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jueves, 3 de octubre de 2013

Capítulo V: El Libro de Dios


A.

En algún lugar de la guajira colombiana, un indígena le explica al explorador banco que  bajó de las carabelas que en algún lugar de la tierra hay un libro, que Dios le obsequió al hombre, para que lo ayude a escribir los diferentes capítulos del libro de la existencia toda. Tratando de hacerse entender, el indio recurrió a palabras incomprensibles para los hombres que bajaron de los tres barcos, por eso comenzó  a dibujar extenuado en preguntas de si eran aquellos hombres los hombres encargados de escribir en aquel libro. Lejos de comprender, los hombres se mofaron y se esforzaron en copiar los gestos, intentando seguir la narración incomprensible. Luego, la conversación se fue perdiendo en otros asuntos. Los descubridores siguieron en sus afanes.
Un marinero, dejó asentado en su diario personal, que los salvajes interpretaban las deidades como algo terrenal, que había un libro, pero entendió mal y pensaba que el libro lo tenían los salvajes en su poder y por alguna razón no querían exhibirlo. 
De regreso en un bar contó la historia a los parroquianos que estaban bebiendo con él. Uno de ellos prestó atención a la historia. Tapados de alcohol, durmieron en el patio interno de la taberna. 
A la mañana, el viajero fue despertado bruscamente por un monje que le interpeló sobre el libro de Dios. Al viajero le costó conectarse y reconocer donde se encontraba;  luego de incorporarse relató nuevamente la historia al monje.  
El monje le dijo que era imposible que él conociera esa historia, que el libro de Dios era una leyenda que venía de oriente y que de ninguna manera era posible que un salvaje de las indias tuviera si quiera noción de aquel libro.
El marinero le pidió detalles al monje, por cuanto lo que él había captado del salvaje, se le hacía inverosímil.
El monje le explicó, que había una leyenda que provenía de oriente, que daba cuenta de un libro sagrado, que Dios, dejó en la tierra. El libro representaba la potestad de Dios sobre el universo, y la participación del hombre en la creación, como su hijo, su obra y su colaborador para perpetuar en el tiempo, el significado de su nombre, y el destino del universo. El libro era la prueba y el elemento de comunión con el Dios vivo, el Dios que creó al hombre y que una vez creado, debía ofrecerle a Dios ayuda, para escribir todo cuanto trae el futuro, y todo cuanto haya que depositar en el pasado. Es la expresión atemporal de lo humano del hombre, para que Dios tenga lo que le falta, por cuanto al concederle al hombre el albedrío a Él también le falta saber aún que le depara el universo, una vez que los hombres, comenzaran a actuar y dejar su rasgo en el universo todo.

El marinero miró al monje desconcertado. No podía entender ni siquiera el razonamiento del monje. Todo le parecía una locura. Cuando el monje hizo silencio, se restregó los ojos, se tiró al piso y refunfuñando se quejó:
 –He estado soñando- me tengo que cuidar y no tomar tanto, me pareció que hablaba con un monje aquella historia del salvaje y me decía que era cierto. Imposible. Todo es un sueño.

B.

