martes, 26 de febrero de 2013

¿El hijo de quién?


¿El hijo de quién tiene que morir, o matar?  ¿Qué tenemos que esperar que suceda para poder asimilar lo que está pasando?.
Frente al cuadro penoso de estar al tanto de los relatos casi obscenos de los accidentes de tránsito y sus consecuencias, quedamos todos absortos. Luego el morbo y la discusión chimentera, que nos pone a escudriñar desde nuestra peor mala fe y la decencia tratando de asomarse de a poco, entre tanta basura, tanto perfume hediondo que agrega a un cuadro nauseabundo.
Claro la cosa es sencilla. La ley no establece, en la figura de homicidio culposo la cuestión de tener altos registros de alcohol en sangre, como un hecho que cambia radicalmente el enfoque del accidente de tránsito.

Así, matar a alguien, en el contexto de un accidente de tránsito, donde los protagonistas, adultos, mayores, libres de decidir antes de conducir, beben y por encima de lo que la ley establece como límite, cuando lo hacen, matan pero  lo hacen sin tener intención, por estar conturbada su consciencia y por tanto, tal estado podría incluso, configurar un atenuante.
Todos pierden. Ni hablar el que sufre la peor parte, me refiero a personas, peatones, que de la nada terminan muertos, mutilados o tullidos, como consecuencia. Una locura al extremo del relato  “estaba esperando el colectivo y un señor o señora borracha, terminaron con su vida” o dejando incapacidades permanentes en sus víctimas.
Las personas cuando cometen un acto de este estilo alcoholizadas, estaría bueno que se comprendiera, que no lo estarán para siempre y que en algún momento tomarán contacto con el hecho cometido. Pesará sobre sus consciencias. Y en muchos casos un arrepentimiento silencioso.
A todos se nos presenta cuando relatan uno de los tantos que sucede por día, que hay un acto criminal en dejar a una familia con huérfanos, sin sostén, cuando matan a una persona camino al trabajo o en actividades habituales. Una vida cegada y las consecuencias de ello en los sobrevivientes. Y todo esto debido al abuso del alcohol, que además no necesariamente sucede en personas como alcohólicos enfermos, sino como eventos aislados en la vida de estas personas.
Hay que soportar y atravesar el escándalo de los muertos sin culpables, de los crímenes no castigados, del caos de tránsito. Cuando tienen más tiempo que noticias, incluso el parque automotor o las calles o los semáforos. Todo extraño. Todo no persona. Lamento, pero resulta que los automóviles no pueden circular solos, ni inventar las calles, ni tornan locos por cuanto se sube un conductor. Antes bien, se trata de personas, que cuando beben, cuando se prestan a tomar, hay un instante que deciden. Luego manejan. Matan. Luego se desentienden. Para matar no decidió. Le pasó. Se cruzó. Esperaba un colectivo. Un acto provocador, como pocos.
Hay que cambiar el canal, saltar la página, mover el dial, para no toparse con un aluvión de palabras que se desgranan al piso, y se transforman en polvo, porque no pueden hacer cuerpo. Palabras condenadas a fracasar en su intento de explicar.
Está a la vista: una persona bebió, decidió antes. Luego manejar y matar a alguien en estado de ebriedad, es un crimen.
Después… Las palabras, las oraciones, las reflexiones melancólicas de lo que se debería hacer. De lo que no se hace, de los muertos, a veces muchos. De los deudos, impotentes, ausentes. Parece que matar a alguien en estado de ebriedad, es mejor que ser atropellado por un borracho.
El muerto no tiene nada. Sólo su muerte no buscada. Su familia no tiene nada. Sólo un grito impotente. Sólo un pedido de justicia, que no le está negado. Pero que sin embargo no los consuela.
Es que: ¿no es obvio?  ¿Cómo puede importarle a la gente común lo que le falte a la ley? Que no está legislado, que el estado de ebriedad es un atenuante, que hay que realizar más controles, que hay que trabajar en prevención y una andanada de charlatanerías, va configurando un camino tortuoso a la nada.
El homicidio liso y llano, cometido como accidente de tránsito por personas que manejan en estado de ebriedad, es un crimen en sí mismo. Y debe ser considerado como tal.  De manera que haya un resorte judicial, que no permita que las sanciones administrativas o las inhabilitaciones especiales para conducir, se transformen en una afrenta. Porque a esta altura de la civilización, que se dude de si es un atenuante o un agravante, resulta un insulto para la gente.


El congreso de espaldas:
Unos señores legisladores, prueba ejemplar de la democracia, ¿podrán prestar atención a la agenda de la gente? Como sociedad, como país, tenemos que tomar una posición. Porque estoy seguro que dejar sin castigo a quien comete un acto, de esta naturaleza, me refiero  a un castigo que ponga por lo menos el acto criminal en la escena, es necesario.

Los muertos nos miran en silencio. Esperan de nosotros y todos nos hacemos los distraídos.  La muerte es un hecho real, concreto y con consecuencias en la sociedad.
El estado de ebriedad, que subyace a un homicidio culposo, no lo borra, no lo cambia. Si la respuesta como sociedad es que “hay que cambiar la ley” y luego no pasa nada, entonces esperemos no estar en la línea de paso de un conductor alcoholizado.
Esperar a que la ficción del derecho, establezca entonces, luego de que el legislador exprese en forma de ley, la voluntad de los representados y que esto no suceda, cuesta miles de vidas. Miles de chistes de mal gusto.


