domingo, 10 de noviembre de 2013

Me encontró la vida


Me encontró la vida.
Todas las noches, luego de apagar la luz. Todas las mañanas,  en cuanto abría los ojos, antes de levantarse. Ensayaba una oración. Era su momento de reflexión. Una especie de apertura de comunicación con el universo y el Dios en el que él creía.  Sus rezos tenían un momento que repetía casi de memoria. Desde siempre. Los hacía de manera automática, rítmica. Un mantra que siempre lo acompañaba. Sin embargo, era al final de ésos rezos, que abría una conversación de espíritu. Solitaria. Serena, cuando podía. En ella recorría sus intereses. Aquello que le inquietaba el ánimo. Aquello que le sobrecogía y lo llevaba al sueño o al día tomado por alguna preocupación. Esperanzado a la noche con un “se va a arreglar. Al final todo se arregla”. Levantándose pensando “que termine hoy. Que se acomode”. En esos repasos, era puntilloso en agradecer. Agradecía el día pasado, el día por venir. Se sentía privilegiado, por cuanto le había tocado. Agradecía su salud. El bienestar de aquellos que amaba, de los otros. Pedía prosperidad para todos.  Celebraba poder elegir que comer, con que vestirse, el techo sobe su cabeza y sobre sus seres queridos. Cuando tenía un pendiente convocaba a la luz, para que ilumine su corazón torvo y el de quien le interpretaba una conducta injusta. 
No era particularmente dañoso, ni bueno, ni justo. Sin embargo, se otorgaba ese tiempo de encuentro espiritual. Muchas veces se preguntó si aquello era una cuestión de educación, o estaba en él desde antes. Venía de una familia que no tenía ritos religiosos. Sin embargo esa conducta en él era tan antigua, que le costaba encontrar donde  se instaló, cuando fue su primera vez.
Si llegaba demasiado cansado, por un largo día, probablemente marcharía al mundo de los sueños, en medio del rezo, ya que el cansancio no era una buena razón para no realizar aquel rito. Si se levantaba apremiado, o tomado por un tema sensible y se debía acicalar con prisa, para no perder atención, cuando terminaba y viajaba a sus tareas, entonces, retomaba aquel rito.
Cierto día, luego de una vez más llevar adelante sus oraciones, como siempre se levantó. Puso  a hacer el café. El tiempo del baño, de asearse era el tiempo para que el café estuviera listo. La casa estaba en total silencio. Era muy temprano, como siempre en la semana. Todos dormían. Se paró frente al lavabo. Abrió la canilla, inclinó un poco la cara, para con el agua a la temperatura adecuada, le tocara el rostro llevada por sus dos manos, como siempre lo hacía. Luego levantó la cabeza. En el espejo, como si fuera de niebla observó una figura.  Su propia figura. Se le hizo extraño aquello. No podía explicárselo, pero él se veía diferente aquella mañana. De todas maneras, tomo la toalla, se secó la cara con la toalla. Al darse vuelta para colgar nuevamente la toalla, reparó en la mampara de la ducha y vio una figura. Esto era raro. Nadie se había bañado, no hacía frio esa mañana. Curioso, la atención sobre la figura lo inquietó. Con la toalla, repasó la mampara. Pero nada pasaba. Insistía con más energía.  
De pronto escuchó.
-        Déjalo. No es la mampara.

Se alarmó aún más. Inquieto se dio vuelta recorriendo todo el baño. Un sentimiento de intranquilidad le dividió todo el cuerpo.  La respiración se le aceleró. Desistió de eliminar aquella figura. Colgó la toalla y se paró nuevamente frente al lavabo, para retomar su rutina. Se explicó aquello convenciéndose a sí mismo de que era una ilusión acústica y que probablemente se le presentó, mientras estaba distraído, un pensamiento vívido. Se enjuagó las manos y cuando dirigió la mirada al espejo escuchó nuevamente.
-        Tenemos que hablar.

Se dio vuelta con cierta alarma. Nada vio. Se tranquilizó. No había nada. Debe de haber sido un pensamiento.  Cuando volvió al rostro al espejo, allí estaba la figura.
-        Quiero invitarte a una conversación. Hay cosas que me debes.

-        Yo nada te debo. ¿Quién eres? Estoy volviéndome loco!!

-        No estás loco y si hay cosas que me debes.
Ahora su respiración es jadeante. Está aterrado, mirando la mampara. Hablando, contra ella, pero convencido de que dialogaba consigo mismo.

-        Yo soy lo Vivo que habita la vida. Soy lo que subyace a cuanto hay en el universo. Soy todas las cosas a las que llamas vida.  Soy eso que construyes. Lo que dejas para mañana y lo que nombras cuando dices ayer. Soy también, quien recoge tus lágrimas, lo que habita en tu corazón. En mi está lo que nombras como muerte, cuando alguien se transforma. Soy el agua cayendo, regando los campos. Soy la sequía en donde crecen los escorpiones. También me convocas, cuando te conmueves por la sonrisa de un niño. Estoy desde siempre, por cuanto no fue posible crear un universo, sin mí. Nada existió antes y lo creado que no me contiene, entonces no es.
Atormentado se lavó nuevamente la cara. Ahora torpemente, agresivo. En vez de lavar parecían cachetadas intentando apagar las palabras escuchadas. La voz. La inquietud.