La niebla estaba ese otoño, particularmente densa en Londres. Los ingleses no tienen ya una particular sensibilidad para este fenómeno. La niebla, los días de cielos encapotados, las lluvias finitas y constantes son tan habituales que se les hace natural, normal.
Lo noche cae despacio y se mezcla con ese gris que se va transformando lentamente en oscuro, hasta llegar al negro.
Los faroles de combustible comienzan a ofrecer su brillo amarillo, acercando algo de luz, pero cerca, como un hálito amarillento que la niebla no deja avanzar entre las calles.
El ruido de los cascos de los caballos herrados, la ruedas girando sobre las empedradas calles, todo da ese clima de nostalgia de presente al que se le mete todo el tiempo el pasado.
Los caballeros caminan con sus sombreros de copa, las damas debajo de sus paraguas. Es increíble que no se apuren, que vayan como cualquier día. Será que son así todos los días?
Algunos de ellos toman el borde del Támesis. Caminan por una calle que se pierde bajo las arcadas de un puente. Caballeros adustos, silenciosos, de paso firme. Adentro lejos de la calle, hay un lugar donde unos caballos permanecen a la espera de sus dueños.  Más adentro y de costado en un lugar que parece el fin de la muralla, hay una puerta. Mezquina, de madera, de aspecto viejo, raído. Da la impresión de que no la abren nunca. Como si hubieran pasados siglos sin que la tocaran. Un hombre se acerca. Camina hasta la puerta, mira para todos lados.  Esta oscuro, a tientas logra dar con una lámpara que está al costado de la puerta. La enciende. Mueve el pañuelo de seda del cuello y hurguetea para dar con una cadena gruesa. Se saca la cadena pasando por encima de la cabeza. Al final de la cadena el peso de un objeto con la forma de una cruz, pero con extrañas terminaciones en los extremos bailotea hasta que la detiene con la otra mano. Mete la cruz en un orifico debajo de la aldaba. No parece el agujero de una cerradura, parece una marca de tiempo en la derruida madera. Gira la llave, para un lado, para el otro y la baja con fuerza. Acciona ahora el picaporte, que le permite mover la puerta. El rechinar de los goznes inquieta a los caballos, como si el ruido agudo fuera demasiado para sus orejas. Pasa la puerta y toma otra lámpara, la enciende apaga la otra y la deja en el mismo lugar donde la encontró. Cierra la puerta y se prosterna. Se persigna y reza en voz baja. Apenas mueve los labios rítmicamente. Debajo de una aparatosa capa aparecen sus ropas. Mientras cuelga la capa en un lugar donde hay otras tantas, la luz deja ver una túnica amplia y unos símbolos dorados, bordados prolijamente con sumo cuidado, con mucha paciencia, lo que es obvio por la majestad de los símbolos, la belleza del brillo, la prolijidad de cada contorno, cada relieve. Caprichosas formas trabajadas.
Ahora con la luz camina por el pasillo, lentamente. Se nota que conoce el camino de memoria, se nota que su cuerpo conoce esos pasillos estrechos, de techos bajos, de paredes talladas en piedra, sudadas.
Luego de bastante andar, el pasillo sale a una gran sala. El techo abovedado ahora está alejado, se pierde en unas alturas, que parecen imposibles. En el centro de piedra pulida y blanca un altar redondo. Un fino mantel de lino blanco, con puntillas lo cubre tímidamente, sin poder opacar todo su porte.  Unos candelabros de oro, un cáliz, un pesado libro. Enorme, de tapas de cuero, de hojas gruesas de color amarillo. El hombre se acerca sin hacer ruido. Camina ahora suavemente, como si cada paso fuera indispensable, el último de su vida. Sin embargo el cuerpo se ve ligero, como si flotara en el aire denso.  Tomará su posición en el círculo, el que forman todos los demás alrededor del altar. Ahora está completo. Todos los demás, los once, se encuentran rezando en silencio. La cabeza baja, las manos con las palmas hacia arriba, con una rodilla en el suelo. Los pies descalzos. Todos moverán los ojos, pero no moverán otra parte de su cuerpo. Luego, como si lo hubieran estado esperando, sin gesto, ni palabra, el silencio será golpeado bruscamente. Ahora la oración es en voz alta, es la misma y la dicen los doce. Las manos comienzan a  sudar, las gotas caen por el dorso de las manos al piso. Todos comienzan a exhibir un camino de sangre que brota desde las sienes recorriendo las caras y cayendo sobe las impecables ropas. Del libro comienzan a escucharse crujidos. De entre las ropas sacarán una pluma todos a la vez, todos la misma pluma. Suavemente, a pesar de que los rostros muestran dolor, llevaran la punta de las plumas a las gotas de sangre. Y luego comenzaran a escribir en el aire, con delicados giros, letra por letra, prolijamente. Las palabras quedan suspendidas, en el rojo brillante, de lo escrito se refleja la luz. Ahora las palabras comienzan a moverse por el aire y se encaminan las de cada uno hacia el libro. Las hojas las reciben y el ambiente se llena de olor a rosas. El aire denso ahora es liviano, renovado. Es imposible que esas lámparas miserables, puedan dar tanta luz, de tanta intensidad, de hermoso brillo. Ahora hay música, indescriptible de regocijos de alegría de gozo.
Mientras tanto las palabras siguen su marcha, cuando llegan al libro, recorren sus páginas, como si cada palabra estuviera buscando su lugar, luego se recuestan en su sitio, dejan una sombra y comienzan a elevarse, perdiéndose en perfecto orden por la cúpula imposible.
Todo el rito dura poco, relativamente poco. Termina de manera abrupta. Reina entonces un silencio profundo y sin angustia. Sin el menor gesto, los monjes guardan sus plumas, se lavarán las manos y los pies con el agua de unos cántaros y en silencio se retirarán uno a uno.