Por eso se me hace pertinente repasar: ¿quién tiene que ser el que muera, o el que mata, para poder dar respuesta a este “vacío” legal?
Y cuando pasará esto, de manera de ver si logramos, que en la atareada agenda de los legisladores, a alguno se le ocurre, que a lo mejor esto, ayuda a la gente. Por lo menos a las víctimas, que serían menor en número, si alguna vez alguien, que mató a otro en estado de ebriedad, va preso, por lo menos durante el proceso.

martes, 12 de febrero de 2013

Celebra la Vida

Hay una edad de la vida, que las cosas comienzan a perder el brillo, producto pienso, del paso del tiempo, que nos va esmerilando los puntos por donde Dios nos regala la oportunidad de tocar, aunque sea por unos instantes, la magia de la vida.
Así vamos con el paso de los años, perdiendo sensibilidad a la gracia que es ésta, nuestra vida, nuestro momento del universo. Ese lapso de modesto tiempo que pasamos y protagonizamos nuestro rol y el del universo. Somos, en el devenir del tiempo, el objeto que iluminan el sol y las estrellas y destinatarios de la luz que nos regala la luna. Algo así como el fin último de todo cuanto sucede.
Sin embargo producto de lo social y lo educacional, terminamos por tomar el día a día como un devenir implacable, como una reiteración de rutinas.
Cada minuto se ha ido del espacio de lo sensible y gana la escena el afán de tener unos seguros vitales, incorporados como indispensables,basados vaya uno a saber en que creencia, firmemente arraigada en nuestra cultura.
Mientras más nos acercamos a ser adultos maduros, menos percibimos los detalles. Somos más sordos. Las texturas ya no impresionan nuestra piel. Y las manos toman torpes lo áspero y lo terso.
Hay ocasiones en que el mundo nos dá una buena sacudida. Nos pone a vibrar en su máximo esplendor. Nos demuestra que la vida es mucho más que nuestro pequeño devenir y que tiene para ofrecer sin importar quienes seamos, que edad tengamos y cuanto poseamos, mejores cosas que las apocadas ilusiones de nuestra consciencia presente.
Mi hija tiene trece años recién cumplidos. Estaba en casa. Se desencadenó una lluvia, acaso una tormenta.
Entonces algo en ella fue tocado esa noche, en su cuarto, por esa lluvia y escribió esto que recibí en mi teléfono y que  a continuación publico. Lo hago por compartirlo. Por honrar lo bello, lo bueno.


Era una clásica tormenta de verano: calor, viento y agua cayendo desde el cielo muy rápidamente. La noche estaba muy calma, se podía oir perfectamente el agua caer y distinguir el sonido de cada gota chocando contra el piso. Cada tanto, se escuchaban los autos pasar sobre el asfalto mojado, un ruido inconfundible para aquellos que lo conocen. Juntos, estos sonidos formaban una hermosa armonía que adoraba escuchar.
De repente me sentí aturdida, ya no soporaba mas ese ruido tan calmo, necesitaba silencio, silencio absoluto. Pensé en dormir, en perderme en mi sueño libre de alboroto, en refugiarme en mis pensamientos. Así fue que sali del balcón camino a mi cuarto, a mi cama, a mi lugar de sueño. Sentía que el ruido me perseguía a todos lados, no sabia que hacer, pensé en hablar con mi hermana, pero me tildaría de demente, o mentirosa, ella no lo entendería, nadie lo haría. No recibiría ningún tipo de ayuda, así que decidí seguir con el plan original, descansar. Al llegar a mi cama, no dude en acostarme. No me importaba la ropa incomoda, ni las zapatillas ensuciando el cubre cama blanco, yo solo quería dormir.
Al ver que era imposible por tanto ruido, empecé a llorar, no hacia nada, tan solo lloraba. Me habia cansado de pensar, me había cansado del ruido. Vi la lluvia a través del ventanal de mi pieza y el ruido se hizo mas y mas molesto. Ya no sabia que hacer. Me tire al piso y recordé la voz de mi abuela cuando mi abuelo falleció, siempre decia que todo iba a estar bien, me tranquilice, y alli, en el piso, deje de llorar, solo quería que se detuviera.
Después de lo que parecía una eternidad, todo se calló. De repente no había mas ruido, no mas molestia. Solamente silencio. Desde ese entonces, nunca mas me sentí aturdida, nunca mas oi mas de lo que quería,
ni mucho menos. 


Agustina Selser

Como yo lo siento cuando lo leo y la veo tan pequeña y tan bella, cuando la leo y siento que lo hace mucho mejor que yo, cuando me moviliza la interioridad al punto de sentirla viva, compleja, profunda y transparente, entonces siento una vez más, la vida viva, la vida plena.
Aquello que entro como un mensaje de texto, parecía un mensaje de Dios:
"CELEBRA LA VIDA".

Gracias hija mía.
Te amamos
Tus padres.

jueves, 24 de enero de 2013

Me cuesta comprender.


