabajas y tiendes al bien. De manera, que me resulta difícil no escucharte. Pero en el seno de tu corazón encuentro en ti que en la lógica de las armonías, el artilugio de la humanidad, parece que has llevado tu vida a un punto que no te debo nada, que nada me debes. Aquí es donde no te encuentro razón. Aquí es donde cada día es para mí la oportunidad de que me des aquello que me debes. Sin embargo, vienes repitiendo siempre lo mismo. Eres agradecido. Te sientes bendecido de la vida. Pero no has tocado entonces, lo que espero de ti.

-        A que te refieres. Si no he hecho más, pues será que no he podido. Frente al dilema, intenté pararme del lado del bien. Mis buenos precios me ha costado, pero lo prefiero. He sido honesto, manso. Traté de no guardar rencor. No he dejado crecer en mí el odio, cuando las pasiones se me apoderan, denodados esfuerzos realizo para no dejar reverdecer lo agrio, lo oscuro.

-        Nada tengo para decirte. Cuanto dices es verdad. Todo está bien, pero es incompleto y mucho me temo que ahora ya no podrás líbrate de lo que he venido a decirte.

-        Habla pues. Di lo que tengas que decir, pero déjame en paz. Te escucharé y te iras como has llegado.

-        Estoy de acuerdo. Vine a decirte que me debes cosas. Tu misión en la tierra y como ustedes nombran a la vida, estas a mano. Nada más debes hacer. Pero para poder completarlo, ahora debes crecer y hacer más.

-        Trabajo todos los días. Soy generoso. Mis ojos son transparentes. Los dobleces en mí, son recursos que a nadie dañan. Soy pudoroso y no los dejo ver.

-        Ya cállate. Me debes la alegría. Me debes la celebración. Me debes el alivio. A mí no me basta contento. Alegría lo es si es con otros. Si contagia.  Serenidad es paz a compartir. Crearla y ofrecerla. De que vale agradecer, si lo haces silenciosamente por las noches. Agradecer es a otros, los que te lo hacen posible. Optimismo es formar parte de la vida de otro, llevándolo por ese camino. Esperanza, es mostrar no tus logros, sino las trampas que te puso tu corazón. Te nombras manso, pero quiero informarte que eso no es humildad. Te empeñas en honrar la vida. Me floreas y hablas de mis promesas. Pero cuando te escucho me generas tristeza. Me ves todo el tiempo, logras tocar mis objetos y luego… Luego haces lo que hacen todos. Me niegas, transformándome en horribles síntesis de una vida quieta, fija. Muerta. De modo que ahora tendrás más tiempo, para honrar realmente lo más bello de mí. Lo que has de honrar para estar en mi universo. No hables de mí ya nunca más, si vas a hacerlo de lo muerto en mí. Yo soy acción y alma crecida en ese movimiento.

-        Es que no te comprendo.

-        Ya entenderás…pero  si no lo haces, entonces, vendré nuevamente a visitarte.
El silencio se hizo inmenso. Ahora el hombre se toma la cara. Las lágrimas le empapan las manos apretadas. La mampara tomó ese aspecto conocido. La figura ha desaparecido.
El piensa: “Padre nuestro, que estás en los cielos…”

viernes, 6 de septiembre de 2013

Por suerte: “…Saber olvidar, es también tener memoria…”