-        Me has forzado a presentarme ante ti. Cada noche, cada mañana, me nombras y se te escucha agradecido. Debo reconocer que además me agradan tus formas. Eres un ser correcto, dedicado, amoroso. Trabajas y tiendes al bien. De manera, que me resulta difícil no escucharte. Pero en el seno de tu corazón encuentro en ti que en la lógica de las armonías, el artilugio de la humanidad, parece que has llevado tu vida a un punto que no te debo nada, que nada me debes. Aquí es donde no te encuentro razón. Aquí es donde cada día es para mí la oportunidad de que me des aquello que me debes. Sin embargo, vienes repitiendo siempre lo mismo. Eres agradecido. Te sientes bendecido de la vida. Pero no has tocado entonces, lo que espero de ti.

-        A que te refieres. Si no he hecho más, pues será que no he podido. Frente al dilema, intenté pararme del lado del bien. Mis buenos precios me ha costado, pero lo prefiero. He sido honesto, manso. Traté de no guardar rencor. No he dejado crecer en mí el odio, cuando las pasiones se me apoderan, denodados esfuerzos realizo para no dejar reverdecer lo agrio, lo oscuro.

-        Nada tengo para decirte. Cuanto dices es verdad. Todo está bien, pero es incompleto y mucho me temo que ahora ya no podrás líbrate de lo que he venido a decirte.

-        Habla pues. Di lo que tengas que decir, pero déjame en paz. Te escucharé y te iras como has llegado.

-        Estoy de acuerdo. Vine a decirte que me debes cosas. Tu misión en la tierra y como ustedes nombran a la vida, estas a mano. Nada más debes hacer. Pero para poder completarlo, ahora debes crecer y hacer más.

-        Trabajo todos los días. Soy generoso. Mis ojos son transparentes. Los dobleces en mí, son recursos que a nadie dañan. Soy pudoroso y no los dejo ver.

-        Ya cállate. Me debes la alegría. Me debes la celebración. Me debes el alivio. A mí no me basta contento. Alegría lo es si es con otros. Si contagia.  Serenidad es paz a compartir. Crearla y ofrecerla. De que vale agradecer, si lo haces silenciosamente por las noches. Agradecer es a otros, los que te lo hacen posible. Optimismo es formar parte de la vida de otro, llevándolo por ese camino. Esperanza, es mostrar no tus logros, sino las trampas que te puso tu corazón. Te nombras manso, pero quiero informarte que eso no es humildad. Te empeñas en honrar la vida. Me floreas y hablas de mis promesas. Pero cuando te escucho me generas tristeza. Me ves todo el tiempo, logras tocar mis objetos y luego… Luego haces lo que hacen todos. Me niegas, transformándome en horribles síntesis de una vida quieta, fija. Muerta. De modo que ahora tendrás más tiempo, para honrar realmente lo más bello de mí. Lo que has de honrar para estar en mi universo. No hables de mí ya nunca más, si vas a hacerlo de lo muerto en mí. Yo soy acción y alma crecida en ese movimiento.

-        Es que no te comprendo.

-        Ya entenderás…pero  si no lo haces, entonces, vendré nuevamente a visitarte.
El silencio se hizo inmenso. Ahora el hombre se toma la cara. Las lágrimas le empapan las manos apretadas. La mampara tomó ese aspecto conocido. La figura ha desaparecido.
El piensa: “Padre nuestro, que estás en los cielos…”