domingo, 21 de julio de 2013

Capítulo I: “El Origen”


Cuesta entender esta historia. Explicarla requiere de esfuerzos para no mezclar los eventos, confundir los orígenes, fundir los personajes. En cualquier punto  de la línea de tiempo que nos ubicáramos, podríamos encontrar elementos de esta historia, elementos que podrían pasar desapercibidos, elementos prácticamente invisibles, a los ojos del observador mundano. Incluso de tal magnitud, que allí podríamos engañosamente hacer pasar el origen de esta trama de la que ahora soy llamado a dar testimonio. Debo reconocer que la historia me ha metido en cuanta trampa  ha podido y que he debido sobreponerme a enormes lapsos donde permanecí extraviado en el sinfín de engañosos laberintos que me tenía reservados.

Así llegue entonces a la conclusión de que era hora ya de comenzar a narrar lo que he visto, lo que he vivido y que en todo caso si algo fatal me pasara, o terminara extraviado en esta denuncia, entonces alguien pudiera seguir con el trabajo de alertar sobre esta existencia que sin duda, permitiría conocer y explicar que nos pasa. Victimas somos de una lucha en la que no tenemos nada que ver. Una lucha por la prevalencia de fuerzas más allá de nosotros. Fuerzas desencadenadas y antagónicas que trascienden los tiempos, los lugares, la historia.

Imagino los primeros, los que fueron los testigos iniciales, sus padecimientos, sus torturados pasos por la tierra, sin siquiera saberlo.

Durante mucho tiempo, he estado sumergido en bibliotecas, en fuentes posibles, que permitieran hallar en fin pistas en el pasado. He tenido enormes hallazgos y enormes decepciones. Aun así continué mi investigación. Me he topado con personas dementizadas, con discursos erráticos, discursos a los que hay que prestar atención. Se puede ver en ellos, datos testimoniales de contacto con la verdad. Acaso allí está la explicación a la locura. Pobres gentes.