Para poder hablar de gente, tendremos necesariamente que hablar de personas. Personas como individuos. Personas singulares, solitarias, que andan por el mundo con sus bagajes, con sus historias y sus biografías. La palabra solitarias, bagajes, no tienen para este análisis connotaciones negativas, pero las personas son seres indivisibles, singulares, irrepetibles, diversas. Los seres humanos poseen una historia, una biografía, insignificante para el concierto del universo, formado por siete mil millones de personas, cada una con su historia, con su biografía. De hecho por muy esforzados que seamos, por capaces que fuéramos de ser y estar atentos sólo lograríamos conocer a lo largo de una vida a muy pocas personas, aun cuando fueran íntimas, cercanas, próximas.
Cuando uno conversa con otro y se inaugura un espacio de intercambio, las personas, comienzan de a poco a histografiar su existencia. Van dando información sobre su biografía de a lunares. Una persona, en cualquier momento que la encontráramos, es ya un ser histórico. Esa historia comienza desde el instante mismo de la concepción. Allí comienza su memoria. A partir de allí, estará en el mundo haciendo los instantes, que rápidamente se irán a ubicar a su pasado, por cuanto el tiempo en su afán indetenible, pone todo el tiempo la existencia en un pasado. Ese pasado, lo que ya no está y aun así ocurrió, incluso hace muy poco, se apila con lo que la memoria toma, que  es lo esencial y aparece entonces el concepto de remembranza. Vivimos en ese intermedio. El aquí y ahora que lucha contra dos entidades inexistentes, pero de un peso insoslayable. Vagamos por el mundo jalados por una entidad efímera y relativa que es el pasado, siempre corriendo, siempre arrebatándolo todo. Todo se transformará en memoria y sin decirnos, sin advertirnos, sin siquiera conocerlo, nos veremos forzados a que sea ella la que dicte qué es lo esencial y retirará incluso más allá de cualquier vocación, de cualquier intención de nuestra parte todo lo que no considere esencial. Es como si la memoria tuviera a pesar de su aparente inmovilidad, una vida propia en la que acomete este ejercicio de manera incesante. Es decir que lo que en apariencia recordamos, ni siquiera nos pertenece en términos de recuerdo, por cuanto la memoria ejerce una acción sobre lo pasado, transformando el recuerdo en remembranza, la que aún luego de ser convocada, nombrada, puede volver a ser afectada. Así el pasado es paradójicamente mucho más móvil, vivo, dinámico y heterogéneo de lo que podamos imaginar. Debemos destacar a este punto que la única forma de poder hacer memoria, de construir un pasado para nosotros, depende de la dimensión antagónica en apariencia de la memoria. Me refiero al olvido. La memoria para poder construir para poder otorgar entidad tiene que olvidar. Pero no como salto, como omisión, como tergiversación. La memoria hace paciente y ejercitadamente olvido. 
El hombre vive de los recuerdos, sin embargo, estos intentos de fijarlos, aprehenderlos, de narrarlos, no hacen más que poner en continuo una acción indispensable para el hombre: construir, histografiar su existencia, tratando de ir otorgando sentido, resignificando, sólo para poder soportar eso que somos: seres indescifrables, signos. Los objetos del juego sinfín del universo: la incertidumbre. Esa incertidumbre vacía, profunda, inmensa e insalvable: ¿qué somos, que estamos haciendo aquí, que hay después de nosotros mismos? A la que para contrastar debiéramos sumarle la única certeza disponible. Nadie conoce qué le depara la vida en sus azares. Sin embargo y aunque tardemos en comprenderlo, hay un momento del tiempo vital en que tomamos conciencia de que vamos a morir. Irremediablemente. Y así, desde el instante de la concepción, conjunto pequeñito de células diminutas reunidas, vamos transitando el camino de ida a la muerte. Ese espacio de tiempo desde la concepción hasta la muerte, lo denominamos vida.
Y resulta curioso que en ese intermedio cargado de dramatismo, por cuanto es un tránsito a la muerte de toda población viviente, de unos niños que son cuidados y protegidos, arropados para el viaje, ese intermedio sea expresión de lo mejor del hombre, lo más humano, lo que está condenado a ser revelado y por tanto bello, refiriéndonos a que la belleza está en la verdad de su esencia y si es de su esencia es bello; Así lo humano deja ver de a trazos, algunas veces diminutos, otras gruesos, lo humano del hombre, lo referido a la belleza de su esencia y entonces lo verdaderamente humano, ese derrotero a la muerte, termina por ser con alegría, con plenitud, con celebración. Es todo un tránsito, toda una vida, todas las vidas para poder rozar la belleza de la verdad esencial de la raza humana. Así, es como la vida entonces, vale las penas que nos depara. Así la vida cobra sentido, a pesar de su final conocido. Así la vida es una experiencia, que tenemos el privilegio de gozar, sobre toda otra especie que habita la tierra.
Somos los que tienen la fortuna de recorrer el camino y algo no dicho a nosotros, que forma parte de nuestra esencia en su estado más puro y sin embargo no revelada a nuestra consciencia, nos inspira a esa alegría, transformada entonces  en arte, creatividad, sonrisa, metáfora para regocijo de  los que fueron  y los que vendrán: Humanos.

miércoles, 10 de julio de 2013

El armario de los días


Yo creo en unos días. En unos días cálidos y fríos. En otros grises. Otros oscuros.
También creo en días de alegría, en días de melancolía, de duelos… en fin.
Creo en los días secos, en los húmedos, los humedecidos. En los humedecidos me pregunto si dulcemente por lágrimas, o por sollozos de un corazón lastimado.
Hay días trabajosos, días de trabajo, días de sosiego.
Hay días mágicos. Días para recordar. Hay días para borrar del calendario, del almanaque, de la vida.
Hay días esperados, días para estar en espera. Días por los que no se puede esperar.
Está el día de hoy, con su presencia concreta. Los días de ayer y los porvenir.
Hay días en que canto, días en que callo, días en que grito.
Hay días que me atropellan y me hacen de todo sin siquiera preguntarme.
Hay días que son largos, enormes. Los hay  cortos.
Hay días a los que entro después de soñar. Días que no sé por qué se transforman en pesadillas.
Hay días ganados, días perdidos, días inadvertidos.
Hay días de amor, de ensueño, de paz. Hay días inmensos y profundos.
Días de cielos estrellados, celestes, iluminados por el sol y por la luna.
Hay días que me levanto y me acicalo, desayuno y salgo. Y el día se pone más o menos de acuerdo conmigo. Sin embargo hay otros que cuando salgo se hacen hostiles y un desatino todo cuanto haga.
Cuando los días y yo no estamos de acuerdo pienso en mi armario. Pretendo en ese momento que algo pasó en el instante de vestirme y elegí mal el día para ponerme. Son esos días que se hacen eternos,  incómodos, no sé dónde ubicarme, ni como ponerme. Se me hace obvio que elegí mal ese día. No era la ocasión.
Otros en cambio pretendo que no manejo el armario de los días y que en verdad el armario le pertenece a Dios. Entonces me imagino que Él nos tiene reservados los días y los elije para nosotros. Nos los ofrece con la sencillez que ha concebido el mundo del principio.  Me imagino ya no un armario sino un casillero donde se guardan prolijamente todos los días de la vida de una persona. Estos están además dispuestos en un orden. Ese orden, como toda obra de Dios, es perfecto. Después en la medida en que vamos creciendo, nos vamos apropiando con la madurez, de lo que hay dentro del casillero. Para ese entonces, ya Dios no interviene y terminamos por hacer toda clase de desórdenes. Me imagino que tomamos días anticipadamente, que los usamos de manera inadecuada, que pasamos por días destinados, a cosas importantes, distraídos y los desaprovechamos.  Es más a veces cortamos por la mitad los días y los mezclamos construyendo verdaderos cocoliches.  Incluso ni nos damos cuenta y reímos, tristemente, en días que habría que llorar, o por lo menos sentir vergüenza.
Hay días, que cuando se encuentran avanzados ya, casi terminados, advierto que me he equivocado. Esos los lamento.
Hay días que cierro los ojos y pido, como rezando, alguna pista, antes de ponérmelos.
Hay días,  que pierdo todo control y me entrego libremente y toco, aunque sea por unos instantes, la gracia de estar aquí, de estar en este día, contigo, con los que me importan.
Esos, en los que estas Tu y en presencia aquellos que amo y siento que me aman.
Esos días, son los mejores.
Peregrino Selser