miércoles, 23 de octubre de 2013

Capítulo VI: Los Malditos y el Tiempo


Así la muerte en su espanto y odio, pasaba largo tiempo tratando de encontrar estrategias para eliminar a la luz.
Consultó  a los magos, las sacerdotisas sin éxito. Desconsolada  convocó a Mortum, el rey de las enfermedades, que tenía en sus dominios, la potencia de desencadenar cualquier enfermedad conocida e incluso provocar otras, a su sólo albedrío. Él le explicó que aunque extendiera su propio arte más allá de lo conocido, nada podría hacer con una hija del Padre y que lo que terminaría con ella, no podría ser el resultado de una obra suya.
-        A mí me fueron dadas las infecciones, los tumores y los males de los humores. Puedo hacer uno y el otro, ambos o combinaciones que exigen mi creatividad. Pero sé por otros hijos de Él, que nada que haga yo puede con ellos.
Mortum, era viejo, de aspecto desagradable, entre llagas y supuraciones, asomaban unos ojos apagados, entre lagañas resecas y pestilentes. A los dedos les faltaban falanges, estaba tullido, anquilosado y tenía unos horribles espasmos indoloros, que interrumpían cualquier actividad que llevara adelante. Él lo tomaba con naturalidad, como si estuviera con él desde siempre. Un abdomen globuloso que ascendía por encima de los pulmones, le provocaban una respiración corta, superficial y muy acelerada. Sus orines se acumulaban en un charco a su alrededor y una nube pestilente de tábanos y moscas los seguía a todos lados. El hedor delante y detrás hacía una estela imposible de no reconocer.
Oscuridad, apenada por cuanto había escuchado se retiró a llorar donde nadie pudiera verla. Hasta que entre sollozo y sollozo, advirtió frente a ella a Tiempo, que jugaba con dos bolitas de polvo, que tocaban por encima y debajo de su brazo extendido. Notable era como mantenía el ritmo y un tic-tac acompañaba todo el movimiento, toda la presencia.
-        ¿qué te atribula, Oscuridad? Pregunto Tiempo.
-        No logro dar con lo que necesito.
-        ¿Habrás buscado bien?  ¿Te has fijado en todos tus escondites?
-        En todo el universo, parece no tener lugar algo que me permita retomar mi sosiego.
-        ¿Qué puede perturbarte tanto que la cura no esté disponible en el vasto universo que Él ha hecho para nosotros?
-        Es la hija bastarda de Él, quien ha perturbado mi paz.
-        ¿Te refieres a Luz?
-        Sí. Aquí y ahora necesitaría todo el poder de Él, para aniquilarle
Tiempo, se quedó meditando. Luego como si le hubiera caído una idea le dijo:
-        Es que a lo mejor te equivocas. Sencillamente déjate ayudar y entre mucho, quizá  logres, lo que sola no puedes.
-        ¿A qué te refieres?
-        Convoca a un ejército. Pon en él a todos tus aliados y prepara una guerra. Dispérsalos por mis territorios. Todo a lo largo y a lo ancho de mi espacio. Incluso en los dobleces. Esconde tus aliados y prepara cada una de todas las batallas que fueran necesarias. Mis territorios se expanden a tierras de Futuro, con lo cual, incluso allí puedes infiltrar a tus guerreros. Y puedes remontarme hacia atrás, si te place, para poner allí también oprobios.
-        ¿De qué me serviría? He consultado a todos los que aquí habitamos y nadie dice que pueda con ella. 
-        Pero no has hablado con todos ellos juntos, ni has preparado batalla con todas sus fuerzas, ni te has esmerado en mi dominio en tierras de Pasado, ni quieres contar con que de seguro venceré a Futuro. Permíteme mostrarte un juego que hago con algunos, a los que me mandan tocar.
En el espacio oscuro y siniestro hay ahora una imagen de unos hombres. Todos fatigados, exhaustos de trabajos penosos y repetidos y luego, otros diferentes. Corrían sin descanso, cuando habían terminado de tallar un madero se desaparecía, sin detenerse siquiera, sorprendidos del prodigio, tomaban otro y comenzaban nuevamente la tarea y tan pronto terminaban un ánfora en metal, entonces desaparecía. AL final del día al acostarse, a descansar tenía sueños vertiginosos, dormían inquietos, sin lograr descanso, giraban para un lado y el otro y finalmente, cuando habían logrado quedarse en reposo pleno, los interrumpía una urgencia inexistente y se levantaban inquietos, ansiosos. Preocupados emprendían nuevamente las faenas de ese día y malograban todas sus obras, las que terminaban por ser pueriles, efímeras, inexistentes. No podían detenerse.
Cerca de ellos había otros. Cantaban. Trabajaban a gusto, con ritmo, pero sin apuro. Charloteaban mientras modelaban, cortaban, pulían y luego de terminar, contemplaban sus obras, sus logros. Después de quedar al tanto de cada detalle de lo hecho, de la obra terminada, entonces, se dirigían a los otros. Les pedían opinión, compartían experiencias hacían chistes y compartían vino y comida en largas conversaciones, sin puerto de salida o de llegada. Conversaciones por el gusto de conversar, por el gusto de compartir. Eran hombres y mujeres felices compartiendo lo hecho y esos objetos, terminaban por ser puentes para conocer a otros y luego podían tenerlos cuanto quisieran y deshacerse de ellos a placer, para dar lugar a una cosa nueva, renovadora y convocante a desafíos y promesas de nuevas conversaciones ampliadoras de mundos. Ellos estaban donde debían estar, contando con todo la dimensión de Tiempo, felices. Plenos. La imagen desapareció.
Oscuridad absorta. Rompió el silencio y dijo. Voy a tomar tu propuesta. Armaré un ejército y lo llamaré “Los Malditos”. Serán mis soldados para asolar en todo tiempo a Luz. Hasta el final. Hasta verla morir.

jueves, 3 de octubre de 2013

Capítulo V: El Libro de Dios


A.