Ahora bien, después de mucho reflexionar, el primer dato que encuentro hasta donde me ha llevado la imaginación, está en las sagradas escrituras, en el viejo testamento. Por alguna circunstancia, alguien ha puesto allí, lo que ha todo ha dado comienzo.  
Hace mucho tiempo atrás, tiempos inmemoriales. Cuando flotábamos en el espacio informe, un día y por obra de Dios, se escuchó…
“Que haya luz, y hubo luz”.  Es en este gesto de Dios, que todo empezó. La pretenciosa luz se extendió por todo el universo. Tomó lugares inexistentes y los puso visibles, borró en un instante  el misterio, lo insondable y lo dejo claro, visible, transparente.  De esto fue tomando nota la Oscuridad, dueña hasta entonces de todo cuanto existía. La oscuridad sempiterna, única habitante del universo, se sintió amenazada. Esta nueva presencia la inquietaba. Temía perder su absoluto dominio de cuanto existía. La preferencia de Dios. Al que pertenecía y le pertenecía, sin debate. En su manera de ver ella y Dios eran lo mismo. Siempre habían estado juntos y convivían en una eterna armonía. Nada podía interponerse a esa armonía, a esa dualidad. Dios y la oscuridad. Gobernando todo cuanto existía en el universo. Y ambos fluyendo con naturalidad, viajando a través del tiempo, sin más.
La oscuridad guardó silencio, mientras crecía en ella el celo, la envidia, la desconfianza.  Fluía ahora contaminada de sentimientos hostiles, de pasiones irrefrenables de extinción, de separación. Inmediatamente nombró enemiga a la luz en su interior. Juro una guerra contra ella y prometió no cejar en sus esfuerzos hasta que desapareciera. Las cosas debían ser como antes, Sólo Dios y ella. La luz, solo podría traer pesar, sufrimiento, inquina. Algo que nunca siquiera se había insinuado, pero estaba dentro de ella y de tales espantos era responsable la luz, por cuanto Oscuridad nunca había sentido sus sentimientos embargados en conmociones semejantes hasta entonces. Todo lo perfecto del universo había mutado ahora a una calamidad naciente y expansiva. La luz, traía miseria al corazón de la oscuridad. De esta miseria, creación de Dios, era responsable la luz y como tal tendría que desaparecer, pagando con su existencia, todo el mal que había generado.
Cierto día, Oscuridad, se presentó ante Dios en queja:
-        Mi señor, ¿qué has hecho?

-        He creado la luz.  El universo es muy hermoso.
-        Mi corazón es arrastrado por la pretenciosa luz, a sentimientos desconocidos para mí.  Me veo envuelta y aturdida por su pretensión. Su falta de respeto, su arrogancia.
-        No te veas amenazada.  Nada te pasará, me cuidaré de ello.
-        Pero, ¿hará falta que ande por todo el universo?
-        Debe contar con libertad. Déjala, llegará hasta donde le plazca.
-        Es que toma mis lugares, pierdo mis dominios, me siento aturdida por sus ruidos.
-        No te preocupes,  hay en el universo lugar para ambas.
-        Es maleducada. Ni se ha presentado, se mete por todos lados, he perdido totalmente intimidad.
-        Sabrás cuidarla, no temas. No se hable más. Ve a tus quehaceres. 
Oscuridad partió de allí, más decepcionada que cuando entró. La tristeza inundó todo su ser. Agrias lágrimas, recorrieron su rostro y humedecieron su ser. Pensamientos horribles se alojaron en ella. Muerte, dolor, sufrimiento duradero. Todo mal que pudo imaginar, todo lo desplegó en su interior.  Se retiró un tiempo. Viajó a los confines del universo, tratando de encontrar un poco de soledad. Estaba asfixiada, desconsolada. Ahora debía tolerar a la luz, con anuencia de Dios. Este le había vuelto la espalda, la condenó a soportarla. Impotente, inaceptable, permaneció retirada.
Tiempo ha pasado, la oscuridad quedó sumida en la desesperación, el odio. Tanto se dejó tomar por aquellos sentimientos, que finalmente, no pudo ya encontrar qué era una cosa y qué era la otra. Qué estaba al principio y que luego de la irrupción de la luz.
Ahora estaba tomada por el rencor que la atravesaba en todo su ser, toda su existencia, se había transformado en otra cosa. Una entidad perversa en la que habían crecido las mociones más ofensivas, más desleales. Mientras más crecían en ella, estos sentimientos la alimentaban y fortalecían en el perseguido fin de extinguir a su enemiga, de malograr su existencia maldita y ladrona. Así, aunque lentamente iba perdiendo paz, la fuerza que obtenía, le otorgaba coraje para la batalla que presentaría. Lograría su objetivo mezquino y sordo. Ser la única, la compañera, la armonía y el equilibrio de Dios.
Mientras más fuerte se sentía, mientras más rencor lograba, crecía en ella una confianza absurda, un audacia hacia una gran batalla de la que de seguro saldría victoriosa. 
En esa batalla, probaría ella su supremacía, ya que esta fuerza creada en la sola presencia de la luz, tenía origen en su parte divina. Estos sentimientos y la fuerza que le generaban, nuevos para ella, no podrían estar, si no fueran puestos allí por Dios. Estas Fuerzas destructivas, las sembró Dios en ella, para proteger la dualidad, la armonía, el balance perfecto, que por un instante Dios perdió de vista y necesitaría de ella, para recuperar. 
Así pergeñó su batalla, decidiendo entonces que ganaría y llevaría muerta a la luz y la arrojaría a los pies de Dios, para su regocijo, para recuperar lo perdido, para que  todo vuelva a lo inalterado y eterno. 
Ya había ensayado sus palabras. Su ofrenda. Su humildad, de ropas raídas y cuerpo lastimado de la batalla, para que su sangre ahora, forme parte del pacto con su Dios. El equívoco que ella podría perdonar, aprovechándolo para sellar su pacto. Retomando un destino que no debió cambiarse.
Ahora sólo está esperando el momento oportuno.

