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jueves, 3 de octubre de 2013

Capítulo V: El Libro de Dios


A.

En algún lugar de la guajira colombiana, un indígena le explica al explorador banco que  bajó de las carabelas que en algún lugar de la tierra hay un libro, que Dios le obsequió al hombre, para que lo ayude a escribir los diferentes capítulos del libro de la existencia toda. Tratando de hacerse entender, el indio recurrió a palabras incomprensibles para los hombres que bajaron de los tres barcos, por eso comenzó  a dibujar extenuado en preguntas de si eran aquellos hombres los hombres encargados de escribir en aquel libro. Lejos de comprender, los hombres se mofaron y se esforzaron en copiar los gestos, intentando seguir la narración incomprensible. Luego, la conversación se fue perdiendo en otros asuntos. Los descubridores siguieron en sus afanes.
Un marinero, dejó asentado en su diario personal, que los salvajes interpretaban las deidades como algo terrenal, que había un libro, pero entendió mal y pensaba que el libro lo tenían los salvajes en su poder y por alguna razón no querían exhibirlo. 
De regreso en un bar contó la historia a los parroquianos que estaban bebiendo con él. Uno de ellos prestó atención a la historia. Tapados de alcohol, durmieron en el patio interno de la taberna. 
A la mañana, el viajero fue despertado bruscamente por un monje que le interpeló sobre el libro de Dios. Al viajero le costó conectarse y reconocer donde se encontraba;  luego de incorporarse relató nuevamente la historia al monje.  
El monje le dijo que era imposible que él conociera esa historia, que el libro de Dios era una leyenda que venía de oriente y que de ninguna manera era posible que un salvaje de las indias tuviera si quiera noción de aquel libro.
El marinero le pidió detalles al monje, por cuanto lo que él había captado del salvaje, se le hacía inverosímil.
El monje le explicó, que había una leyenda que provenía de oriente, que daba cuenta de un libro sagrado, que Dios, dejó en la tierra. El libro representaba la potestad de Dios sobre el universo, y la participación del hombre en la creación, como su hijo, su obra y su colaborador para perpetuar en el tiempo, el significado de su nombre, y el destino del universo. El libro era la prueba y el elemento de comunión con el Dios vivo, el Dios que creó al hombre y que una vez creado, debía ofrecerle a Dios ayuda, para escribir todo cuanto trae el futuro, y todo cuanto haya que depositar en el pasado. Es la expresión atemporal de lo humano del hombre, para que Dios tenga lo que le falta, por cuanto al concederle al hombre el albedrío a Él también le falta saber aún que le depara el universo, una vez que los hombres, comenzaran a actuar y dejar su rasgo en el universo todo.

El marinero miró al monje desconcertado. No podía entender ni siquiera el razonamiento del monje. Todo le parecía una locura. Cuando el monje hizo silencio, se restregó los ojos, se tiró al piso y refunfuñando se quejó:
 –He estado soñando- me tengo que cuidar y no tomar tanto, me pareció que hablaba con un monje aquella historia del salvaje y me decía que era cierto. Imposible. Todo es un sueño.

B.