martes, 12 de febrero de 2013

Celebra la Vida

Hay una edad de la vida, que las cosas comienzan a perder el brillo, producto pienso, del paso del tiempo, que nos va esmerilando los puntos por donde Dios nos regala la oportunidad de tocar, aunque sea por unos instantes, la magia de la vida.
Así vamos con el paso de los años, perdiendo sensibilidad a la gracia que es ésta, nuestra vida, nuestro momento del universo. Ese lapso de modesto tiempo que pasamos y protagonizamos nuestro rol y el del universo. Somos, en el devenir del tiempo, el objeto que iluminan el sol y las estrellas y destinatarios de la luz que nos regala la luna. Algo así como el fin último de todo cuanto sucede.
Sin embargo producto de lo social y lo educacional, terminamos por tomar el día a día como un devenir implacable, como una reiteración de rutinas.
Cada minuto se ha ido del espacio de lo sensible y gana la escena el afán de tener unos seguros vitales, incorporados como indispensables,basados vaya uno a saber en que creencia, firmemente arraigada en nuestra cultura.
Mientras más nos acercamos a ser adultos maduros, menos percibimos los detalles. Somos más sordos. Las texturas ya no impresionan nuestra piel. Y las manos toman torpes lo áspero y lo terso.
Hay ocasiones en que el mundo nos dá una buena sacudida. Nos pone a vibrar en su máximo esplendor. Nos demuestra que la vida es mucho más que nuestro pequeño devenir y que tiene para ofrecer sin importar quienes seamos, que edad tengamos y cuanto poseamos, mejores cosas que las apocadas ilusiones de nuestra consciencia presente.
Mi hija tiene trece años recién cumplidos. Estaba en casa. Se desencadenó una lluvia, acaso una tormenta.
Entonces algo en ella fue tocado esa noche, en su cuarto, por esa lluvia y escribió esto que recibí en mi teléfono y que  a continuación publico. Lo hago por compartirlo. Por honrar lo bello, lo bueno.


Era una clásica tormenta de verano: calor, viento y agua cayendo desde el cielo muy rápidamente. La noche estaba muy calma, se podía oir perfectamente el agua caer y distinguir el sonido de cada gota chocando contra el piso. Cada tanto, se escuchaban los autos pasar sobre el asfalto mojado, un ruido inconfundible para aquellos que lo conocen. Juntos, estos sonidos formaban una hermosa armonía que adoraba escuchar.
De repente me sentí aturdida, ya no soporaba mas ese ruido tan calmo, necesitaba silencio, silencio absoluto. Pensé en dormir, en perderme en mi sueño libre de alboroto, en refugiarme en mis pensamientos. Así fue que sali del balcón camino a mi cuarto, a mi cama, a mi lugar de sueño. Sentía que el ruido me perseguía a todos lados, no sabia que hacer, pensé en hablar con mi hermana, pero me tildaría de demente, o mentirosa, ella no lo entendería, nadie lo haría. No recibiría ningún tipo de ayuda, así que decidí seguir con el plan original, descansar. Al llegar a mi cama, no dude en acostarme. No me importaba la ropa incomoda, ni las zapatillas ensuciando el cubre cama blanco, yo solo quería dormir.
Al ver que era imposible por tanto ruido, empecé a llorar, no hacia nada, tan solo lloraba. Me habia cansado de pensar, me había cansado del ruido. Vi la lluvia a través del ventanal de mi pieza y el ruido se hizo mas y mas molesto. Ya no sabia que hacer. Me tire al piso y recordé la voz de mi abuela cuando mi abuelo falleció, siempre decia que todo iba a estar bien, me tranquilice, y alli, en el piso, deje de llorar, solo quería que se detuviera.
Después de lo que parecía una eternidad, todo se calló. De repente no había mas ruido, no mas molestia. Solamente silencio. Desde ese entonces, nunca mas me sentí aturdida, nunca mas oi mas de lo que quería,
ni mucho menos. 


Agustina Selser

Como yo lo siento cuando lo leo y la veo tan pequeña y tan bella, cuando la leo y siento que lo hace mucho mejor que yo, cuando me moviliza la interioridad al punto de sentirla viva, compleja, profunda y transparente, entonces siento una vez más, la vida viva, la vida plena.
Aquello que entro como un mensaje de texto, parecía un mensaje de Dios:
"CELEBRA LA VIDA".

Gracias hija mía.
Te amamos
Tus padres.

jueves, 24 de enero de 2013

Me cuesta comprender.