En algún lugar de la guajira colombiana, un indígena le explica al explorador banco que  bajó de las carabelas que en algún lugar de la tierra hay un libro, que Dios le obsequió al hombre, para que lo ayude a escribir los diferentes capítulos del libro de la existencia toda. Tratando de hacerse entender, el indio recurrió a palabras incomprensibles para los hombres que bajaron de los tres barcos, por eso comenzó  a dibujar extenuado en preguntas de si eran aquellos hombres los hombres encargados de escribir en aquel libro. Lejos de comprender, los hombres se mofaron y se esforzaron en copiar los gestos, intentando seguir la narración incomprensible. Luego, la conversación se fue perdiendo en otros asuntos. Los descubridores siguieron en sus afanes.
Un marinero, dejó asentado en su diario personal, que los salvajes interpretaban las deidades como algo terrenal, que había un libro, pero entendió mal y pensaba que el libro lo tenían los salvajes en su poder y por alguna razón no querían exhibirlo. 
De regreso en un bar contó la historia a los parroquianos que estaban bebiendo con él. Uno de ellos prestó atención a la historia. Tapados de alcohol, durmieron en el patio interno de la taberna. 
A la mañana, el viajero fue despertado bruscamente por un monje que le interpeló sobre el libro de Dios. Al viajero le costó conectarse y reconocer donde se encontraba;  luego de incorporarse relató nuevamente la historia al monje.  
El monje le dijo que era imposible que él conociera esa historia, que el libro de Dios era una leyenda que venía de oriente y que de ninguna manera era posible que un salvaje de las indias tuviera si quiera noción de aquel libro.
El marinero le pidió detalles al monje, por cuanto lo que él había captado del salvaje, se le hacía inverosímil.
El monje le explicó, que había una leyenda que provenía de oriente, que daba cuenta de un libro sagrado, que Dios, dejó en la tierra. El libro representaba la potestad de Dios sobre el universo, y la participación del hombre en la creación, como su hijo, su obra y su colaborador para perpetuar en el tiempo, el significado de su nombre, y el destino del universo. El libro era la prueba y el elemento de comunión con el Dios vivo, el Dios que creó al hombre y que una vez creado, debía ofrecerle a Dios ayuda, para escribir todo cuanto trae el futuro, y todo cuanto haya que depositar en el pasado. Es la expresión atemporal de lo humano del hombre, para que Dios tenga lo que le falta, por cuanto al concederle al hombre el albedrío a Él también le falta saber aún que le depara el universo, una vez que los hombres, comenzaran a actuar y dejar su rasgo en el universo todo.

El marinero miró al monje desconcertado. No podía entender ni siquiera el razonamiento del monje. Todo le parecía una locura. Cuando el monje hizo silencio, se restregó los ojos, se tiró al piso y refunfuñando se quejó:
 –He estado soñando- me tengo que cuidar y no tomar tanto, me pareció que hablaba con un monje aquella historia del salvaje y me decía que era cierto. Imposible. Todo es un sueño.

B.