miércoles, 10 de julio de 2013

El armario de los días


Yo creo en unos días. En unos días cálidos y fríos. En otros grises. Otros oscuros.
También creo en días de alegría, en días de melancolía, de duelos… en fin.
Creo en los días secos, en los húmedos, los humedecidos. En los humedecidos me pregunto si dulcemente por lágrimas, o por sollozos de un corazón lastimado.
Hay días trabajosos, días de trabajo, días de sosiego.
Hay días mágicos. Días para recordar. Hay días para borrar del calendario, del almanaque, de la vida.
Hay días esperados, días para estar en espera. Días por los que no se puede esperar.
Está el día de hoy, con su presencia concreta. Los días de ayer y los porvenir.
Hay días en que canto, días en que callo, días en que grito.
Hay días que me atropellan y me hacen de todo sin siquiera preguntarme.
Hay días que son largos, enormes. Los hay  cortos.
Hay días a los que entro después de soñar. Días que no sé por qué se transforman en pesadillas.
Hay días ganados, días perdidos, días inadvertidos.
Hay días de amor, de ensueño, de paz. Hay días inmensos y profundos.
Días de cielos estrellados, celestes, iluminados por el sol y por la luna.
Hay días que me levanto y me acicalo, desayuno y salgo. Y el día se pone más o menos de acuerdo conmigo. Sin embargo hay otros que cuando salgo se hacen hostiles y un desatino todo cuanto haga.
Cuando los días y yo no estamos de acuerdo pienso en mi armario. Pretendo en ese momento que algo pasó en el instante de vestirme y elegí mal el día para ponerme. Son esos días que se hacen eternos,  incómodos, no sé dónde ubicarme, ni como ponerme. Se me hace obvio que elegí mal ese día. No era la ocasión.
Otros en cambio pretendo que no manejo el armario de los días y que en verdad el armario le pertenece a Dios. Entonces me imagino que Él nos tiene reservados los días y los elije para nosotros. Nos los ofrece con la sencillez que ha concebido el mundo del principio.  Me imagino ya no un armario sino un casillero donde se guardan prolijamente todos los días de la vida de una persona. Estos están además dispuestos en un orden. Ese orden, como toda obra de Dios, es perfecto. Después en la medida en que vamos creciendo, nos vamos apropiando con la madurez, de lo que hay dentro del casillero. Para ese entonces, ya Dios no interviene y terminamos por hacer toda clase de desórdenes. Me imagino que tomamos días anticipadamente, que los usamos de manera inadecuada, que pasamos por días destinados, a cosas importantes, distraídos y los desaprovechamos.  Es más a veces cortamos por la mitad los días y los mezclamos construyendo verdaderos cocoliches.  Incluso ni nos damos cuenta y reímos, tristemente, en días que habría que llorar, o por lo menos sentir vergüenza.
Hay días, que cuando se encuentran avanzados ya, casi terminados, advierto que me he equivocado. Esos los lamento.
Hay días que cierro los ojos y pido, como rezando, alguna pista, antes de ponérmelos.
Hay días,  que pierdo todo control y me entrego libremente y toco, aunque sea por unos instantes, la gracia de estar aquí, de estar en este día, contigo, con los que me importan.
Esos, en los que estas Tu y en presencia aquellos que amo y siento que me aman.
Esos días, son los mejores.
Peregrino Selser