La niebla estaba ese otoño, particularmente densa en Londres. Los ingleses no tienen ya una particular sensibilidad para este fenómeno. La niebla, los días de cielos encapotados, las lluvias finitas y constantes son tan habituales que se les hace natural, normal.
Lo noche cae despacio y se mezcla con ese gris que se va transformando lentamente en oscuro, hasta llegar al negro.
Los faroles de combustible comienzan a ofrecer su brillo amarillo, acercando algo de luz, pero cerca, como un hálito amarillento que la niebla no deja avanzar entre las calles.
El ruido de los cascos de los caballos herrados, la ruedas girando sobre las empedradas calles, todo da ese clima de nostalgia de presente al que se le mete todo el tiempo el pasado.
Los caballeros caminan con sus sombreros de copa, las damas debajo de sus paraguas. Es increíble que no se apuren, que vayan como cualquier día. Será que son así todos los días?
Algunos de ellos toman el borde del Támesis. Caminan por una calle que se pierde bajo las arcadas de un puente. Caballeros adustos, silenciosos, de paso firme. Adentro lejos de la calle, hay un lugar donde unos caballos permanecen a la espera de sus dueños.  Más adentro y de costado en un lugar que parece el fin de la muralla, hay una puerta. Mezquina, de madera, de aspecto viejo, raído. Da la impresión de que no la abren nunca. Como si hubieran pasados siglos sin que la tocaran. Un hombre se acerca. Camina hasta la puerta, mira para todos lados.  Esta oscuro, a tientas logra dar con una lámpara que está al costado de la puerta. La enciende. Mueve el pañuelo de seda del cuello y hurguetea para dar con una cadena gruesa. Se saca la cadena pasando por encima de la cabeza. Al final de la cadena el peso de un objeto con la forma de una cruz, pero con extrañas terminaciones en los extremos bailotea hasta que la detiene con la otra mano. Mete la cruz en un orifico debajo de la aldaba. No parece el agujero de una cerradura, parece una marca de tiempo en la derruida madera. Gira la llave, para un lado, para el otro y la baja con fuerza. Acciona ahora el picaporte, que le permite mover la puerta. El rechinar de los goznes inquieta a los caballos, como si el ruido agudo fuera demasiado para sus orejas. Pasa la puerta y toma otra lámpara, la enciende apaga la otra y la deja en el mismo lugar donde la encontró. Cierra la puerta y se prosterna. Se persigna y reza en voz baja. Apenas mueve los labios rítmicamente. Debajo de una aparatosa capa aparecen sus ropas. Mientras cuelga la capa en un lugar donde hay otras tantas, la luz deja ver una túnica amplia y unos símbolos dorados, bordados prolijamente con sumo cuidado, con mucha paciencia, lo que es obvio por la majestad de los símbolos, la belleza del brillo, la prolijidad de cada contorno, cada relieve. Caprichosas formas trabajadas.
Ahora con la luz camina por el pasillo, lentamente. Se nota que conoce el camino de memoria, se nota que su cuerpo conoce esos pasillos estrechos, de techos bajos, de paredes talladas en piedra, sudadas.
Luego de bastante andar, el pasillo sale a una gran sala. El techo abovedado ahora está alejado, se pierde en unas alturas, que parecen imposibles. En el centro de piedra pulida y blanca un altar redondo. Un fino mantel de lino blanco, con puntillas lo cubre tímidamente, sin poder opacar todo su porte.  Unos candelabros de oro, un cáliz, un pesado libro. Enorme, de tapas de cuero, de hojas gruesas de color amarillo. El hombre se acerca sin hacer ruido. Camina ahora suavemente, como si cada paso fuera indispensable, el último de su vida. Sin embargo el cuerpo se ve ligero, como si flotara en el aire denso.  Tomará su posición en el círculo, el que forman todos los demás alrededor del altar. Ahora está completo. Todos los demás, los once, se encuentran rezando en silencio. La cabeza baja, las manos con las palmas hacia arriba, con una rodilla en el suelo. Los pies descalzos. Todos moverán los ojos, pero no moverán otra parte de su cuerpo. Luego, como si lo hubieran estado esperando, sin gesto, ni palabra, el silencio será golpeado bruscamente. Ahora la oración es en voz alta, es la misma y la dicen los doce. Las manos comienzan a  sudar, las gotas caen por el dorso de las manos al piso. Todos comienzan a exhibir un camino de sangre que brota desde las sienes recorriendo las caras y cayendo sobe las impecables ropas. Del libro comienzan a escucharse crujidos. De entre las ropas sacarán una pluma todos a la vez, todos la misma pluma. Suavemente, a pesar de que los rostros muestran dolor, llevaran la punta de las plumas a las gotas de sangre. Y luego comenzaran a escribir en el aire, con delicados giros, letra por letra, prolijamente. Las palabras quedan suspendidas, en el rojo brillante, de lo escrito se refleja la luz. Ahora las palabras comienzan a moverse por el aire y se encaminan las de cada uno hacia el libro. Las hojas las reciben y el ambiente se llena de olor a rosas. El aire denso ahora es liviano, renovado. Es imposible que esas lámparas miserables, puedan dar tanta luz, de tanta intensidad, de hermoso brillo. Ahora hay música, indescriptible de regocijos de alegría de gozo.
Mientras tanto las palabras siguen su marcha, cuando llegan al libro, recorren sus páginas, como si cada palabra estuviera buscando su lugar, luego se recuestan en su sitio, dejan una sombra y comienzan a elevarse, perdiéndose en perfecto orden por la cúpula imposible.
Todo el rito dura poco, relativamente poco. Termina de manera abrupta. Reina entonces un silencio profundo y sin angustia. Sin el menor gesto, los monjes guardan sus plumas, se lavarán las manos y los pies con el agua de unos cántaros y en silencio se retirarán uno a uno.

