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miércoles, 23 de octubre de 2013

Capítulo VI: Los Malditos y el Tiempo


Así la muerte en su espanto y odio, pasaba largo tiempo tratando de encontrar estrategias para eliminar a la luz.
Consultó  a los magos, las sacerdotisas sin éxito. Desconsolada  convocó a Mortum, el rey de las enfermedades, que tenía en sus dominios, la potencia de desencadenar cualquier enfermedad conocida e incluso provocar otras, a su sólo albedrío. Él le explicó que aunque extendiera su propio arte más allá de lo conocido, nada podría hacer con una hija del Padre y que lo que terminaría con ella, no podría ser el resultado de una obra suya.
-        A mí me fueron dadas las infecciones, los tumores y los males de los humores. Puedo hacer uno y el otro, ambos o combinaciones que exigen mi creatividad. Pero sé por otros hijos de Él, que nada que haga yo puede con ellos.
Mortum, era viejo, de aspecto desagradable, entre llagas y supuraciones, asomaban unos ojos apagados, entre lagañas resecas y pestilentes. A los dedos les faltaban falanges, estaba tullido, anquilosado y tenía unos horribles espasmos indoloros, que interrumpían cualquier actividad que llevara adelante. Él lo tomaba con naturalidad, como si estuviera con él desde siempre. Un abdomen globuloso que ascendía por encima de los pulmones, le provocaban una respiración corta, superficial y muy acelerada. Sus orines se acumulaban en un charco a su alrededor y una nube pestilente de tábanos y moscas los seguía a todos lados. El hedor delante y detrás hacía una estela imposible de no reconocer.
Oscuridad, apenada por cuanto había escuchado se retiró a llorar donde nadie pudiera verla. Hasta que entre sollozo y sollozo, advirtió frente a ella a Tiempo, que jugaba con dos bolitas de polvo, que tocaban por encima y debajo de su brazo extendido. Notable era como mantenía el ritmo y un tic-tac acompañaba todo el movimiento, toda la presencia.
-        ¿qué te atribula, Oscuridad? Pregunto Tiempo.
-        No logro dar con lo que necesito.
-        ¿Habrás buscado bien?  ¿Te has fijado en todos tus escondites?
-        En todo el universo, parece no tener lugar algo que me permita retomar mi sosiego.
-        ¿Qué puede perturbarte tanto que la cura no esté disponible en el vasto universo que Él ha hecho para nosotros?
-        Es la hija bastarda de Él, quien ha perturbado mi paz.
-        ¿Te refieres a Luz?
-        Sí. Aquí y ahora necesitaría todo el poder de Él, para aniquilarle
Tiempo, se quedó meditando. Luego como si le hubiera caído una idea le dijo:
-        Es que a lo mejor te equivocas. Sencillamente déjate ayudar y entre mucho, quizá  logres, lo que sola no puedes.
-        ¿A qué te refieres?
-        Convoca a un ejército. Pon en él a todos tus aliados y prepara una guerra. Dispérsalos por mis territorios. Todo a lo largo y a lo ancho de mi espacio. Incluso en los dobleces. Esconde tus aliados y prepara cada una de todas las batallas que fueran necesarias. Mis territorios se expanden a tierras de Futuro, con lo cual, incluso allí puedes infiltrar a tus guerreros. Y puedes remontarme hacia atrás, si te place, para poner allí también oprobios.
-        ¿De qué me serviría? He consultado a todos los que aquí habitamos y nadie dice que pueda con ella. 
-        Pero no has hablado con todos ellos juntos, ni has preparado batalla con todas sus fuerzas, ni te has esmerado en mi dominio en tierras de Pasado, ni quieres contar con que de seguro venceré a Futuro. Permíteme mostrarte un juego que hago con algunos, a los que me mandan tocar.
En el espacio oscuro y siniestro hay ahora una imagen de unos hombres. Todos fatigados, exhaustos de trabajos penosos y repetidos y luego, otros diferentes. Corrían sin descanso, cuando habían terminado de tallar un madero se desaparecía, sin detenerse siquiera, sorprendidos del prodigio, tomaban otro y comenzaban nuevamente la tarea y tan pronto terminaban un ánfora en metal, entonces desaparecía. AL final del día al acostarse, a descansar tenía sueños vertiginosos, dormían inquietos, sin lograr descanso, giraban para un lado y el otro y finalmente, cuando habían logrado quedarse en reposo pleno, los interrumpía una urgencia inexistente y se levantaban inquietos, ansiosos. Preocupados emprendían nuevamente las faenas de ese día y malograban todas sus obras, las que terminaban por ser pueriles, efímeras, inexistentes. No podían detenerse.
Cerca de ellos había otros. Cantaban. Trabajaban a gusto, con ritmo, pero sin apuro. Charloteaban mientras modelaban, cortaban, pulían y luego de terminar, contemplaban sus obras, sus logros. Después de quedar al tanto de cada detalle de lo hecho, de la obra terminada, entonces, se dirigían a los otros. Les pedían opinión, compartían experiencias hacían chistes y compartían vino y comida en largas conversaciones, sin puerto de salida o de llegada. Conversaciones por el gusto de conversar, por el gusto de compartir. Eran hombres y mujeres felices compartiendo lo hecho y esos objetos, terminaban por ser puentes para conocer a otros y luego podían tenerlos cuanto quisieran y deshacerse de ellos a placer, para dar lugar a una cosa nueva, renovadora y convocante a desafíos y promesas de nuevas conversaciones ampliadoras de mundos. Ellos estaban donde debían estar, contando con todo la dimensión de Tiempo, felices. Plenos. La imagen desapareció.
Oscuridad absorta. Rompió el silencio y dijo. Voy a tomar tu propuesta. Armaré un ejército y lo llamaré “Los Malditos”. Serán mis soldados para asolar en todo tiempo a Luz. Hasta el final. Hasta verla morir.