Salgo en las mañanas.  Veo a la gente en sus afanes. Caminan. Todos determinados. Todos en sus atuendos y cada uno y cada quien tan acertados. Tan elegantes. Como gobernados por un propósito los veo conducirse. Van de aquí para allá. Llevan sus miradas, sus pasos firmes. Sus ventanillas arriba o abajo. Algún bolso, alguna cartera. Zapatos bajos, altos, zapatillas. Ropa ajustada, cómoda. Cada uno a su tiempo y todos a un ritmo. Los semáforos. Las caminatas. Los ómnibus. La gente subiendo, bajando. La luz y los tonos de una ciudad en marcha. La música incesante y característica de la ciudad y su nombre. El olor. Los aromas, marcando las horas: humeantes chimeneas.Caminatas. Auriculares. Teléfonos. Alguien parece estar hablando sólo. Prorrumpe en carcajadas. Atrae nuestra atención. Advertimos el auricular. Motores. Calma. Bramido. Otro semáforo.
Voy a los días y los días vuelven a mí. Voy a mis tareas y las tareas me esperan. Algunos días la rutina me ayuda. Otros días me juega mala pasada y la peleo. Peleo en la pregunta: ¿que estoy haciendo?
Este mundo, mi modesto mundo y todos los mundos de los que formo parte y me conforman, van en su armonía cadente, ruidosa y silenciosa.  Recordando en pocos momentos que hay mucho más allá de este aquí y ahora que me sujeta e infinitos mundos similares pero con dimensiones diferentes. Hay veces que en mis marchas me puedo detener y observar. Veo a alguien caminar por las enormes veredas y su insignificancia e indiferencia. Andamos marchando en la ciudad, rodeados de edificios, por veredas, entre calles. Cada algo que nos rodea es enorme. Un auto es una maravilla mecánica. Y entonces me imagino que es un carruaje y me hace antojo ver a nuestros antepasados marchando encima. Y me imagino yo lavando el auto o llevándolo a lavar. Y un señor en camiseta y tiradores lavando un carruaje. Un joven en un auto con la música a todo volumen y orgulloso. Pretendo entonces unos señores hablando del linaje de un caballo y su rendimiento.
Veo las luces y me imagino al farolero encendiéndolas cada noche. Y los diarios y el imprentero afanoso acomodando los tipos.
Al ver mi indiferencia, cuando me detengo, imagino el trabajo de ingenieros y albañiles y arquitectos. Intento capturar ¿cómo fue posible hacer un edificio? ¿Cómo logaron que sea bello? Que nos guste, que nos sea útil, que nos abrigue.
Mi tiempo y otros tiempos. Mi instante y el de tantos otros. Entonces me pregunto qué estará pensando alguien que cruza por la calle. Me hace curiosidad cuál será la razón de sus insomnios. ¿Los tendrá? ¿Quién lo espera por las noches?  ¿Prepararán en su casa una mesa y se sentarán alrededor y conversarán acerca del día, intercambiando anécdotas y vida?  O comerá sólo, rápidamente y se esconderá en un libro, la tele o la cama. No quedan muchos libros ni lectores.
El otro día esperaba. Esperaba y fumaba. Un joven en la calle toca el violín a la gorra. No me di cuenta de que estaba. No lo vi. Estaba en mis asuntos. Con la mirada llevada a objetos de mi pensamiento. De pronto el violín se me metió por los oídos. Y comenzó a tomar espacios sin siquiera yo dame cuenta. Pasó, me imagino, muy poco tiempo y el sonido de la música del violín había impregnado mi pensamiento. Un profundo “todo violín” se apoderó de la escena. Y me llenó de sentido el momento. Se me presentó mágico. El sonido del violín, la melodía se apoyaba en una dimensión desierta y aletargada de mi espacio de pensamiento. Y me di cuenta que la melodía venía a nombrar ese vacío. 
Entonces al atardecer las noticias. La televisión. Los que informan y como lo informan. Lo que es noticia. Lo que se hace noticia, novedad. Tema, tapa. “Urgente”. “Último momento”.
Nos ametrallan de “malas noticias” y luego dicen, que las cosas pasan y que ellos son solo responsables de exhibirlas. Una ingenuidad inaceptable.
Entre el farrago de información de cosas que pasan. De las inagotables autopistas de la comunicación, me formo una idea de un mundo vertiginoso. Un mundo lleno de objetos feos. Exacerbados por pantallas, mail, internet radio. 
El sentido de la estética puesto en cuestión. El sentido de la ética apocado, agrisado y raído en discursos falsos. Mentiras maquilladas. Después retomo. Valor. Precio.  Valioso. Y no. No tiene nada que ver.  Si advierto que hay un valioso social. Y ese valioso social está alejado de esas personas comunes.
Veo a la gente que es el latido esencia de esa cosa viva que es mi ciudad  y en ninguno puedo reconocer atributos exteriores de valor o disvalor. Sin embargo verlos es inspirador. Reconocerlos a diario saliendo a “hacer” la vida me obliga  a imitarlos y su tenacidad y optimismo y alegría me contagian.
Pero debemos estar mal. Ni matamos, ni pudrimos ríos, incluso nos olvidamos de la última versión del soft del teléfono. No producimos nada masivo. Exceptos sueños, anhelos. Tenemos pretensiones  modestas: que no llueva, que no haga demasiado calor, ni tanto frío. Que nuestros hijos sonrían, que crezcan sanos, que no los lastimen. Pretendemos un hogar y le llamamos casa. Queremos poder hacer lo nuestro cada día.
Por eso me confundo. Por eso no entiendo. Somos tantos, cantidades a todas horas. Hacemos la vida de nuestro esfuerzo. Caminamos las horas y agregamos a cada cosa que hacemos algo de nuestro ser, que va más allá de nosotros. Lo hacemos con alegría. Lo hacemos felices. Pedimos que nos dejen hacerlo.
Del otro lado y muy lejos, mientras tanto,  hay unos señores que no sé quiénes son, que se nombran como si fueran de nuestra pertenencia y salta a la vista que a nosotros no se parecen en nada, hablan en sus difíciles palabras y palabrean un mundo. Ese mundo del que hablan, no se parece en nada, a esas mañanas en las que salgo y me encuentro con la gente. La gente común. La del mundo real. Intentan confundirme. Por un instante me pierdo. Entonces, cierro los ojos. Viene a mi alguna melodía, se acompaña de una imagen: por suerte todo es de mi mundo, el que habito, el mundo en que estoy con esos otros, que hacen que todo valga la pena.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