Salgo en las mañanas.  Veo a la gente en sus afanes. Caminan. Todos determinados. Todos en sus atuendos y cada uno y cada quien tan acertados. Tan elegantes. Como gobernados por un propósito los veo conducirse. Van de aquí para allá. Llevan sus miradas, sus pasos firmes. Sus ventanillas arriba o abajo. Algún bolso, alguna cartera. Zapatos bajos, altos, zapatillas. Ropa ajustada, cómoda. Cada uno a su tiempo y todos a un ritmo. Los semáforos. Las caminatas. Los ómnibus. La gente subiendo, bajando. La luz y los tonos de una ciudad en marcha. La música incesante y característica de la ciudad y su nombre. El olor. Los aromas, marcando las horas: humeantes chimeneas.Caminatas. Auriculares. Teléfonos. Alguien parece estar hablando sólo. Prorrumpe en carcajadas. Atrae nuestra atención. Advertimos el auricular. Motores. Calma. Bramido. Otro semáforo.
Voy a los días y los días vuelven a mí. Voy a mis tareas y las tareas me esperan. Algunos días la rutina me ayuda. Otros días me juega mala pasada y la peleo. Peleo en la pregunta: ¿que estoy haciendo?
Este mundo, mi modesto mundo y todos los mundos de los que formo parte y me conforman, van en su armonía cadente, ruidosa y silenciosa.  Recordando en pocos momentos que hay mucho más allá de este aquí y ahora que me sujeta e infinitos mundos similares pero con dimensiones diferentes. Hay veces que en mis marchas me puedo detener y observar. Veo a alguien caminar por las enormes veredas y su insignificancia e indiferencia. Andamos marchando en la ciudad, rodeados de edificios, por veredas, entre calles. Cada algo que nos rodea es enorme. Un auto es una maravilla mecánica. Y entonces me imagino que es un carruaje y me hace antojo ver a nuestros antepasados marchando encima. Y me imagino yo lavando el auto o llevándolo a lavar. Y un señor en camiseta y tiradores lavando un carruaje. Un joven en un auto con la música a todo volumen y orgulloso. Pretendo entonces unos señores hablando del linaje de un caballo y su rendimiento.
Veo las luces y me imagino al farolero encendiéndolas cada noche. Y los diarios y el imprentero afanoso acomodando los tipos.
Al ver mi indiferencia, cuando me detengo, imagino el trabajo de ingenieros y albañiles y arquitectos. Intento capturar ¿cómo fue posible hacer un edificio? ¿Cómo logaron que sea bello? Que nos guste, que nos sea útil, que nos abrigue.
Mi tiempo y otros tiempos. Mi instante y el de tantos otros. Entonces me pregunto qué estará pensando alguien que cruza por la calle. Me hace curiosidad cuál será la razón de sus insomnios. ¿Los tendrá? ¿Quién lo espera por las noches?  ¿Prepararán en su casa una mesa y se sentarán alrededor y conversarán acerca del día, intercambiando anécdotas y vida?  O comerá sólo, rápidamente y se esconderá en un libro, la tele o la cama. No quedan muchos libros ni lectores.
El otro día esperaba. Esperaba y fumaba. Un joven en la calle toca el violín a la gorra. No me di cuenta de que estaba. No lo vi. Estaba en mis asuntos. Con la mirada llevada a objetos de mi pensamiento. De pronto el violín se me metió por los oídos. Y comenzó a tomar espacios sin siquiera yo dame cuenta. Pasó, me imagino, muy poco tiempo y el sonido de la música del violín había impregnado mi pensamiento. Un profundo “todo violín” se apoderó de la escena. Y me llenó de sentido el momento. Se me presentó mágico. El sonido del violín, la melodía se apoyaba en una dimensión desierta y aletargada de mi espacio de pensamiento. Y me di cuenta que la melodía venía a nombrar ese vacío. 
Entonces al atardecer las noticias. La televisión. Los que informan y como lo informan. Lo que es noticia. Lo que se hace noticia, novedad. Tema, tapa. “Urgente”. “Último momento”.
Nos ametrallan de “malas noticias” y luego dicen, que las cosas pasan y que ellos son solo responsables de exhibirlas. Una ingenuidad inaceptable.
Entre el farrago de información de cosas que pasan. De las inagotables autopistas de la comunicación, me formo una idea de un mundo vertiginoso. Un mundo lleno de objetos feos. Exacerbados por pantallas, mail, internet radio. 
El sentido de la estética puesto en cuestión. El sentido de la ética apocado, agrisado y raído en discursos falsos. Mentiras maquilladas. Después retomo. Valor. Precio.  Valioso. Y no. No tiene nada que ver.  Si advierto que hay un valioso social. Y ese valioso social está alejado de esas personas comunes.
Veo a la gente que es el latido esencia de esa cosa viva que es mi ciudad  y en ninguno puedo reconocer atributos exteriores de valor o disvalor. Sin embargo verlos es inspirador. Reconocerlos a diario saliendo a “hacer” la vida me obliga  a imitarlos y su tenacidad y optimismo y alegría me contagian.
Pero debemos estar mal. Ni matamos, ni pudrimos ríos, incluso nos olvidamos de la última versión del soft del teléfono. No producimos nada masivo. Exceptos sueños, anhelos. Tenemos pretensiones  modestas: que no llueva, que no haga demasiado calor, ni tanto frío. Que nuestros hijos sonrían, que crezcan sanos, que no los lastimen. Pretendemos un hogar y le llamamos casa. Queremos poder hacer lo nuestro cada día.
Por eso me confundo. Por eso no entiendo. Somos tantos, cantidades a todas horas. Hacemos la vida de nuestro esfuerzo. Caminamos las horas y agregamos a cada cosa que hacemos algo de nuestro ser, que va más allá de nosotros. Lo hacemos con alegría. Lo hacemos felices. Pedimos que nos dejen hacerlo.
Del otro lado y muy lejos, mientras tanto,  hay unos señores que no sé quiénes son, que se nombran como si fueran de nuestra pertenencia y salta a la vista que a nosotros no se parecen en nada, hablan en sus difíciles palabras y palabrean un mundo. Ese mundo del que hablan, no se parece en nada, a esas mañanas en las que salgo y me encuentro con la gente. La gente común. La del mundo real. Intentan confundirme. Por un instante me pierdo. Entonces, cierro los ojos. Viene a mi alguna melodía, se acompaña de una imagen: por suerte todo es de mi mundo, el que habito, el mundo en que estoy con esos otros, que hacen que todo valga la pena.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

UNA MUERTE VIVA


¿Mi propia muerte?