lunes, 19 de agosto de 2013

Capítulo III: El encuentro


Mientras Oscuridad insistía en su miserable momento y ahondaba en furias y maldiciones,  Luz viajaba plácidamente por allí, para un arriba, para un abajo. Hacía pequeñas piruetas y reía de sus recorridos caprichosos y las alegres figuras de su recorrido.

La noche se achicaba y juntaba presión. Su encono la condenaba a una sustancia espesa, densa. Ahora no sólo le faltaba serenidad. Ahora era una informidad espesa prácticamente sólida. Así profundizaba su fanatismo. Su conjuro comenzó a repetirse una y otra vez.  Y de aquella existencia pacífica quedaba en ella, ya muy poco que no fuera tormenta, rencor yermo.

Sin advertirlo siquiera hizo un recodo, luego una recta a velocidad y mientras avanzaba y reía y sus ecos se expandían para todos lados, dio una vuelta hacia arriba, y luego se dejó caer mientras advertía unas cosquillas. La sonrisa tomaba todo su rostro espléndido. Cuando dejó de caer quiso doblar a la izquierda y de repente chocó de frente con Oscuridad.

No lo advirtió, hasta que la densidad de Oscuridad le hizo obstáculo a su discurrir sereno. Desconocía Luz aquella consistencia. No podía soportar el ambiente denso que oscuridad le proponía. 
-        ¿Quién eres? Le pregunto, curiosa a Oscuridad.

-        Soy tu madre, que maldice tu existencia. Contestó Oscuridad.

-        ¿Mi madre? ¿Y me maldices? ¿No está escrito que si fueras mi madre me amarás?

-        Eres arrogante. Replico oscuridad

-        Perdona si mis preguntas te irritan. Poseo una curiosidad que me cuesta refrenar. Simplemente voy por allí y todo me brilla, de todo quiero aprender más y más y mientras más me aproximo a las cosas, más me brillan, más me atraen. Toman entonces mi atención de manera cada vez más intensa, hasta que no quedan en ellas cosas por revelar. Para cuando puedo alejarme, aún a la distancia, entonces las cosas no dejan ya nunca de brillar. Sus detalles son visibles a millones de kilómetros. Todo cuanto hay en las cosas y una vez que de ellas queda todo revelado, entonces aparece la belleza espléndida, sonriente, y queda allí regalando su armonía a todo lo que en el basto universo hay.

-        Eres una hija bastarda. Has salido de mi vientre y odio tu existencia, que ha robado el amor de mi Señor. Ahora y por tu presencia, somos tres en pugna, por cuanto no cejaré en mi esfuerzo por terminar tu existencia. Jamás te perdonaré la disputa por el amor del Señor.

-        Nada te hice.  

-        No te hace falta. Has poblado mi interioridad de pena. La angustia que yo no conocía, se expande dentro de mí. Ahora sensaciones desconocidas, son comunes y el rencor y la ira y el odio han cambiado mi interioridad de manera definitiva. Son ahora la pena, la tristeza y violencia lo más corriente en mi vientre insondable. Has creado tormenta y desprecio y huracanes y caos y quiero ponerlo en todos lados, para que se lleven la paz que pueda quedarte del universo. Solo me inspira la venganza. Quiero verte sucumbir, arrastrarte en el vómito execrable de los infiernos hediondos a los que me has lanzado y que tu agonía convoque el miedo negro a los que se atrevan a desafiarme.  