martes, 4 de junio de 2013

Aquellas Palabras Raídas, las que un día perdieron el Rumbo


Gran preocupación se respiraba en el viento que suavemente acariciaba las hojas de un diccionario. El olor de otros tiempos, parecía ahora un condimento inadecuado. La luz tenue descansaba su amarillo pálido entre las hojas sempiternas del código universal.
Allí como un encuentro de fiestas lúgubres, con raídos trajes, desorientadas, marchando desordenadas, topándose unas con otras. Los masculinos descuidados, faltos de modales pasaban indiferentes, empujando.
-        ¿Qué nos ha pasado? ¿Qué ha sido de nuestro brillo y nuestra preeminencia? ¿Dónde quedaron nuestras galas y dignidades?
Reunidas, acongojadas, apenadas, estaban allí,  preguntándose  las palabras.  De una punta a la otra caminaban, tratando de encontrar su lugar. En cuanto llegaban a un asiento donde reposar, que se les hacía conocido, recuerdo de otro tiempo, en seguida se sentían incómodas, inapropiadas, desubicadas.
      -        Yo he sido la reina de la fiesta durante milenios, pero ahora ni me reconozco, dijo la alegría.


-        Ahora me he transformado en este grotesco patético, sin modos dijo la sonrisa.

-        He quedado por ahí como un loco que sueña vanamente dijo el optimismo

-        Por mi han derramado sangre y lágrimas y he soportado opresiones largo tiempo, dijo la verdad

-        Este es mi tiempo y ustedes no pueden soportarlo, celosas –sentenció la mentira-

-        Yo me encuentro a mis anchas proclamó la banalidad

-        A mí todo se me presenta escaso, dijo el tiempo

-        ¿Me han visto a mí? Me están despedazando en episodios, mortificando mis entrañas y llenado mi cuerpo de porquerías bramó la naturaleza.

-        Por mí, sin mediar razones, ahora todos se afanan, lamentaba el placer.

-        Yo he quedado al final, soy un viejo fanático, desubicado maldijo el valor.

Dijo entonces la sabiduría en voz baja, suave, de manera pausada

-        El mundo ha entrado en una nueva etapa. Hay que tener paciencia. Tenemos que poder aferrarnos a nuestra convicción y linaje. Luego continuó diciendo a cada uno:

-        Hoy la alegría es risotada sin sentido. Aquello que en muchas las risas fueron carcajadas, son hoy exabruptos de una generación que prefiero lo exagerado.

-        No te quejes de tu suerte, reprendió al optimismo. Tú no eres sueño vano. Eres la convicción de aferrarte a lo positivo de lo porvenir, que haría sin ti la esperanza.

-        A la verdad le dijo: Tu brillo te será devuelto. Así siempre fue, has tenido mejores y brillosos momentos y otros oscuros pasos, donde se pretende esconderte. No lo lamentes. Está en tu sino.

-         No te ufanes pueril, sentenció  a la mentira, siempre has de durar poco. Estás condenada a la pretensión, sólo a eso.

-        Goza de tu paso luminoso en superficie. Pero ten la certeza que a tus anchas se le harán estrechas, cuando comiencen a cerrar los ojos y pensar un poco.

-         Y luego al tiempo: Para poder encontrar tu equilibrio, llámate a respirar. Encuentra tu ritmo. Te es tan propio, lo conoces tanto. No temas la velocidad a la que hoy quieren forzarte. Respeta tu propia marcha, desoye los consejos. Estas aquí y estarás para siempre.

-        Mi querida naturaleza, no temas. Es cierto cambiarás de forma, tendrás que recurrir a tiempo y renacerás, ya lo has hecho. En otros tiempos a tus entrañas llegaron los secretos más bellos del universo.

-        Tienes tú, placer un tiempo tan corto como la mentira. Al fin descubrirán que te agotas y desapareces en tu propia sed saciada. Les han hecho creer que lo eres todo y resultas tan efímero como el apetito que te engendra.

-        Mi viejo Valor no temas. Hay un grupo de gentes que aún te rinden homenaje y pleitesía. Es cierto, podrían ser pocos a tus ojos, pero la cantidad no es asunto. Sólo se necesitan los indispensables y viendo aún con mi cansada vista, ellos están allí.