Eventos de una vida común y silvestre. Pasados a la forma de persona afectada y conmovida, me ponen sobre el tema de la muerte.
Si tuviera que prepararme para mi propia muerte, debiera comenzar por preguntarme ¿cómo llegar allí? Por empezar quiero llegar enfermo. Con una biología que vaya indicando el fin del ciclo de la carne, dando lugar a alojar, que este cuerpo, a lo mejor envejeció y es hora de dejarlo ir. No lo  podría afirmar, pero de poder preferir, preferiría que esta enfermedad no me deparara dolores innecesarios. Me propongo llegar con alguna dignidad, con lo cual, supongo que alojare la enfermedad y creceré con ella, pero sin entablar batallas innecesarias. Detesto las cosas fuera de programa y las sorpresas. Ahí reside que no quiero irme de aquí súbitamente, con la agenda cargada de cosas y con pendientes por hacer. Irse prolijamente, sin escándalo, serenamente. Para ello es menester que esté preparado. Preparar implica un plan y un evento bien planeado, requiere de previsiones. Así me dispondré a listar algunas cosas, lista ésta provisoria, que sin embargo me permitirá, ir dándole forma a ese momento.
 
Para empezar tendría que pensar en donde poner todo ello.  Supongo que, como corresponde, bastará un morral, que me proveerá el espacio que necesite. Ocasionalmente podría ser un bolso. Aunque le llamaré zurrón. No pienso que necesite más. Una valija sería inconveniente y pesada y la sola idea me genera como un “mucha cosa”.
Cómo me imagino?  Me imagino yaciendo en una cama. Plácidamente. Sin melancolía.
Aceptando lo que me ha pasado y lo que estaría pasando.
Sin arrepentimientos. Se habrá hecho lo que se ha podido.
Me imagino libre y a todos librados de estar por otra razón que el amor, en ese momento.
Me sentiría aliviado. La inmortalidad me resulta insoportable y las alternativas de mi vida, generosa y atractiva, también son agotadoras, con lo cual no estoy seguro de que sea sólo el cuerpo el que quiera descansar.
No creo que llegue huyendo. Pero quien sabe. Sin embargo he afrontado la responsabilidad en cada momento y no me ha pesado, sabiéndome allí al siguiente día, con lo cual, por que preocuparse, si ya no estaré.
Pretendo no ser una carga para nadie. Espero poder solventar mi propia existencia y mis últimos años. No me molesta la idea de ir a vivir, en el final, en un lugar donde, sólo sea una carga de trabajo para unos extraños y no para mis seres queridos. Espero no ocasionarles gastos. Ni disgustos, ni recargas, ni tortuosas responsabilidades. 
Debo reconocer que no me convence la idea de morir en mi casa, en mi cama, ni rodeado de mis seres queridos.
No pretendo morir en los brazos de nadie, ni que lo que fuera mi hogar, se transformara en un moridero, mucho menos si queda alguien después de mí.
No me gusta la forma nostálgica impregnada en las paredes, de los muertos resistidos.
Debo reconocer que no me importan las materialidades de mi identidad. No me convoca la idea de pensar en qué será de mis cosas cuando ya no esté. Esas cosas tienen de mí algunas particularidades y prefiero que se fueran conmigo. El “mi” que esta en ellas será de mi recuerdo, en cuyo caso, ya no tienen, ni revisten ningún valor para mi. Es decir que una vez que me hubiera ido a morir a donde corresponda, también me habré librado de ellas y de la responsabilidad de cuidarlas.
Por último y antes de listar mis necesidades, parece pertinente declarar que la muerte para mi, no tiene un dejo devorador, ni final. No me invita a fantasmas, ni deudas, ni pecados irredimidos. Respecto de lo que pasa luego con mi alma. Es una reserva que me voy a permitir. Tengo alguna idea, pero la misma será la apropiada dimensión de lo íntimo y como tal también se ira conmigo.
Pero,  si necesitara un recuerdo agradable, echaría mano  al último día de séptimo grado. Recuerdo que lloré hasta el agotamiento. Como siempre pasa, aprendí el afecto que le tenía a ese espacio de mi niñez, solo cuando lo dejaba.
Si me dijeran que llevara un libro, me llevaría “el amor en los tiempos del cólera” y la “ética nicomaquea”.
Si tuviera que llevar música, me llevaría Joaquín Sabina, pero además un disco de pasta de mi padre:  “Tangos de Agustín Magaldi”.
Si tuviera que llevar una foto, me llevaría alguna de las fotos en la arena, mis hijos, mi esposa y el mar suave detrás.
Si tuviera que elegir una postal, me llevaría el atardecer plácido, con el sol de oro, tapándose despacio, silencioso en el mar y un café cortado y sándwich de jamón y queso, que Nelly haría con amor, para nosotros, mientras los chicos y sus amigos nadan en la pileta, indiferentes de ese milagro.
Para los momentos de sobria tristeza, la ausencia de mi padre cuando me hice médico, o cuando nacieron mis hijos
Para cuando me asalte el miedo, las manos de mi abuela firmes como cadenas, tomándome en su regazo,  aventando lo despiadado de la muerte.
Para cuando se me pida fortaleza, mis hijos, que intenté todo el tiempo, que no se me notara lo frágil que me ponen.
Cuando se me requiera dignidad mis logros, mis faenas, mis tránsitos.
Si me hablaran de oscuro y pronósticos… El optimismo de los momentos de incertidumbre y la esperanza. No puedo evitarlo, el futuro se me presenta siempre mejor.
Para contarle cosas íntimas: Cristina, aunque esté ausente.
Para estar con otros el Oso y Perón. Ellos saben.
Si me hablaran de un lugar, la quinta, bajo el árbol, los incontables domingos de café y licores después del asado.
Unas palabras para los chicos… Los amo sean felices, lleguen más lejos, mejor,  para que todo cobre sentido.
Unas palabras para Ceci, sos la mejor persona que he conocido!!!! 
Para mis hermanos, cuídense. Los quiero.
Si tuviera que decir de mis trabajos les dejaría esta frase:  “por fin los entrego involuntariamente a alguien que seguro lo hará mejor”.