UNA MUERTE VIVA


¿Mi propia muerte?

Eventos de una vida común y silvestre. Pasados a la forma de persona afectada y conmovida, me ponen sobre el tema de la muerte.
Si tuviera que prepararme para mi propia muerte, debiera comenzar por preguntarme ¿cómo llegar allí? Por empezar quiero llegar enfermo. Con una biología que vaya indicando el fin del ciclo de la carne, dando lugar a alojar, que este cuerpo, a lo mejor envejeció y es hora de dejarlo ir. No lo  podría afirmar, pero de poder preferir, preferiría que esta enfermedad no me deparara dolores innecesarios. Me propongo llegar con alguna dignidad, con lo cual, supongo que alojare la enfermedad y creceré con ella, pero sin entablar batallas innecesarias. Detesto las cosas fuera de programa y las sorpresas. Ahí reside que no quiero irme de aquí súbitamente, con la agenda cargada de cosas y con pendientes por hacer. Irse prolijamente, sin escándalo, serenamente. Para ello es menester que esté preparado. Preparar implica un plan y un evento bien planeado, requiere de previsiones. Así me dispondré a listar algunas cosas, lista ésta provisoria, que sin embargo me permitirá, ir dándole forma a ese momento.
 
Para empezar tendría que pensar en donde poner todo ello.  Supongo que, como corresponde, bastará un morral, que me proveerá el espacio que necesite. Ocasionalmente podría ser un bolso. Aunque le llamaré zurrón. No pienso que necesite más. Una valija sería inconveniente y pesada y la sola idea me genera como un “mucha cosa”.
Cómo me imagino?  Me imagino yaciendo en una cama. Plácidamente. Sin melancolía.
Aceptando lo que me ha pasado y lo que estaría pasando.
Sin arrepentimientos. Se habrá hecho lo que se ha podido.
Me imagino libre y a todos librados de estar por otra razón que el amor, en ese momento.
Me sentiría aliviado. La inmortalidad me resulta insoportable y las alternativas de mi vida, generosa y atractiva, también son agotadoras, con lo cual no estoy seguro de que sea sólo el cuerpo el que quiera descansar.
No creo que llegue huyendo. Pero quien sabe. Sin embargo he afrontado la responsabilidad en cada momento y no me ha pesado, sabiéndome allí al siguiente día, con lo cual, por que preocuparse, si ya no estaré.
Pretendo no ser una carga para nadie. Espero poder solventar mi propia existencia y mis últimos años. No me molesta la idea de ir a vivir, en el final, en un lugar donde, sólo sea una carga de trabajo para unos extraños y no para mis seres queridos. Espero no ocasionarles gastos. Ni disgustos, ni recargas, ni tortuosas responsabilidades. 
Debo reconocer que no me convence la idea de morir en mi casa, en mi cama, ni rodeado de mis seres queridos.
No pretendo morir en los brazos de nadie, ni que lo que fuera mi hogar, se transformara en un moridero, mucho menos si queda alguien después de mí.
No me gusta la forma nostálgica impregnada en las paredes, de los muertos resistidos.
Debo reconocer que no me importan las materialidades de mi identidad. No me convoca la idea de pensar en qué será de mis cosas cuando ya no esté. Esas cosas tienen de mí algunas particularidades y prefiero que se fueran conmigo. El “mi” que esta en ellas será de mi recuerdo, en cuyo caso, ya no tienen, ni revisten ningún valor para mi. Es decir que una vez que me hubiera ido a morir a donde corresponda, también me habré librado de ellas y de la responsabilidad de cuidarlas.
Por último y antes de listar mis necesidades, parece pertinente declarar que la muerte para mi, no tiene un dejo devorador, ni final. No me invita a fantasmas, ni deudas, ni pecados irredimidos. Respecto de lo que pasa luego con mi alma. Es una reserva que me voy a permitir. Tengo alguna idea, pero la misma será la apropiada dimensión de lo íntimo y como tal también se ira conmigo.
Pero,  si necesitara un recuerdo agradable, echaría mano  al último día de séptimo grado. Recuerdo que lloré hasta el agotamiento. Como siempre pasa, aprendí el afecto que le tenía a ese espacio de mi niñez, solo cuando lo dejaba.
Si me dijeran que llevara un libro, me llevaría “el amor en los tiempos del cólera” y la “ética nicomaquea”.
Si tuviera que llevar música, me llevaría Joaquín Sabina, pero además un disco de pasta de mi padre:  “Tangos de Agustín Magaldi”.
Si tuviera que llevar una foto, me llevaría alguna de las fotos en la arena, mis hijos, mi esposa y el mar suave detrás.
Si tuviera que elegir una postal, me llevaría el atardecer plácido, con el sol de oro, tapándose despacio, silencioso en el mar y un café cortado y sándwich de jamón y queso, que Nelly haría con amor, para nosotros, mientras los chicos y sus amigos nadan en la pileta, indiferentes de ese milagro.
Para los momentos de sobria tristeza, la ausencia de mi padre cuando me hice médico, o cuando nacieron mis hijos
Para cuando me asalte el miedo, las manos de mi abuela firmes como cadenas, tomándome en su regazo,  aventando lo despiadado de la muerte.
Para cuando se me pida fortaleza, mis hijos, que intenté todo el tiempo, que no se me notara lo frágil que me ponen.
Cuando se me requiera dignidad mis logros, mis faenas, mis tránsitos.
Si me hablaran de oscuro y pronósticos… El optimismo de los momentos de incertidumbre y la esperanza. No puedo evitarlo, el futuro se me presenta siempre mejor.
Para contarle cosas íntimas: Cristina, aunque esté ausente.
Para estar con otros el Oso y Perón. Ellos saben.
Si me hablaran de un lugar, la quinta, bajo el árbol, los incontables domingos de café y licores después del asado.
Unas palabras para los chicos… Los amo sean felices, lleguen más lejos, mejor,  para que todo cobre sentido.
Unas palabras para Ceci, sos la mejor persona que he conocido!!!! 
Para mis hermanos, cuídense. Los quiero.
Si tuviera que decir de mis trabajos les dejaría esta frase:  “por fin los entrego involuntariamente a alguien que seguro lo hará mejor”.