Luego junto las manos, en una tímida plegaria silenciosa. Sin hacer ruido. Despacio, se acercó la esperanza. Pasó su brazo por entre uno de los brazos de la anciana que rezaba una oración inexplicable. La sensibilidad se vió atraída y tomó a la anciana del otro brazo. La intuición armó una trama y entonces y delicadamente se fueron acercando, siguiendo el mapa el optimismo, la alegría, el valor, el tiempo. No pudieron la mentira, lo banal, la risotada. Intentó, aunque sin éxito,  el placer.

Al pasar un tiempo las palabras se aliviaron. Todas reconocían sus renovados brillos. Todas encontraron sus viejos y familiares lugares. Luego de un tiempo, las lágrimas cesaron. De a poco fueron levantando las miradas. Encuentros luminosos de ojos vivos. Se miraban sin interrumpir el rezo que ahora era una plegaria multitudinaria, repetida, inspiradora. Las caras empezaban a tomar forma de duda. ¿Cuál  era aquella plegaria que se transformaba en la vuelta a la construcción de la felicidad? ¿Que inspiraba al esfuerzo para llegar con alegría? ¿Que estaban nombrando cuando decían aquella plegaria repetida?
Entonces todo tomó sentido y la luz se podía tocar en cada espacio. En un instante se vieron allí y repetían sin decir:

“Este es nuestro lugar. Donde nadie puede alterar nada. Estamos aquí y somos felices y no tenemos miedo. Estamos aquí dispuestas a esperar. Estamos donde Dios nos sembró. Estamos donde nacimos: en el corazón de un niño”.

martes, 20 de noviembre de 2012

Palabras


Hay palabras viejas. Hay palabras envejecidas. Hay palabras desteñidas, palabras impropias. Después están las otras, las modernas, las dichas a velocidad, las que esconden el imperio del sin tiempo.
Hubo un tiempo de palabras valiosas. Escritas para dar testimonios a otros.
Hay obras de arte completamente hechas de palabras y hay algunas obras penosamente célebres en la boca de ciertos personajes.
Hay palabras para todo y para cada cosa. Hay palabras para las ocasiones, de las ocasiones.
Hay palabras sagradas. Hay palabras para los paganos.
Hay palabras suaves, dichas en susurros. Hay palabras del amor, del sueño, y palabras de la tristeza y la melancolía.
Hay palabras que abren caminos y palabras que son muros. Espantosas las hay. Aquellas de lo oscuro, la muerte y la injusticia.
Hay palabras de Vida, de libertad, de ampliar, de multiplicar.
Hay palabras de repetir, de insistir, de copiar.
Hay palabras que valen mucho y otras que no valen nada.
Hay palabras escritas, dichas, pensadas, inmortalizadas.
Hay palabras golpeadas contra el piso y hechas trizas. Palabras que no salieron jamás de la boca, palabras hay también, que jamás conocieron papel ni oído.
Hay palabras para dormir, para despertar, para caminar, para correr.
Hay palabras comidas y otras carcomidas.
Hay palabras blandas, suaves, duras o rígidas. Hay palabras livianas. Hay palabras desnudas. Hay palabras ampulosas. Hay palabras bellas y otras feas y malolientes. Hay palabras contentas y enojadas. Hay palabras que sanan, otras que hieren. Hay palabras con puntas, agudas frías. Hay palabras secretas. Otras que esconden. Hay palabras mímicas, pose, mueca.
Hay sinceras, honestas, profundas. Hay palabras que flotan y otras que se hunden y nos hunden con ellas.
Hay palabras nosotros. Hay palabras mío; hay palabras nuestro. Hay palabras muchos, pocos, nadie.
Hay palabras amor, te quiero, vida. Hay palabras violencia, te odio, muerte.
Por fin están las palabras por venir.
Aquellas que no he nombrado y quieren decir, que aún espero.
Aquellas que devuelvan las palabras antiguas.
Que las pulan, les devuelvan el brillo.
Aquellas del porvenir, de lo noble, lo humano.
Las palabras del mundo, del todos, del bien.
Las palabras del amor de los amantes.
La palabra de la pasión, la inspiración, el cielo.
Palabras de fuego, de calor, de sueños anhelados.
Palabras de hombre justo, libre, sano.
Esas palabras forjadas en las almas, que una vez
iluminaron caminos.
Esas palabras, marcas a seguir en el devenir de la vida,
arcilladas de alma y olvidadas.
Esas palabras se encuentran hoy ausentes...