Pero a la vida le quiero decir gracias. Gracias por cada lágrima, por cada alegría, por cada sorpresa.
Gracias por permitirme advertir, sutilmente, que hay cosas que me pertenecen y están allí en el mundo.
Gracias por dejarme salir de mis miserias, de mis vanidades un poquito hacia afuera.
Gracias por privarme de cosas y gracias por todo lo que me sobró y me da pudor.
Gracias por sacarme la ceguera de la vista y devolverme el sentido de lo verdaderamente valioso, lo esencial.
Gracias por mi sino, por mi nombre y mi destino. Espero no haberte fallado, distraído en las torpezas de mis mezquindades.
Gracias por el tiempo y la época que me tocaron, y por el tiempo y las épocas que pasaron y no vi y las que vendrán después de mi.
Gracias por darme la oportunidad de un adiós, un descanso y nuevamente anonimato.
Gracias por quitarme los pesos del vivir y devolverme a lo ligero, lo vago.
Gracias por verme en ellos y no verme en otros.
Gracias por estas palabras que soy capaz de narrar,
aun cuando sé, que tengo que seguir viviendo.

martes, 20 de noviembre de 2012

Palabras


Hay palabras viejas. Hay palabras envejecidas. Hay palabras desteñidas, palabras impropias. Después están las otras, las modernas, las dichas a velocidad, las que esconden el imperio del sin tiempo.
Hubo un tiempo de palabras valiosas. Escritas para dar testimonios a otros.
Hay obras de arte completamente hechas de palabras y hay algunas obras penosamente célebres en la boca de ciertos personajes.
Hay palabras para todo y para cada cosa. Hay palabras para las ocasiones, de las ocasiones.
Hay palabras sagradas. Hay palabras para los paganos.
Hay palabras suaves, dichas en susurros. Hay palabras del amor, del sueño, y palabras de la tristeza y la melancolía.
Hay palabras que abren caminos y palabras que son muros. Espantosas las hay. Aquellas de lo oscuro, la muerte y la injusticia.
Hay palabras de Vida, de libertad, de ampliar, de multiplicar.
Hay palabras de repetir, de insistir, de copiar.
Hay palabras que valen mucho y otras que no valen nada.
Hay palabras escritas, dichas, pensadas, inmortalizadas.
Hay palabras golpeadas contra el piso y hechas trizas. Palabras que no salieron jamás de la boca, palabras hay también, que jamás conocieron papel ni oído.
Hay palabras para dormir, para despertar, para caminar, para correr.
Hay palabras comidas y otras carcomidas.
Hay palabras blandas, suaves, duras o rígidas. Hay palabras livianas. Hay palabras desnudas. Hay palabras ampulosas. Hay palabras bellas y otras feas y malolientes. Hay palabras contentas y enojadas. Hay palabras que sanan, otras que hieren. Hay palabras con puntas, agudas frías. Hay palabras secretas. Otras que esconden. Hay palabras mímicas, pose, mueca.
Hay sinceras, honestas, profundas. Hay palabras que flotan y otras que se hunden y nos hunden con ellas.
Hay palabras nosotros. Hay palabras mío; hay palabras nuestro. Hay palabras muchos, pocos, nadie.
Hay palabras amor, te quiero, vida. Hay palabras violencia, te odio, muerte.
Por fin están las palabras por venir.
Aquellas que no he nombrado y quieren decir, que aún espero.
Aquellas que devuelvan las palabras antiguas.
Que las pulan, les devuelvan el brillo.
Aquellas del porvenir, de lo noble, lo humano.
Las palabras del mundo, del todos, del bien.
Las palabras del amor de los amantes.
La palabra de la pasión, la inspiración, el cielo.
Palabras de fuego, de calor, de sueños anhelados.
Palabras de hombre justo, libre, sano.
Esas palabras forjadas en las almas, que una vez
iluminaron caminos.
Esas palabras, marcas a seguir en el devenir de la vida,
arcilladas de alma y olvidadas.
Esas palabras se encuentran hoy ausentes...

 

domingo, 4 de noviembre de 2012

¿Qué es lo humano?