La niebla estaba ese otoño, particularmente densa en Londres. Los ingleses no tienen ya una particular sensibilidad para este fenómeno. La niebla, los días de cielos encapotados, las lluvias finitas y constantes son tan habituales que se les hace natural, normal.
Lo noche cae despacio y se mezcla con ese gris que se va transformando lentamente en oscuro, hasta llegar al negro.
Los faroles de combustible comienzan a ofrecer su brillo amarillo, acercando algo de luz, pero cerca, como un hálito amarillento que la niebla no deja avanzar entre las calles.
El ruido de los cascos de los caballos herrados, la ruedas girando sobre las empedradas calles, todo da ese clima de nostalgia de presente al que se le mete todo el tiempo el pasado.
Los caballeros caminan con sus sombreros de copa, las damas debajo de sus paraguas. Es increíble que no se apuren, que vayan como cualquier día. Será que son así todos los días?
Algunos de ellos toman el borde del Támesis. Caminan por una calle que se pierde bajo las arcadas de un puente. Caballeros adustos, silenciosos, de paso firme. Adentro lejos de la calle, hay un lugar donde unos caballos permanecen a la espera de sus dueños.  Más adentro y de costado en un lugar que parece el fin de la muralla, hay una puerta. Mezquina, de madera, de aspecto viejo, raído. Da la impresión de que no la abren nunca. Como si hubieran pasados siglos sin que la tocaran. Un hombre se acerca. Camina hasta la puerta, mira para todos lados.  Esta oscuro, a tientas logra dar con una lámpara que está al costado de la puerta. La enciende. Mueve el pañuelo de seda del cuello y hurguetea para dar con una cadena gruesa. Se saca la cadena pasando por encima de la cabeza. Al final de la cadena el peso de un objeto con la forma de una cruz, pero con extrañas terminaciones en los extremos bailotea hasta que la detiene con la otra mano. Mete la cruz en un orifico debajo de la aldaba. No parece el agujero de una cerradura, parece una marca de tiempo en la derruida madera. Gira la llave, para un lado, para el otro y la baja con fuerza. Acciona ahora el picaporte, que le permite mover la puerta. El rechinar de los goznes inquieta a los caballos, como si el ruido agudo fuera demasiado para sus orejas. Pasa la puerta y toma otra lámpara, la enciende apaga la otra y la deja en el mismo lugar donde la encontró. Cierra la puerta y se prosterna. Se persigna y reza en voz baja. Apenas mueve los labios rítmicamente. Debajo de una aparatosa capa aparecen sus ropas. Mientras cuelga la capa en un lugar donde hay otras tantas, la luz deja ver una túnica amplia y unos símbolos dorados, bordados prolijamente con sumo cuidado, con mucha paciencia, lo que es obvio por la majestad de los símbolos, la belleza del brillo, la prolijidad de cada contorno, cada relieve. Caprichosas formas trabajadas.
Ahora con la luz camina por el pasillo, lentamente. Se nota que conoce el camino de memoria, se nota que su cuerpo conoce esos pasillos estrechos, de techos bajos, de paredes talladas en piedra, sudadas.
Luego de bastante andar, el pasillo sale a una gran sala. El techo abovedado ahora está alejado, se pierde en unas alturas, que parecen imposibles. En el centro de piedra pulida y blanca un altar redondo. Un fino mantel de lino blanco, con puntillas lo cubre tímidamente, sin poder opacar todo su porte.  Unos candelabros de oro, un cáliz, un pesado libro. Enorme, de tapas de cuero, de hojas gruesas de color amarillo. El hombre se acerca sin hacer ruido. Camina ahora suavemente, como si cada paso fuera indispensable, el último de su vida. Sin embargo el cuerpo se ve ligero, como si flotara en el aire denso.  Tomará su posición en el círculo, el que forman todos los demás alrededor del altar. Ahora está completo. Todos los demás, los once, se encuentran rezando en silencio. La cabeza baja, las manos con las palmas hacia arriba, con una rodilla en el suelo. Los pies descalzos. Todos moverán los ojos, pero no moverán otra parte de su cuerpo. Luego, como si lo hubieran estado esperando, sin gesto, ni palabra, el silencio será golpeado bruscamente. Ahora la oración es en voz alta, es la misma y la dicen los doce. Las manos comienzan a  sudar, las gotas caen por el dorso de las manos al piso. Todos comienzan a exhibir un camino de sangre que brota desde las sienes recorriendo las caras y cayendo sobe las impecables ropas. Del libro comienzan a escucharse crujidos. De entre las ropas sacarán una pluma todos a la vez, todos la misma pluma. Suavemente, a pesar de que los rostros muestran dolor, llevaran la punta de las plumas a las gotas de sangre. Y luego comenzaran a escribir en el aire, con delicados giros, letra por letra, prolijamente. Las palabras quedan suspendidas, en el rojo brillante, de lo escrito se refleja la luz. Ahora las palabras comienzan a moverse por el aire y se encaminan las de cada uno hacia el libro. Las hojas las reciben y el ambiente se llena de olor a rosas. El aire denso ahora es liviano, renovado. Es imposible que esas lámparas miserables, puedan dar tanta luz, de tanta intensidad, de hermoso brillo. Ahora hay música, indescriptible de regocijos de alegría de gozo.
Mientras tanto las palabras siguen su marcha, cuando llegan al libro, recorren sus páginas, como si cada palabra estuviera buscando su lugar, luego se recuestan en su sitio, dejan una sombra y comienzan a elevarse, perdiéndose en perfecto orden por la cúpula imposible.
Todo el rito dura poco, relativamente poco. Termina de manera abrupta. Reina entonces un silencio profundo y sin angustia. Sin el menor gesto, los monjes guardan sus plumas, se lavarán las manos y los pies con el agua de unos cántaros y en silencio se retirarán uno a uno.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Por suerte: “…Saber olvidar, es también tener memoria…”