martes, 4 de junio de 2013

Aquellas Palabras Raídas, las que un día perdieron el Rumbo


Gran preocupación se respiraba en el viento que suavemente acariciaba las hojas de un diccionario. El olor de otros tiempos, parecía ahora un condimento inadecuado. La luz tenue descansaba su amarillo pálido entre las hojas sempiternas del código universal.
Allí como un encuentro de fiestas lúgubres, con raídos trajes, desorientadas, marchando desordenadas, topándose unas con otras. Los masculinos descuidados, faltos de modales pasaban indiferentes, empujando.
-        ¿Qué nos ha pasado? ¿Qué ha sido de nuestro brillo y nuestra preeminencia? ¿Dónde quedaron nuestras galas y dignidades?
Reunidas, acongojadas, apenadas, estaban allí,  preguntándose  las palabras.  De una punta a la otra caminaban, tratando de encontrar su lugar. En cuanto llegaban a un asiento donde reposar, que se les hacía conocido, recuerdo de otro tiempo, en seguida se sentían incómodas, inapropiadas, desubicadas.
      -        Yo he sido la reina de la fiesta durante milenios, pero ahora ni me reconozco, dijo la alegría.


-        Ahora me he transformado en este grotesco patético, sin modos dijo la sonrisa.

-        He quedado por ahí como un loco que sueña vanamente dijo el optimismo

-        Por mi han derramado sangre y lágrimas y he soportado opresiones largo tiempo, dijo la verdad

-        Este es mi tiempo y ustedes no pueden soportarlo, celosas –sentenció la mentira-

-        Yo me encuentro a mis anchas proclamó la banalidad

-        A mí todo se me presenta escaso, dijo el tiempo

-        ¿Me han visto a mí? Me están despedazando en episodios, mortificando mis entrañas y llenado mi cuerpo de porquerías bramó la naturaleza.

-        Por mí, sin mediar razones, ahora todos se afanan, lamentaba el placer.

-        Yo he quedado al final, soy un viejo fanático, desubicado maldijo el valor.

Dijo entonces la sabiduría en voz baja, suave, de manera pausada

-        El mundo ha entrado en una nueva etapa. Hay que tener paciencia. Tenemos que poder aferrarnos a nuestra convicción y linaje. Luego continuó diciendo a cada uno:

-        Hoy la alegría es risotada sin sentido. Aquello que en muchas las risas fueron carcajadas, son hoy exabruptos de una generación que prefiero lo exagerado.

-        No te quejes de tu suerte, reprendió al optimismo. Tú no eres sueño vano. Eres la convicción de aferrarte a lo positivo de lo porvenir, que haría sin ti la esperanza.

-        A la verdad le dijo: Tu brillo te será devuelto. Así siempre fue, has tenido mejores y brillosos momentos y otros oscuros pasos, donde se pretende esconderte. No lo lamentes. Está en tu sino.

-         No te ufanes pueril, sentenció  a la mentira, siempre has de durar poco. Estás condenada a la pretensión, sólo a eso.

-        Goza de tu paso luminoso en superficie. Pero ten la certeza que a tus anchas se le harán estrechas, cuando comiencen a cerrar los ojos y pensar un poco.

-         Y luego al tiempo: Para poder encontrar tu equilibrio, llámate a respirar. Encuentra tu ritmo. Te es tan propio, lo conoces tanto. No temas la velocidad a la que hoy quieren forzarte. Respeta tu propia marcha, desoye los consejos. Estas aquí y estarás para siempre.

-        Mi querida naturaleza, no temas. Es cierto cambiarás de forma, tendrás que recurrir a tiempo y renacerás, ya lo has hecho. En otros tiempos a tus entrañas llegaron los secretos más bellos del universo.