Nos preguntamos ¿dónde esta lo humano del hombre….? Lo reclamamos sin saber, acaso porque intuimos,  que la pregunta incluye una inquietante angustia. Ponerlo en pregunta nos ubica sobre si está efectivamente en nosotros. Pero además con qué intensidad. Es atributo lo humano del hombre y está preguntado, por ser suave… en realidad puesto en duda.

¿Por qué? ¿Cómo se ha borroneado? Que elixir hemos estado ingiriendo, que de a poco, ha deslucido el brillo de nuestro rasgo de identidad más conspicuo: nuestra capacidad de humanidad.  Algo del orden de nuestra naturaleza. Me refiero como esencia y propiedad característica. Si es de nuestra naturaleza también entonces nuestra propensión e inclinación.

Nos metemos en el día a día de nuestras vidas. Nos vamos moldeando con lo social a lo que aportamos  y tomamos de ello. Somos solos, vacíos, grises. Reclamamos una y otra vez de los otros la falta de humanidad,  a un afuera que, en lo narrado, no nos incluye. Nos topamos con nuestros propios límites.  El límite que nos pone en la discordia de tener que seleccionar entre dos caminos: hacer el trabajo por lo humano y propio de nuestra responsabilidad, o aceptar el mundo como algo no existente, como si no fuera construido por todos y donde el cada uno de nosotros, formando parte en nuestro consentimiento,  arroja eso que, como resultado, nos genera displacer, pero sólo por momentos. No podemos reconocer por qué hay algo allí que no se comprende.  Hacen lo indecible y nosotros aportamos nuestra propia indiferencia para llegar a tener esa falta de sentido entre lo que vemos en el mundo y nuestra propia impronta en ese mundo.

El mundo habitado.  

¿Por qué soy hombre?  ¿Por qué soy humano?  Y ¿cuáles son las dimensiones de la humanidad en mí y en los otros, a los que veo inhumanos?

Se me hace pronto la idea que soy hombre por cuanto soy vivo, pero ello no me diferencia de los animales y otros seres vivos, tales como  plantas y otros seres. Es decir la vida y el movimiento lo son en común con los animales. Me diferencia de los animales que el instinto  en mi es un vestigio, un recuerdo que me pertenece, pero no convoco. Soy capas de razón, intelecto, de juicio moral y libre albedrío. Soy en el ser subjetivo, una cantidad de ideas de las que puedo dar cuenta y trasmitirlas a otro, incluso por generaciones.

Cuando pienso en la palabra hombre, me es imposible abstraerme a la pregunta: ¿de dónde vendrá esta palabra? La etimología nos va a arrojar al origen  latino de la palabra, y homo y humus son extremadamente cercanas. El hombre es el de la tierra. Pero no que “es tierra o viene de ella”, como  en la religión judeo-cristiana en el génesis. De hecho luego los romanos entierran a sus muertos, para ratificar que de la tierra venimos y allí terminamos, dando cuenta del ciclo de la vida; sino como “los de la tierra”, los que habitan la tierra, en comparación con los dioses que viven en los cielos.

Así, esto nos pone en que soy hombre por que soy distinto de Dios. Soy imperfecto, Mortal.
Una suerte de estar en el vértice exacto de la vida en términos de nuestras construcciones biológicas, pero debajo de un ente superior perfecto, infinito, inmortal. Eterno.

Decir por que soy humano se me hace más difícil. Necesito algunos elementos que me permitan discernir rasgos de identidad inequívoca.
Me enredo en cuestiones que paso a detallar, por puro repasar, de manera de poder encontrar una respuesta provisoria.
Soy humano porque tengo vida… No.  Hay otros seres que están vivos. De manera que es un principio que se aplica  a los dos conjuntos así que no puede ser distintivo.

Para Sócrates el rasgo de humano lo daba la virtud. Y la virtud era asumida como el saber actuar bien. Este ser racional, puede dar cuenta de su vida de manera racional, cuando la misma es escrutada sobre sí misma. El hombre se encuentra en permanente búsqueda de sí mismo.

Para Platón lo real y humano era el alma. Que era contenida en un cuerpo sensible. El camino del hombre era en definitiva, su compromiso en dejar el mundo de los apetitos y lo librado en el cuerpo. Cultivar su inteligencia y rescatar a su alma en busca del ascenso a la perfección. El mundo de lo inteligible.

Para Aristóteles la cuestión pasaba por una reunión de los dos elementos, pero sus conclusiones me confunden un poco más. Aunque debo reconocer que sus conclusiones sobre la vida virtuosa se me hacen un poco más satisfactorias que las que me ofrece Sócrates.

Aun así, no puedo terminar de comprender. Estas definiciones de personas ilustres que ni siquiera sé si comprendo cuando leo sus trabajos, me satisfacen, por cuanto en el mundo de las abstracciones no logro explicarme, ¿qué me hace humano?

¿Qué será en mi humano? Pienso… ah!!!  Mi capacidad de amar.

¿Qué es amar? Aquello que Fromm decía respecto de cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento? Luego intento ordenar mis ideas. Si no me amo a mi mismo es imposible amar a alguien más.  Pero puedo trabajar lo humano en mi, ¿pensando en mi? Es obvio que lo humano tiene que ver con otros. Unos otros legítimos. Completos. Como yo. Simétricos, iguales y capaces de las mismas alegrías, los mismos apetitos. Las mismas aspiraciones.

Sí, amarme a mi mismo, ya que nadie podría ofrecer algo que no tiene. Pero además que esté en disposición de amar a otros. Hay personas que se quieren y mucho, pero: ¿son incapaces de amar a otros? No. Sólo no se encuentran en disposición. El amor es una fuerza que encuentra en su función, amando a otros, su combustible humano.
Pasemos en limpio. Amar es humano, pero lo es en referencia a otro.