Para poder hablar de gente, tendremos necesariamente que hablar de personas. Personas como individuos. Personas singulares, solitarias, que andan por el mundo con sus bagajes, con sus historias y sus biografías. La palabra solitarias, bagajes, no tienen para este análisis connotaciones negativas, pero las personas son seres indivisibles, singulares, irrepetibles, diversas. Los seres humanos poseen una historia, una biografía, insignificante para el concierto del universo, formado por siete mil millones de personas, cada una con su historia, con su biografía. De hecho por muy esforzados que seamos, por capaces que fuéramos de ser y estar atentos sólo lograríamos conocer a lo largo de una vida a muy pocas personas, aun cuando fueran íntimas, cercanas, próximas.
Cuando uno conversa con otro y se inaugura un espacio de intercambio, las personas, comienzan de a poco a histografiar su existencia. Van dando información sobre su biografía de a lunares. Una persona, en cualquier momento que la encontráramos, es ya un ser histórico. Esa historia comienza desde el instante mismo de la concepción. Allí comienza su memoria. A partir de allí, estará en el mundo haciendo los instantes, que rápidamente se irán a ubicar a su pasado, por cuanto el tiempo en su afán indetenible, pone todo el tiempo la existencia en un pasado. Ese pasado, lo que ya no está y aun así ocurrió, incluso hace muy poco, se apila con lo que la memoria toma, que  es lo esencial y aparece entonces el concepto de remembranza. Vivimos en ese intermedio. El aquí y ahora que lucha contra dos entidades inexistentes, pero de un peso insoslayable. Vagamos por el mundo jalados por una entidad efímera y relativa que es el pasado, siempre corriendo, siempre arrebatándolo todo. Todo se transformará en memoria y sin decirnos, sin advertirnos, sin siquiera conocerlo, nos veremos forzados a que sea ella la que dicte qué es lo esencial y retirará incluso más allá de cualquier vocación, de cualquier intención de nuestra parte todo lo que no considere esencial. Es como si la memoria tuviera a pesar de su aparente inmovilidad, una vida propia en la que acomete este ejercicio de manera incesante. Es decir que lo que en apariencia recordamos, ni siquiera nos pertenece en términos de recuerdo, por cuanto la memoria ejerce una acción sobre lo pasado, transformando el recuerdo en remembranza, la que aún luego de ser convocada, nombrada, puede volver a ser afectada. Así el pasado es paradójicamente mucho más móvil, vivo, dinámico y heterogéneo de lo que podamos imaginar. Debemos destacar a este punto que la única forma de poder hacer memoria, de construir un pasado para nosotros, depende de la dimensión antagónica en apariencia de la memoria. Me refiero al olvido. La memoria para poder construir para poder otorgar entidad tiene que olvidar. Pero no como salto, como omisión, como tergiversación. La memoria hace paciente y ejercitadamente olvido. 
El hombre vive de los recuerdos, sin embargo, estos intentos de fijarlos, aprehenderlos, de narrarlos, no hacen más que poner en continuo una acción indispensable para el hombre: construir, histografiar su existencia, tratando de ir otorgando sentido, resignificando, sólo para poder soportar eso que somos: seres indescifrables, signos. Los objetos del juego sinfín del universo: la incertidumbre. Esa incertidumbre vacía, profunda, inmensa e insalvable: ¿qué somos, que estamos haciendo aquí, que hay después de nosotros mismos? A la que para contrastar debiéramos sumarle la única certeza disponible. Nadie conoce qué le depara la vida en sus azares. Sin embargo y aunque tardemos en comprenderlo, hay un momento del tiempo vital en que tomamos conciencia de que vamos a morir. Irremediablemente. Y así, desde el instante de la concepción, conjunto pequeñito de células diminutas reunidas, vamos transitando el camino de ida a la muerte. Ese espacio de tiempo desde la concepción hasta la muerte, lo denominamos vida.
Y resulta curioso que en ese intermedio cargado de dramatismo, por cuanto es un tránsito a la muerte de toda población viviente, de unos niños que son cuidados y protegidos, arropados para el viaje, ese intermedio sea expresión de lo mejor del hombre, lo más humano, lo que está condenado a ser revelado y por tanto bello, refiriéndonos a que la belleza está en la verdad de su esencia y si es de su esencia es bello; Así lo humano deja ver de a trazos, algunas veces diminutos, otras gruesos, lo humano del hombre, lo referido a la belleza de su esencia y entonces lo verdaderamente humano, ese derrotero a la muerte, termina por ser con alegría, con plenitud, con celebración. Es todo un tránsito, toda una vida, todas las vidas para poder rozar la belleza de la verdad esencial de la raza humana. Así, es como la vida entonces, vale las penas que nos depara. Así la vida cobra sentido, a pesar de su final conocido. Así la vida es una experiencia, que tenemos el privilegio de gozar, sobre toda otra especie que habita la tierra.
Somos los que tienen la fortuna de recorrer el camino y algo no dicho a nosotros, que forma parte de nuestra esencia en su estado más puro y sin embargo no revelada a nuestra consciencia, nos inspira a esa alegría, transformada entonces  en arte, creatividad, sonrisa, metáfora para regocijo de  los que fueron  y los que vendrán: Humanos.

sábado, 31 de agosto de 2013

Capítulo IV: El zurrón de los sueños


Las montañas negras se extienden al norte. Crecen de una vegetación tupida y verde, que les hace de suelo. Sus bases van escapando del reverdecido suelo de muchos tonos y va mutando  desde el azul tornasolado hasta el negro. En la medida que asciende con bordes filosos y acantilados muy pronunciados se angosta y gana altura. Tanta, qué finalmente la cima queda invisible por una nieve blanca que se confunde con unas nubes para siempre.  
Las mujeres trabajan  formando círculos, algunos más grandes, otros más pequeños. Allí se encuentran suspendidas en el aire. Entonan un modesto himno entre susurros. Sus afinados movimientos dan curiosa coreografía al conjunto. Sus largos vestidos tapaban los pies desnudos. Las mujeres con unas caras de rasgos afinados,  ojos claros, cabellos lisos, largos,  blancos, llovidos sobre los hombros  desnudos.
Levantarán ambas manos por encima de su hombro derecho, las extenderán un poco, las juntarán por los dorsos, las mirarán un poco y mezclados entre risas y sollozos, juntarán las palmas y con delicadeza y ternura las bajarán suavemente, para depositar su contenido en un zurrón que llevan del lado izquierdo en la cintura.
Así lo harán incansablemente, una y otra vez. Para cuándo terminan de completar el zurrón, se acercará una joven esbelta, bañada de ropas plata con una corona que tiene un corazón de remate y unas estrellas diamantinas a su alrededor.
Tomará todas las bolsas de las cinturas, haciendo la vuelta por dentro de las mujeres y girando  hacia la izquierda. De las damas tomará el zurrón y para cuando lo hubiera deslizado suavemente hacia abajo, quedara uno vacío para que las damas puedan seguir con sus labores.  Al terminar cada círculo unos coloridos colibríes con gracioso vuelo, tomarán de la mano de la dama de plata cada bolsa.  Partirán en una extensa fila ordenada, cada uno con su zurrón, cada uno detrás del anterior, cada uno siguiendo una estrella brillante, que supera en tamaño y belleza a las demás. Una fila interminable que se pierde en la noche suave.
Las mujeres de plata toman descansos alternativamente. Se reúnen en un costado y conversan sin palabras. 
-        Este es un tiempo de tormentas, de sueños impasibles y complejos. Hacía tiempo que no veía unos zurrones tan cargados de pesadillas, espantos, gritos y sollozos.  