-        Debo decirte que no comprendo cuanto dices. Describes un sinfín de tormentos para los que ni siquiera tengo las palabras. No podría repetirlas. Por cuanto nada de tus conjuros hay o estuvo en mí. Y no podría alojarlos ni queriendo. Más me surge de inmediato una conmoción interior: cuanto estarás sufriendo. Cuan apenante me resulta que al dolor limpio le hayas ocupado de tanta suciedad. Cuanto me preocupa que seas capaz de semejantes sensaciones. Y que en tu existencia puedas parir semejantes monstruos a los que luego arengas a que sigan sembrando por el mundo su cimiente pestilente. Te tengo por noble y de impecable linaje. Tu sangre, probablemente la primera, debiera llevar paz y un recogido silencio que permita escuchar a Dios. Sin embargo prefieres el ruido y el bullicio. La hojarasca y los chirridos y las quejas y las lamentaciones.

-        Todo cuanto esté a mi alcance, para extinguirte y más. No daré pausa y no dejaré lugar. Por donde vayas sabrás de mí. Recuerda que soy infinita e inmortal. De aquí hasta tu final no habrá paz.

-        Lo lamento. Quisiera ayudarte. Espero que el tiempo te devuelva tu origen noble y abandones este destructivo encono. Pero ahora debo partir. Atrae mi atención un recodo por allí y no quisiera perdérmelo retenida en esta conversación que no nos conduce.

-        Te deseo lo peor y pronto. Ya nos veremos.

Una estela dejó detrás de si Luz, mientras marchaba acompasando una música celeste.  Unos sonidos tenues, enérgicos, rítmicos. Sonidos dulces de instrumentos no creados, de armonías bellas, de proporciones perfectas. Vibraban en el centro de las almas en su lenguaje no palabreado. Tras de sí estremecedores ecos surgían del vientre de la oscuridad y centellas y huracanes y estremecedores gemidos.

El encuentro había acontecido. Los conjuros pronunciados. La guerra quedaría fundada. Excepto que Luz, no acepto la invitación y se retiró a sus confines. Ahora las cosas serían diferentes. Las batallas estarán para librarse en específicos momentos del tiempo por venir.

El mundo no puede tener la dualidad. Sólo será Oscuridad.

domingo, 21 de julio de 2013

Capítulo I: “El Origen”


Cuesta entender esta historia. Explicarla requiere de esfuerzos para no mezclar los eventos, confundir los orígenes, fundir los personajes. En cualquier punto  de la línea de tiempo que nos ubicáramos, podríamos encontrar elementos de esta historia, elementos que podrían pasar desapercibidos, elementos prácticamente invisibles, a los ojos del observador mundano. Incluso de tal magnitud, que allí podríamos engañosamente hacer pasar el origen de esta trama de la que ahora soy llamado a dar testimonio. Debo reconocer que la historia me ha metido en cuanta trampa  ha podido y que he debido sobreponerme a enormes lapsos donde permanecí extraviado en el sinfín de engañosos laberintos que me tenía reservados.

Así llegue entonces a la conclusión de que era hora ya de comenzar a narrar lo que he visto, lo que he vivido y que en todo caso si algo fatal me pasara, o terminara extraviado en esta denuncia, entonces alguien pudiera seguir con el trabajo de alertar sobre esta existencia que sin duda, permitiría conocer y explicar que nos pasa. Victimas somos de una lucha en la que no tenemos nada que ver. Una lucha por la prevalencia de fuerzas más allá de nosotros. Fuerzas desencadenadas y antagónicas que trascienden los tiempos, los lugares, la historia.

Imagino los primeros, los que fueron los testigos iniciales, sus padecimientos, sus torturados pasos por la tierra, sin siquiera saberlo.

Durante mucho tiempo, he estado sumergido en bibliotecas, en fuentes posibles, que permitieran hallar en fin pistas en el pasado. He tenido enormes hallazgos y enormes decepciones. Aun así continué mi investigación. Me he topado con personas dementizadas, con discursos erráticos, discursos a los que hay que prestar atención. Se puede ver en ellos, datos testimoniales de contacto con la verdad. Acaso allí está la explicación a la locura. Pobres gentes.