Pero a la vida le quiero decir gracias. Gracias por cada lágrima, por cada alegría, por cada sorpresa.
Gracias por permitirme advertir, sutilmente, que hay cosas que me pertenecen y están allí en el mundo.
Gracias por dejarme salir de mis miserias, de mis vanidades un poquito hacia afuera.
Gracias por privarme de cosas y gracias por todo lo que me sobró y me da pudor.
Gracias por sacarme la ceguera de la vista y devolverme el sentido de lo verdaderamente valioso, lo esencial.
Gracias por mi sino, por mi nombre y mi destino. Espero no haberte fallado, distraído en las torpezas de mis mezquindades.
Gracias por el tiempo y la época que me tocaron, y por el tiempo y las épocas que pasaron y no vi y las que vendrán después de mi.
Gracias por darme la oportunidad de un adiós, un descanso y nuevamente anonimato.
Gracias por quitarme los pesos del vivir y devolverme a lo ligero, lo vago.
Gracias por verme en ellos y no verme en otros.
Gracias por estas palabras que soy capaz de narrar,
aun cuando sé, que tengo que seguir viviendo.

martes, 20 de noviembre de 2012

Palabras


Hay palabras viejas. Hay palabras envejecidas. Hay palabras desteñidas, palabras impropias. Después están las otras, las modernas, las dichas a velocidad, las que esconden el imperio del sin tiempo.
Hubo un tiempo de palabras valiosas. Escritas para dar testimonios a otros.
Hay obras de arte completamente hechas de palabras y hay algunas obras penosamente célebres en la boca de ciertos personajes.
Hay palabras para todo y para cada cosa. Hay palabras para las ocasiones, de las ocasiones.
Hay palabras sagradas. Hay palabras para los paganos.
Hay palabras suaves, dichas en susurros. Hay palabras del amor, del sueño, y palabras de la tristeza y la melancolía.
Hay palabras que abren caminos y palabras que son muros. Espantosas las hay. Aquellas de lo oscuro, la muerte y la injusticia.
Hay palabras de Vida, de libertad, de ampliar, de multiplicar.
Hay palabras de repetir, de insistir, de copiar.
Hay palabras que valen mucho y otras que no valen nada.
Hay palabras escritas, dichas, pensadas, inmortalizadas.
Hay palabras golpeadas contra el piso y hechas trizas. Palabras que no salieron jamás de la boca, palabras hay también, que jamás conocieron papel ni oído.
Hay palabras para dormir, para despertar, para caminar, para correr.
Hay palabras comidas y otras carcomidas.
Hay palabras blandas, suaves, duras o rígidas. Hay palabras livianas. Hay palabras desnudas. Hay palabras ampulosas. Hay palabras bellas y otras feas y malolientes. Hay palabras contentas y enojadas. Hay palabras que sanan, otras que hieren. Hay palabras con puntas, agudas frías. Hay palabras secretas. Otras que esconden. Hay palabras mímicas, pose, mueca.
Hay sinceras, honestas, profundas. Hay palabras que flotan y otras que se hunden y nos hunden con ellas.
Hay palabras nosotros. Hay palabras mío; hay palabras nuestro. Hay palabras muchos, pocos, nadie.
Hay palabras amor, te quiero, vida. Hay palabras violencia, te odio, muerte.
Por fin están las palabras por venir.
Aquellas que no he nombrado y quieren decir, que aún espero.
Aquellas que devuelvan las palabras antiguas.
Que las pulan, les devuelvan el brillo.
Aquellas del porvenir, de lo noble, lo humano.
Las palabras del mundo, del todos, del bien.
Las palabras del amor de los amantes.
La palabra de la pasión, la inspiración, el cielo.
Palabras de fuego, de calor, de sueños anhelados.
Palabras de hombre justo, libre, sano.
Esas palabras forjadas en las almas, que una vez
iluminaron caminos.
Esas palabras, marcas a seguir en el devenir de la vida,
arcilladas de alma y olvidadas.
Esas palabras se encuentran hoy ausentes...