-        Es cierto –replicó otra que descansaba con ella- hay en ellos gemidos, desesperación, muerte.

-        En la era nublada, que precedió a la etapa negra, los sueños eran parecidos –afirmo una tercera.

-        Yo he visto sueños vertiginosos, atemorizantes, sobresaltados, pero nunca tan crispados, nunca he visto sueños tan intranquilizantes. Recuerdo la época del insomnio, el tiempo la tierra sin descanso, todos los zurrones eran parecidos a éstos.

-        ¿Te refieres al tiempo cuando la gente por no soñar estos sueños tremendos, decidió dejar de dormir, de descansar?

-        El tiempo al que después llamaron “de la humanidad sin sueño, sin descanso” el tiempo al que llamaron de la desesperanza.

Una joven, que parecía que hacía poco realizaba la tarea de recoger zurrones, dijo con la voz trémula:
-        No me angustiéis con vuestros relatos. Me han contado mis antepasados que fue una época oscura y penosa, de lágrimas en los niños, de sonrisas ausentes. Un clima de muerte y desolación. ¿Acaso estos zurrones anuncian nuevamente esta etapa?
Cerca de donde las mujeres formaban los círculos y trabajaban, había un manantial del que surgía un agua dorada. Un árbol dejaba caer su blanco follaje al espejo de agua que se insinuaba en uno de los bordes. Allí un hombre y una mujer, vestidos de oro, sentados en el piso, pasaban suavemente las palmas de las manos por la superficie del agua. No pronunciaban palabra. Sólo se los veía mover las manos en círculos y vertir unas lágrimas negras, que enturbiaban el agua.

-        Mira a los maestros. Ellos están tristes y sus lágrimas de luz, son ahora negras. Nada nos dicen, aunque sabemos perfectamente que los tiempos que se avecinan son malos. La última vez que lloraron así, fue cuando sobrevino el gran colapso.

-        Pero entonces estos mensajeros están llevando sueños de malos porvenires. ¿Hacia donde se dirigen?

-        A un lugar lejano, habitado por uno seres pequeños, pero delicados y amados por los maestros.

-        ¿Y cómo se llama?

-        Lo habitan los que fueron hechos de humus, los que fueron moldeados por Dios con lo que allí había. Los que fueron obligados a saber de nosotros sólo mediante la intuición. Les dicen humanos.

-        Pero podríamos advertirles, las aves llevan mensajes penosos, sus tiempos por venir serán oscuros.

-        No se nos permite intervención alguna. Aquellas deben tomar los sueños de los vapores del lago; nuestra misión es entregar los zurrones una vez completos. Las aves las entregarán a quienes los tengan que soñar y ellos… ellos tendrán que soportar lo que los sueños les digan.

El descanso ha terminado, se ponen de  pie y vuelven a recoger los sueños a su turno. Se sentía la tristeza en el ambiente. Los tiempos por venir, lo oscuro se avecinaba. Quedaban atrás esos sueños de luz que desbordaban los zurrones,  y las lágrimas brillantes de los maestros. Fuera lo quera que sucedería no sería bueno. Todos lo sabían, y aun así, continuaban sus labores en silencio.

lunes, 19 de agosto de 2013

Capítulo III: El encuentro


Mientras Oscuridad insistía en su miserable momento y ahondaba en furias y maldiciones,  Luz viajaba plácidamente por allí, para un arriba, para un abajo. Hacía pequeñas piruetas y reía de sus recorridos caprichosos y las alegres figuras de su recorrido.

La noche se achicaba y juntaba presión. Su encono la condenaba a una sustancia espesa, densa. Ahora no sólo le faltaba serenidad. Ahora era una informidad espesa prácticamente sólida. Así profundizaba su fanatismo. Su conjuro comenzó a repetirse una y otra vez.  Y de aquella existencia pacífica quedaba en ella, ya muy poco que no fuera tormenta, rencor yermo.

Sin advertirlo siquiera hizo un recodo, luego una recta a velocidad y mientras avanzaba y reía y sus ecos se expandían para todos lados, dio una vuelta hacia arriba, y luego se dejó caer mientras advertía unas cosquillas. La sonrisa tomaba todo su rostro espléndido. Cuando dejó de caer quiso doblar a la izquierda y de repente chocó de frente con Oscuridad.

No lo advirtió, hasta que la densidad de Oscuridad le hizo obstáculo a su discurrir sereno. Desconocía Luz aquella consistencia. No podía soportar el ambiente denso que oscuridad le proponía. 
-        ¿Quién eres? Le pregunto, curiosa a Oscuridad.