-        Tienes tú, placer un tiempo tan corto como la mentira. Al fin descubrirán que te agotas y desapareces en tu propia sed saciada. Les han hecho creer que lo eres todo y resultas tan efímero como el apetito que te engendra.

-        Mi viejo Valor no temas. Hay un grupo de gentes que aún te rinden homenaje y pleitesía. Es cierto, podrían ser pocos a tus ojos, pero la cantidad no es asunto. Sólo se necesitan los indispensables y viendo aún con mi cansada vista, ellos están allí.

Luego junto las manos, en una tímida plegaria silenciosa. Sin hacer ruido. Despacio, se acercó la esperanza. Pasó su brazo por entre uno de los brazos de la anciana que rezaba una oración inexplicable. La sensibilidad se vió atraída y tomó a la anciana del otro brazo. La intuición armó una trama y entonces y delicadamente se fueron acercando, siguiendo el mapa el optimismo, la alegría, el valor, el tiempo. No pudieron la mentira, lo banal, la risotada. Intentó, aunque sin éxito,  el placer.

Al pasar un tiempo las palabras se aliviaron. Todas reconocían sus renovados brillos. Todas encontraron sus viejos y familiares lugares. Luego de un tiempo, las lágrimas cesaron. De a poco fueron levantando las miradas. Encuentros luminosos de ojos vivos. Se miraban sin interrumpir el rezo que ahora era una plegaria multitudinaria, repetida, inspiradora. Las caras empezaban a tomar forma de duda. ¿Cuál  era aquella plegaria que se transformaba en la vuelta a la construcción de la felicidad? ¿Que inspiraba al esfuerzo para llegar con alegría? ¿Que estaban nombrando cuando decían aquella plegaria repetida?
Entonces todo tomó sentido y la luz se podía tocar en cada espacio. En un instante se vieron allí y repetían sin decir:

“Este es nuestro lugar. Donde nadie puede alterar nada. Estamos aquí y somos felices y no tenemos miedo. Estamos aquí dispuestas a esperar. Estamos donde Dios nos sembró. Estamos donde nacimos: en el corazón de un niño”.