 

domingo, 4 de noviembre de 2012

¿Qué es lo humano?



Nos preguntamos ¿dónde esta lo humano del hombre….? Lo reclamamos sin saber, acaso porque intuimos,  que la pregunta incluye una inquietante angustia. Ponerlo en pregunta nos ubica sobre si está efectivamente en nosotros. Pero además con qué intensidad. Es atributo lo humano del hombre y está preguntado, por ser suave… en realidad puesto en duda.

¿Por qué? ¿Cómo se ha borroneado? Que elixir hemos estado ingiriendo, que de a poco, ha deslucido el brillo de nuestro rasgo de identidad más conspicuo: nuestra capacidad de humanidad.  Algo del orden de nuestra naturaleza. Me refiero como esencia y propiedad característica. Si es de nuestra naturaleza también entonces nuestra propensión e inclinación.

Nos metemos en el día a día de nuestras vidas. Nos vamos moldeando con lo social a lo que aportamos  y tomamos de ello. Somos solos, vacíos, grises. Reclamamos una y otra vez de los otros la falta de humanidad,  a un afuera que, en lo narrado, no nos incluye. Nos topamos con nuestros propios límites.  El límite que nos pone en la discordia de tener que seleccionar entre dos caminos: hacer el trabajo por lo humano y propio de nuestra responsabilidad, o aceptar el mundo como algo no existente, como si no fuera construido por todos y donde el cada uno de nosotros, formando parte en nuestro consentimiento,  arroja eso que, como resultado, nos genera displacer, pero sólo por momentos. No podemos reconocer por qué hay algo allí que no se comprende.  Hacen lo indecible y nosotros aportamos nuestra propia indiferencia para llegar a tener esa falta de sentido entre lo que vemos en el mundo y nuestra propia impronta en ese mundo.

El mundo habitado.  

¿Por qué soy hombre?  ¿Por qué soy humano?  Y ¿cuáles son las dimensiones de la humanidad en mí y en los otros, a los que veo inhumanos?

Se me hace pronto la idea que soy hombre por cuanto soy vivo, pero ello no me diferencia de los animales y otros seres vivos, tales como  plantas y otros seres. Es decir la vida y el movimiento lo son en común con los animales. Me diferencia de los animales que el instinto  en mi es un vestigio, un recuerdo que me pertenece, pero no convoco. Soy capas de razón, intelecto, de juicio moral y libre albedrío. Soy en el ser subjetivo, una cantidad de ideas de las que puedo dar cuenta y trasmitirlas a otro, incluso por generaciones.

Cuando pienso en la palabra hombre, me es imposible abstraerme a la pregunta: ¿de dónde vendrá esta palabra? La etimología nos va a arrojar al origen  latino de la palabra, y homo y humus son extremadamente cercanas. El hombre es el de la tierra. Pero no que “es tierra o viene de ella”, como  en la religión judeo-cristiana en el génesis. De hecho luego los romanos entierran a sus muertos, para ratificar que de la tierra venimos y allí terminamos, dando cuenta del ciclo de la vida; sino como “los de la tierra”, los que habitan la tierra, en comparación con los dioses que viven en los cielos.

Así, esto nos pone en que soy hombre por que soy distinto de Dios. Soy imperfecto, Mortal.
Una suerte de estar en el vértice exacto de la vida en términos de nuestras construcciones biológicas, pero debajo de un ente superior perfecto, infinito, inmortal. Eterno.

Decir por que soy humano se me hace más difícil. Necesito algunos elementos que me permitan discernir rasgos de identidad inequívoca.
Me enredo en cuestiones que paso a detallar, por puro repasar, de manera de poder encontrar una respuesta provisoria.
Soy humano porque tengo vida… No.  Hay otros seres que están vivos. De manera que es un principio que se aplica  a los dos conjuntos así que no puede ser distintivo.

Para Sócrates el rasgo de humano lo daba la virtud. Y la virtud era asumida como el saber actuar bien. Este ser racional, puede dar cuenta de su vida de manera racional, cuando la misma es escrutada sobre sí misma. El hombre se encuentra en permanente búsqueda de sí mismo.

Para Platón lo real y humano era el alma. Que era contenida en un cuerpo sensible. El camino del hombre era en definitiva, su compromiso en dejar el mundo de los apetitos y lo librado en el cuerpo. Cultivar su inteligencia y rescatar a su alma en busca del ascenso a la perfección. El mundo de lo inteligible.

Para Aristóteles la cuestión pasaba por una reunión de los dos elementos, pero sus conclusiones me confunden un poco más. Aunque debo reconocer que sus conclusiones sobre la vida virtuosa se me hacen un poco más satisfactorias que las que me ofrece Sócrates.

Aun así, no puedo terminar de comprender. Estas definiciones de personas ilustres que ni siquiera sé si comprendo cuando leo sus trabajos, me satisfacen, por cuanto en el mundo de las abstracciones no logro explicarme, ¿qué me hace humano?

¿Qué será en mi humano? Pienso… ah!!!  Mi capacidad de amar.

¿Qué es amar? Aquello que Fromm decía respecto de cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento? Luego intento ordenar mis ideas. Si no me amo a mi mismo es imposible amar a alguien más.  Pero puedo trabajar lo humano en mi, ¿pensando en mi? Es obvio que lo humano tiene que ver con otros. Unos otros legítimos. Completos. Como yo. Simétricos, iguales y capaces de las mismas alegrías, los mismos apetitos. Las mismas aspiraciones.