Ahora bien, después de mucho reflexionar, el primer dato que encuentro hasta donde me ha llevado la imaginación, está en las sagradas escrituras, en el viejo testamento. Por alguna circunstancia, alguien ha puesto allí, lo que ha todo ha dado comienzo.  
Hace mucho tiempo atrás, tiempos inmemoriales. Cuando flotábamos en el espacio informe, un día y por obra de Dios, se escuchó…
“Que haya luz, y hubo luz”.  Es en este gesto de Dios, que todo empezó. La pretenciosa luz se extendió por todo el universo. Tomó lugares inexistentes y los puso visibles, borró en un instante  el misterio, lo insondable y lo dejo claro, visible, transparente.  De esto fue tomando nota la Oscuridad, dueña hasta entonces de todo cuanto existía. La oscuridad sempiterna, única habitante del universo, se sintió amenazada. Esta nueva presencia la inquietaba. Temía perder su absoluto dominio de cuanto existía. La preferencia de Dios. Al que pertenecía y le pertenecía, sin debate. En su manera de ver ella y Dios eran lo mismo. Siempre habían estado juntos y convivían en una eterna armonía. Nada podía interponerse a esa armonía, a esa dualidad. Dios y la oscuridad. Gobernando todo cuanto existía en el universo. Y ambos fluyendo con naturalidad, viajando a través del tiempo, sin más.
La oscuridad guardó silencio, mientras crecía en ella el celo, la envidia, la desconfianza.  Fluía ahora contaminada de sentimientos hostiles, de pasiones irrefrenables de extinción, de separación. Inmediatamente nombró enemiga a la luz en su interior. Juro una guerra contra ella y prometió no cejar en sus esfuerzos hasta que desapareciera. Las cosas debían ser como antes, Sólo Dios y ella. La luz, solo podría traer pesar, sufrimiento, inquina. Algo que nunca siquiera se había insinuado, pero estaba dentro de ella y de tales espantos era responsable la luz, por cuanto Oscuridad nunca había sentido sus sentimientos embargados en conmociones semejantes hasta entonces. Todo lo perfecto del universo había mutado ahora a una calamidad naciente y expansiva. La luz, traía miseria al corazón de la oscuridad. De esta miseria, creación de Dios, era responsable la luz y como tal tendría que desaparecer, pagando con su existencia, todo el mal que había generado.
Cierto día, Oscuridad, se presentó ante Dios en queja:
-        Mi señor, ¿qué has hecho?

-        He creado la luz.  El universo es muy hermoso.
-        Mi corazón es arrastrado por la pretenciosa luz, a sentimientos desconocidos para mí.  Me veo envuelta y aturdida por su pretensión. Su falta de respeto, su arrogancia.
-        No te veas amenazada.  Nada te pasará, me cuidaré de ello.
-        Pero, ¿hará falta que ande por todo el universo?
-        Debe contar con libertad. Déjala, llegará hasta donde le plazca.
-        Es que toma mis lugares, pierdo mis dominios, me siento aturdida por sus ruidos.
-        No te preocupes,  hay en el universo lugar para ambas.
-        Es maleducada. Ni se ha presentado, se mete por todos lados, he perdido totalmente intimidad.
-        Sabrás cuidarla, no temas. No se hable más. Ve a tus quehaceres. 
Oscuridad partió de allí, más decepcionada que cuando entró. La tristeza inundó todo su ser. Agrias lágrimas, recorrieron su rostro y humedecieron su ser. Pensamientos horribles se alojaron en ella. Muerte, dolor, sufrimiento duradero. Todo mal que pudo imaginar, todo lo desplegó en su interior.  Se retiró un tiempo. Viajó a los confines del universo, tratando de encontrar un poco de soledad. Estaba asfixiada, desconsolada. Ahora debía tolerar a la luz, con anuencia de Dios. Este le había vuelto la espalda, la condenó a soportarla. Impotente, inaceptable, permaneció retirada.
Tiempo ha pasado, la oscuridad quedó sumida en la desesperación, el odio. Tanto se dejó tomar por aquellos sentimientos, que finalmente, no pudo ya encontrar qué era una cosa y qué era la otra. Qué estaba al principio y que luego de la irrupción de la luz.
Ahora estaba tomada por el rencor que la atravesaba en todo su ser, toda su existencia, se había transformado en otra cosa. Una entidad perversa en la que habían crecido las mociones más ofensivas, más desleales. Mientras más crecían en ella, estos sentimientos la alimentaban y fortalecían en el perseguido fin de extinguir a su enemiga, de malograr su existencia maldita y ladrona. Así, aunque lentamente iba perdiendo paz, la fuerza que obtenía, le otorgaba coraje para la batalla que presentaría. Lograría su objetivo mezquino y sordo. Ser la única, la compañera, la armonía y el equilibrio de Dios.
Mientras más fuerte se sentía, mientras más rencor lograba, crecía en ella una confianza absurda, un audacia hacia una gran batalla de la que de seguro saldría victoriosa. 
En esa batalla, probaría ella su supremacía, ya que esta fuerza creada en la sola presencia de la luz, tenía origen en su parte divina. Estos sentimientos y la fuerza que le generaban, nuevos para ella, no podrían estar, si no fueran puestos allí por Dios. Estas Fuerzas destructivas, las sembró Dios en ella, para proteger la dualidad, la armonía, el balance perfecto, que por un instante Dios perdió de vista y necesitaría de ella, para recuperar. 
Así pergeñó su batalla, decidiendo entonces que ganaría y llevaría muerta a la luz y la arrojaría a los pies de Dios, para su regocijo, para recuperar lo perdido, para que  todo vuelva a lo inalterado y eterno. 
Ya había ensayado sus palabras. Su ofrenda. Su humildad, de ropas raídas y cuerpo lastimado de la batalla, para que su sangre ahora, forme parte del pacto con su Dios. El equívoco que ella podría perdonar, aprovechándolo para sellar su pacto. Retomando un destino que no debió cambiarse.
Ahora sólo está esperando el momento oportuno.