Le pertenece a lo humano la necesidad de justicia. Al hombre se le presenta de inmediato y de manera nítida el sentimiento de injusticia, cuando ella se hace presente.
Hay un rasgo de identidad indiscutible: la sensibilidad. Esa cualidad por la cual un ser humano puede interesarse verdaderamente, de manera nuclear por lo que le pasa a otro ser humano. En un compromiso profundo de su ser con ese otro que está padeciendo o sonriendo y puede compartirlo. Esa posibilidad de ser conmovido es en sí misma humana.

Es humana la libertad. La propia y la ajena. Siento en el hombre una vocación de ser libre y ofrecer libertad a otros. Como una convicción muda. Inmanente. Libertad en términos de voluntad y acción.

También pienso en la incapacidad del asombro. Luego reflexiono sobre la capacidad de maravillarse. Esta posibilidad de asombro, tan peculiar en los niños. Se presenta sin ropajes y es tan bella. Es en esa ingenuidad que aparece lo humano como capaz de captar lo maravilloso del universo. Lo que nos hace tan pequeños frente al mundo y tan grandes ante otros.
La ética le pertenece a lo humano del hombre, probablemente de manera contundente. Me refiero a la oportunidad de tamizar sus acciones, respecto de unos juicios, que le permiten accionar en el mundo real de una manera y no de otra. Y en esa manera de acción, intentar ubicar un equilibrio, un actuar virtuoso. Pero siempre ordenados por el bien, que en palabras de Aristóteles es el fin al que todo tiende.

Merece particular atención la esperanza. Ese estado en nuestro ser en el que se nos presenta como posible, aquello que esperamos. La esperanza es la expectación del bien. Es un estado de  espera en lo que está por venir puede ser lo bueno, lo mejor.
Es diferente del optimismo, que podríamos enunciar como la disposición de nuestro espíritu para captar lo más favorable de las situaciones.

También es humano el arte en sus distintas manifestaciones. Arte como expresión de lo humano, de lo perteneciente a lo perfecto, hecho manifestación en el hombre.
Y por último, pero provisoriamente, considero propio de lo humano su noción de muerte, de finitud, de potencia parcial. Reconozco en lo humano la capacidad de sobreponerse a esa idea. Y aun así, sabiéndose mortal, cuidar a sus hijos, realizar reflexiones, construir su vivienda, su vestido, procurar un bienestar, ser capaz de amar, de cantar, sólo o acompañado y reír y escribir un poema y ver más allá de esa condenada vida actual, un futuro esperanzador al que se va con optimismo, para por fin, arribar a una muerte y dejar detrás de sí, rasgos de sí mismo a través de su descendencia y de las cosas pequeñas o grandes que habrá hecho, con una noción abstracta radicada en un sistema de valores, que van trascendiendo de generación en generación, los que terminan siendo principios, siendo estos rectores de conjuntos, universos más allá de la vida de ese humano.

 La actualidad y el hombre. La humanidad de lo actual

¿Esta es una época humana?

Imagino que si tomáramos a personas y les preguntáramos, con más o menos tiempo y de manera más distante o más aproximada, dirán que estos enunciados anteriores son humanos, incluso me imagino que listarán algunos mas, que pude omitir, incluso clasificaran por prioridades según sus propias creencias algunos de estos y otros.
Sin embargo si está claro que la actualidad y la humanidad no son parecidas en nada. El mundo actual demuestra como, lo que más luce, no es precisamente lo mas humano del hombre y la brecha profunda que se produce entre la humanidad y la actualidad.

Así vamos por el mundo intentando comprender nuestra desazón al ver cuan poco de nosotros esencia, va en el mundo. Somos una presencia fantasma. Tratando de soportar la invitación permanente a no recordar nuestra identidad. Empujados en marquesinas y bisutería a incorporar una identidad vacía. Muerta. Como los objetos que nos ofrecen.

Con el tiempo vamos perdiendo incluso el nombre de esa sensación gris, diagonal, sofocante y vacía; instalada en nosotros desde afuera, esforzándose desde dentro, que hubo un tiempo atrás, nombrábamos melancolía.


Copyright  Peregrino Selser

martes, 30 de octubre de 2012

¿Sómos Privilegiados?


Privilegiados… ¿Somos?

Me cuesta tomar posición sobre lo que nos ha ofrecido el desarrollo. Me refiero a los tiempos actuales.

Es sorprendente ver los cambios que se han producido en el ancho mundo de nuestro tiempo. Podríamos comenzar por establecer una diferencia entre la época pre ochenta y post noventa. Nos apoyaremos en estos puntos por el impacto que reconocemos sobre el fenómeno de las comunicaciones que aportan el desarrollo de la telefonía móvil y la expansión de internet. Ambas muestran esbozos en los años ochenta y se expanden a partir del noventa.