jueves, 18 de octubre de 2012

La verdad y la mentira


Entonces allí. Caminando ingenua, descargada de lastre. Con un paso sereno,  pausado, va la verdad. No se embadurna. Ni tiene bisuterías baratas. Tampoco se envanece de joyas.  De perfumes… de aromas que no le son propios.
Se hace paso con tranquilidad. No reclama ni linaje ni privilegio. No levanta la voz. No quiere prioridad, ni camino alternativo. Sabe esperar. Como si no tuviera otro sentido que el suyo. Va yendo a una orientación y la mantiene. Es entre tantas diferente. Y es casi tan parecida a otras. Y otras que pretenden imitarla. Sojuzgarla, aplanarla. Y ella divertida se presta al juego, sin oponer la menor resistencia. Sabe que son puras intenciones. Es única. Es irremplazable. Insustituible. Y es en esa convicción a la que por nada renuncia, que se deja tranquila empujar, postergar, aprisionar en lugares oscurecidos a propósito. En espacios reducidos. Ella es discretamente altiva. Comprende mejor que nadie la intensión absurda de borrarla, de extinguirla. No lo lamenta. Ni siquiera pregunta. Una y otra vez es desafiada. Una y otra vez es llamada a juicio, a escrutinio una y otra vez es sometida al imperio de la impostura y la quieren despojar de sus humildes vestidos. Con imprecaciones y reproches es reclamada y nombrada vana, pueril, camuflada. La llenan de palaras. Puro palabrerío. La meten en oraciones, en grandes discursos. En frases vacías y la dejan olvidada y confusa; perdida en esa hojarasca, condenada a perderse. Despierta enconados sentimientos en las otras. Es resentida y su presencia tensa necesariamente sus rededores. Incomoda su silencio, su paz. Su profundidad es siniestra, pero sólo para las otras, para las que no pueden salir de lo plano, de lo confuso.
Admite el espacio. Comprende el tiempo y no la apura. No tiene estación. Florece con más o menos calor. Brilla en las más tremendas tormentas y no quiere sangre en su nombre. No guarda rencores, ni reclama venganza. Es digna de sí, de otros. Sus heridas, sus estigmas, sus malos momentos, los va llevando mientras sigue su camino y no maldice ni su suerte ni su paso. Su condición le basta. No pretende más de lo que le toca. Ni se queja de lo que le dan. Es adusta y rechaza lo “de más”. Concurre a las celebraciones con su traza y le conforma. No le gustan las demasiadas luces, los caminos alfombrados. Desconfía de los grandes discursos. Se retira discreta como llega y deja olvidados en los sitios todo cuanto le ponen encima. Las flores le gustan en la tierra, en sus plantas. Las llama muertas cuando han sido cortadas y celebra el amanecer y las estrellas con igual alegría. Siempre comprende a las otras. Para ellas no tiene reproches. La acusan de básica, de falta de abstracciones complejas. Le narran mundos complejos que comprende, pero no la conmueven y entonces los acepta, pero poco tiene para decir.
Junto con ella y en mayor número, circulan las mentiras. Son tantas. Están tan bien vestidas. Sus coloridas y atinadas prendas. Sus afeites delicados. Sus perfumes. Llevan pequeñas bolsas llenas de objetos. Es increíble cuantos. Sorprenden. Parecen tan pequeñas sus bolsas y sin embargo encierran tanto. Y hablan según necesiten, entonces se las escuchan pausadas y tranquilas y hay veces aceleradas y empujando una palabra a la otra. Apilándose en frases. Impresiona verlas tan exultantes. El silencio las conturba. Ellas poseen  brillo impropio. Son intencionadamente iluminadas. Les molesta el sol y la noche y temen a una oscuridad que no provoquen por sí mismas. Son pretenciosas. Arrogantes. Seducen todo el tiempo. Seducen con palabras, con gestos, con perfumes, con promesas.   Son ricas, lo poseen todo. Se abren paso con prepotencia, son descuidadas de las formas y reclaman todo el tiempo su espacio y una vez que lo logran lo cuidan con uñas y dientes.  No ahorran en nada. Se hacen notar y quieren concentrar la atención. Siempre tienen para decir. Siempre tienen algo que ofrecer y son capaces de los más complejos recorridos.
Nunca tienen tiempo. Les molesta la quietud. Le hace problema y mucho detenerse. Viven en un aquí y ahora que prolongan hacia atrás en el tiempo y lo pretenden en el futuro.  Les gusta la jardinería pero no tienen suerte. Siembran flores y cosechan malezas. Y una y otra vez. Y no hay tierra ni estación de la recojan perfumes y flores. Tratándose de árboles hay que ver como fracasan y robles y tilos se transforman en espesos y espinosos arbustos secos. Hediondos. No se atreven a estar solas. Siempre las acompaña una numerosa fanfarria y un enorme séquito de alcahuetes y aplaudidores. Se ufanan de conocerlo todo y tienen interesantes cuentos a lo largo de toda la historia. Se sienten siempre protagonistas y sus parientes han participado de las más importantes gestas. Es increíble. Poseen una energía inagotable. No se sabe si no pueden o no quieren  dormir, descansar. Siempre están como intranquilas. Tensas. Pero cuando se les pregunta, rehúyen la conversación, se apartan. No se entiende, incluso hasta derraman grandes lágrimas y lloran y ríen por igual, sin motivo.
Entonces estamos nosotros que caminamos entre ellas. Es tan trabajoso encontrar la verdad entre tantas mentiras. Es tan grande el compromiso que hay que estar dispuesto a soportar para poder ver la verdad. Para ayudarse de ella y ayudarla. Tiene tan poco para ofrecer. Es tan desinteresada en seducir, en acompañar y brillar. Ella prefiere sencillamente acompañar y conversar de manera pausada, hacia un amanecer y un crepúsculo. Detenerse en la magia de la savia, el sol y el agua, que cae mansamente sobre los campos. Y va como la  propia naturaleza orgullosa de no necesitar nada; absolutamente nada… para ser bella.