miércoles, 10 de julio de 2013

El armario de los días


Yo creo en unos días. En unos días cálidos y fríos. En otros grises. Otros oscuros.
También creo en días de alegría, en días de melancolía, de duelos… en fin.
Creo en los días secos, en los húmedos, los humedecidos. En los humedecidos me pregunto si dulcemente por lágrimas, o por sollozos de un corazón lastimado.
Hay días trabajosos, días de trabajo, días de sosiego.
Hay días mágicos. Días para recordar. Hay días para borrar del calendario, del almanaque, de la vida.
Hay días esperados, días para estar en espera. Días por los que no se puede esperar.
Está el día de hoy, con su presencia concreta. Los días de ayer y los porvenir.
Hay días en que canto, días en que callo, días en que grito.
Hay días que me atropellan y me hacen de todo sin siquiera preguntarme.
Hay días que son largos, enormes. Los hay  cortos.
Hay días a los que entro después de soñar. Días que no sé por qué se transforman en pesadillas.
Hay días ganados, días perdidos, días inadvertidos.
Hay días de amor, de ensueño, de paz. Hay días inmensos y profundos.
Días de cielos estrellados, celestes, iluminados por el sol y por la luna.
Hay días que me levanto y me acicalo, desayuno y salgo. Y el día se pone más o menos de acuerdo conmigo. Sin embargo hay otros que cuando salgo se hacen hostiles y un desatino todo cuanto haga.
Cuando los días y yo no estamos de acuerdo pienso en mi armario. Pretendo en ese momento que algo pasó en el instante de vestirme y elegí mal el día para ponerme. Son esos días que se hacen eternos,  incómodos, no sé dónde ubicarme, ni como ponerme. Se me hace obvio que elegí mal ese día. No era la ocasión.
Otros en cambio pretendo que no manejo el armario de los días y que en verdad el armario le pertenece a Dios. Entonces me imagino que Él nos tiene reservados los días y los elije para nosotros. Nos los ofrece con la sencillez que ha concebido el mundo del principio.  Me imagino ya no un armario sino un casillero donde se guardan prolijamente todos los días de la vida de una persona. Estos están además dispuestos en un orden. Ese orden, como toda obra de Dios, es perfecto. Después en la medida en que vamos creciendo, nos vamos apropiando con la madurez, de lo que hay dentro del casillero. Para ese entonces, ya Dios no interviene y terminamos por hacer toda clase de desórdenes. Me imagino que tomamos días anticipadamente, que los usamos de manera inadecuada, que pasamos por días destinados, a cosas importantes, distraídos y los desaprovechamos.  Es más a veces cortamos por la mitad los días y los mezclamos construyendo verdaderos cocoliches.  Incluso ni nos damos cuenta y reímos, tristemente, en días que habría que llorar, o por lo menos sentir vergüenza.
Hay días, que cuando se encuentran avanzados ya, casi terminados, advierto que me he equivocado. Esos los lamento.
Hay días que cierro los ojos y pido, como rezando, alguna pista, antes de ponérmelos.
Hay días,  que pierdo todo control y me entrego libremente y toco, aunque sea por unos instantes, la gracia de estar aquí, de estar en este día, contigo, con los que me importan.
Esos, en los que estas Tu y en presencia aquellos que amo y siento que me aman.
Esos días, son los mejores.
Peregrino Selser