Sí, amarme a mi mismo, ya que nadie podría ofrecer algo que no tiene. Pero además que esté en disposición de amar a otros. Hay personas que se quieren y mucho, pero: ¿son incapaces de amar a otros? No. Sólo no se encuentran en disposición. El amor es una fuerza que encuentra en su función, amando a otros, su combustible humano.
Pasemos en limpio. Amar es humano, pero lo es en referencia a otro.

Le pertenece a lo humano la necesidad de justicia. Al hombre se le presenta de inmediato y de manera nítida el sentimiento de injusticia, cuando ella se hace presente.
Hay un rasgo de identidad indiscutible: la sensibilidad. Esa cualidad por la cual un ser humano puede interesarse verdaderamente, de manera nuclear por lo que le pasa a otro ser humano. En un compromiso profundo de su ser con ese otro que está padeciendo o sonriendo y puede compartirlo. Esa posibilidad de ser conmovido es en sí misma humana.

Es humana la libertad. La propia y la ajena. Siento en el hombre una vocación de ser libre y ofrecer libertad a otros. Como una convicción muda. Inmanente. Libertad en términos de voluntad y acción.

También pienso en la incapacidad del asombro. Luego reflexiono sobre la capacidad de maravillarse. Esta posibilidad de asombro, tan peculiar en los niños. Se presenta sin ropajes y es tan bella. Es en esa ingenuidad que aparece lo humano como capaz de captar lo maravilloso del universo. Lo que nos hace tan pequeños frente al mundo y tan grandes ante otros.
La ética le pertenece a lo humano del hombre, probablemente de manera contundente. Me refiero a la oportunidad de tamizar sus acciones, respecto de unos juicios, que le permiten accionar en el mundo real de una manera y no de otra. Y en esa manera de acción, intentar ubicar un equilibrio, un actuar virtuoso. Pero siempre ordenados por el bien, que en palabras de Aristóteles es el fin al que todo tiende.

Merece particular atención la esperanza. Ese estado en nuestro ser en el que se nos presenta como posible, aquello que esperamos. La esperanza es la expectación del bien. Es un estado de  espera en lo que está por venir puede ser lo bueno, lo mejor.
Es diferente del optimismo, que podríamos enunciar como la disposición de nuestro espíritu para captar lo más favorable de las situaciones.

También es humano el arte en sus distintas manifestaciones. Arte como expresión de lo humano, de lo perteneciente a lo perfecto, hecho manifestación en el hombre.
Y por último, pero provisoriamente, considero propio de lo humano su noción de muerte, de finitud, de potencia parcial. Reconozco en lo humano la capacidad de sobreponerse a esa idea. Y aun así, sabiéndose mortal, cuidar a sus hijos, realizar reflexiones, construir su vivienda, su vestido, procurar un bienestar, ser capaz de amar, de cantar, sólo o acompañado y reír y escribir un poema y ver más allá de esa condenada vida actual, un futuro esperanzador al que se va con optimismo, para por fin, arribar a una muerte y dejar detrás de sí, rasgos de sí mismo a través de su descendencia y de las cosas pequeñas o grandes que habrá hecho, con una noción abstracta radicada en un sistema de valores, que van trascendiendo de generación en generación, los que terminan siendo principios, siendo estos rectores de conjuntos, universos más allá de la vida de ese humano.

 La actualidad y el hombre. La humanidad de lo actual

¿Esta es una época humana?

Imagino que si tomáramos a personas y les preguntáramos, con más o menos tiempo y de manera más distante o más aproximada, dirán que estos enunciados anteriores son humanos, incluso me imagino que listarán algunos mas, que pude omitir, incluso clasificaran por prioridades según sus propias creencias algunos de estos y otros.
Sin embargo si está claro que la actualidad y la humanidad no son parecidas en nada. El mundo actual demuestra como, lo que más luce, no es precisamente lo mas humano del hombre y la brecha profunda que se produce entre la humanidad y la actualidad.

Así vamos por el mundo intentando comprender nuestra desazón al ver cuan poco de nosotros esencia, va en el mundo. Somos una presencia fantasma. Tratando de soportar la invitación permanente a no recordar nuestra identidad. Empujados en marquesinas y bisutería a incorporar una identidad vacía. Muerta. Como los objetos que nos ofrecen.

Con el tiempo vamos perdiendo incluso el nombre de esa sensación gris, diagonal, sofocante y vacía; instalada en nosotros desde afuera, esforzándose desde dentro, que hubo un tiempo atrás, nombrábamos melancolía.


Copyright  Peregrino Selser

jueves, 31 de mayo de 2012

"Ley del final de la vida"

Nuestro país se encuentra, a la fecha, con dos leyes referidas a la participación activa del paciente dentro del vínculo terapéutico con el dispositivo médico que le asiste frente a una dolencia. Más allá de la práctica médica y los entornos legales que la enmarcan, tenemos entonces nueva legislación, necesaria desde hace mucho tiempo y en buena hora aparecida, para cambiar el paradigma médico reinante en el cual, la medicina ofrecía una serie de recursos al paciente, doliente, pasivo, al que sólo le quedaba la oportunidad de tomar unos consejos médicos, llevarlos adelante, por cuanto esos saberes en manos de los profesionales, suponían lo mejor a ofrecer a la gente y lo mejor para la gente enferma estaba en manos de los médicos. Así, basado en una adhesión sumisa y pasiva los pacientes, transcurrían por el dispositivo médico, sin saber ni poder opinar, sometidos a los avatares que el sistema maquinal del ejercicio profesional de la medicina tenía para ofrecerle.