Me cuesta encontrar algunas dimensiones sobre las que podamos reflexionar. Al respecto pienso y es obvio que estos dos desarrollos nos han ensanchado el mundo. El mapa ahora  acorta su distancia con el territorio porque el acceso a internet a generado una verdadera incisura en el acceso a los conocimientos de las más atesoradas piedras filosofales, por cuanto una de las formas de reservar secretos, de aprisionar conocimientos, fue la distancia geográfica, la barrera cultural, los recónditos desarrollos, los accesos privilegiados. Es obvio que internet representa la caída del muro que se erigió durante siglos a los misterios del desarrollo de los conocimientos. Antes reservados para pocos. Antes reservados para algunos lugares. Antes publicados en papeles de circulación restringida.  El tiempo de los intercambios se ha acelerado. Nos encontramos ahora en una verdadera montaña rusa global. La información circula de manera homogénea a todo el planeta casi de forma instantánea. En los sistemas más desarrollados del mundo el correo tenía su propia cadencia y conseguir a alguien en un teléfono era cuestión de medios y disponibilidad de personas. Lo que limitaba en definitiva ambas variables. Hoy estamos literalmente posibilitados con hablar con quien quisiéramos a la hora que fuera en cualquier lugar del planeta. Me pregunto que será del correo formal, aquel de la gráfica manual que comenzaba con una salutación estándar, y un montón de decires trasmitiendo en el escrito, mucho más que el mensaje. La correspondencia epistolar nos ponía frente a un conjunto de nociones devenidas de la misma gráfica, la caligrafía, la prosa, la semántica. Hoy todo eso parece imposible y el mundo circula  a una velocidad tal, que hasta aparecen mensajes al pie de los e-mails recomendando no imprimir, en un esfuerzo ecológico, aquello que no fuera necesario. Nos hemos transformado en virtuales. Hemos pasado a la era digital.

Así la humanidad se encuentra hoy en el vértigo de lo exprés. Lo breve, lo veloz. Y en ese ritmo desenfrenado todo se desarrolla a la par. Los trabajos ya no son trabajos, las cartas ya no son cartas, los llamados ya no son llamados.

La tecnología, el conocimiento aplicado, ha ido montada en este maremágnum de velocidades multiplicadas por la disposición de información. Y aparecen carreras tecnológicas enfermantes. No hay nada en el escaparate de las ofertas, del modelo de consumo actual, que no sea viejo. Todo está en un  punto medio donde es lo mejor disponible aunque se está fabricando algo que dejará obsoleto cualquier avance logrado. Una locura.

No puedo tomar posición. Me cuesta. No estoy seguro. Agradeceremos los logros en comunicación? Enfermaremos de hiperconectividad? Estamos multiconectados y cada vez más lejos. Más distantes. Más mediatizados. Tomando distancia de lo que, de nosotros no dicho, iba en las cartas, en las elegantes grafías. En las lágrimas y sollozos de los amantes. Escribimos en base Arial 12, A4, justificado, autocorregido. Homogéneo estático impersonal. Se han  desarrollado tecnología y por satélite perseguimos las ballenas, en la desproporcionada cacería ahora hay en los furtivos elementos más eficientes. No podemos parar el calentamiento global. Provocamos la lluvia con cohetes y ahora los utilizamos para desencadenar sequía en los países vecinos sin hostilizar nada. Simplemente lanzándolos sobre nuestros territorios. Transformando en lluvia anticipada las esperanzadoras nubes.

No estoy seguro. Desarrollamos medicamentos eficientes. Mejores, más caros. Tenemos tecnología más precisa para poder diagnosticar antes y mejor a los pacientes. Pero en África subsahariana es lamentable ver como el sida infecta a más del 30% de la población, mientras unos señores debaten si se deben o no dar de manera gratuita los medicamentos para tratar la enfermedad.

Cómo estar seguros? La concentración genera una gran asimetría. El 80% de las riquezas en el 20% de las personas. O el ochenta por ciento de los habitantes del planeta excluido del sistema de la economía global. Marginados.

La modernidad nos trae avances, nos promete mejores estándares de vida. Pero para qué? Para quienes?.

Yo le quiero dar gracias a la tecnología y la ciencia que le permite al mundo algunas mejorías y me deben una respuesta sobre basurales, contaminación, marginación, pobreza.

Yo no quiero basureros por el mundo. Ni marginar lo malo. No que lo feo que se haga en los países periféricos. A mi no me gusta y me lo debe la modernidad una explicación sobre los efectos cancerígenos de las cosas que mejoran los rendimientos de las verduras y las carnes.

No estoy seguro… el gps me ayuda? A desvastar los mares? A cazar animales… No llegamos. No podemos esperar a pintar de rojo las pieles para aprender a defender la fauna. Y que los graciosos iconos de la moda dejen de usarlas.

No estoy seguro… hay información instantánea y no hace tanto hubo dictadores y unos señores mirando para otro lado haciéndose los distraídos.

El entretenimiento es una factoría de productos parecidos, industrializados. Se nos va la vida intentando comprender nuestra soledad, nuestra tristeza, nuestro vacío. Nos ofrecen llenarlo con productos chatarra. Nos llevan de vacaciones a los mismos lugares. Repiten semana a semana, contingente a contingente la misma rutina.

No estoy seguro. Me parece que no. Que no quiero un agua cristalina, contaminada río arriba, por unos señores, que nos contaminan las napas y ni siquiera viven aquí.

Unos chicos cartonean en mi barrio. Me miran y los miro. Y nos conectamos en las miradas. En las injusticias acalladas. Ellos descalzos. Yo sin frío. Me aterra saber que no pudieron elegir. Que formamos parte del mundo que los pone desvestidos, desposeídos. Soy un anestesiado más.

Luego pienso… que le debo a la modernidad? No estoy seguro se me hace que poco.

Que me debe la modernidad?
Un hombre nuevo.
Un hombre más humano, más justo.
Un hombre digno. Digno de Humanidad.