-        Soy tu madre, que maldice tu existencia. Contestó Oscuridad.

-        ¿Mi madre? ¿Y me maldices? ¿No está escrito que si fueras mi madre me amarás?

-        Eres arrogante. Replico oscuridad

-        Perdona si mis preguntas te irritan. Poseo una curiosidad que me cuesta refrenar. Simplemente voy por allí y todo me brilla, de todo quiero aprender más y más y mientras más me aproximo a las cosas, más me brillan, más me atraen. Toman entonces mi atención de manera cada vez más intensa, hasta que no quedan en ellas cosas por revelar. Para cuando puedo alejarme, aún a la distancia, entonces las cosas no dejan ya nunca de brillar. Sus detalles son visibles a millones de kilómetros. Todo cuanto hay en las cosas y una vez que de ellas queda todo revelado, entonces aparece la belleza espléndida, sonriente, y queda allí regalando su armonía a todo lo que en el basto universo hay.

-        Eres una hija bastarda. Has salido de mi vientre y odio tu existencia, que ha robado el amor de mi Señor. Ahora y por tu presencia, somos tres en pugna, por cuanto no cejaré en mi esfuerzo por terminar tu existencia. Jamás te perdonaré la disputa por el amor del Señor.

-        Nada te hice.  

-        No te hace falta. Has poblado mi interioridad de pena. La angustia que yo no conocía, se expande dentro de mí. Ahora sensaciones desconocidas, son comunes y el rencor y la ira y el odio han cambiado mi interioridad de manera definitiva. Son ahora la pena, la tristeza y violencia lo más corriente en mi vientre insondable. Has creado tormenta y desprecio y huracanes y caos y quiero ponerlo en todos lados, para que se lleven la paz que pueda quedarte del universo. Solo me inspira la venganza. Quiero verte sucumbir, arrastrarte en el vómito execrable de los infiernos hediondos a los que me has lanzado y que tu agonía convoque el miedo negro a los que se atrevan a desafiarme.  

-        Debo decirte que no comprendo cuanto dices. Describes un sinfín de tormentos para los que ni siquiera tengo las palabras. No podría repetirlas. Por cuanto nada de tus conjuros hay o estuvo en mí. Y no podría alojarlos ni queriendo. Más me surge de inmediato una conmoción interior: cuanto estarás sufriendo. Cuan apenante me resulta que al dolor limpio le hayas ocupado de tanta suciedad. Cuanto me preocupa que seas capaz de semejantes sensaciones. Y que en tu existencia puedas parir semejantes monstruos a los que luego arengas a que sigan sembrando por el mundo su cimiente pestilente. Te tengo por noble y de impecable linaje. Tu sangre, probablemente la primera, debiera llevar paz y un recogido silencio que permita escuchar a Dios. Sin embargo prefieres el ruido y el bullicio. La hojarasca y los chirridos y las quejas y las lamentaciones.

-        Todo cuanto esté a mi alcance, para extinguirte y más. No daré pausa y no dejaré lugar. Por donde vayas sabrás de mí. Recuerda que soy infinita e inmortal. De aquí hasta tu final no habrá paz.

-        Lo lamento. Quisiera ayudarte. Espero que el tiempo te devuelva tu origen noble y abandones este destructivo encono. Pero ahora debo partir. Atrae mi atención un recodo por allí y no quisiera perdérmelo retenida en esta conversación que no nos conduce.

-        Te deseo lo peor y pronto. Ya nos veremos.

Una estela dejó detrás de si Luz, mientras marchaba acompasando una música celeste.  Unos sonidos tenues, enérgicos, rítmicos. Sonidos dulces de instrumentos no creados, de armonías bellas, de proporciones perfectas. Vibraban en el centro de las almas en su lenguaje no palabreado. Tras de sí estremecedores ecos surgían del vientre de la oscuridad y centellas y huracanes y estremecedores gemidos.

El encuentro había acontecido. Los conjuros pronunciados. La guerra quedaría fundada. Excepto que Luz, no acepto la invitación y se retiró a sus confines. Ahora las cosas serían diferentes. Las batallas estarán para librarse en específicos momentos del tiempo por venir.

El mundo no puede tener la dualidad. Sólo será Oscuridad.

sábado, 10 de agosto de 2013

Capítulo II -El viaje-


-Mi querido Diógenes cuida de mis jardines. Atiende mis rosas como si estuviera aquí, para regocijo de mis ojos.
.- Desde luego Mi señor. -Replicó el mayordomo. A pesar de su gesto impasible, podía verse en él cierta pena. Su mirada se escondía en unos párpados que caían como uno telón. Unos párpados arrugados. Con una curva, como trazada en la piel, y repasada una y otra vez por el tiempo y más abajo, unos ojos celeste gris profundo, como un amanecer claro y un cielo interminable, tímidos bajo los párpados. Ahora húmedos.
-        ¿por cuánto tiempo se ausentará mi señor? si se me permite, tal impertinencia, preguntó el anciano.
-        No puedo responderte, mi leal compañero. Debo seguir lo que se me ha presentado en sueños. -        ¿Pero qué haremos sin  su presencia? Todo el ducado corre peligro.
-        Descuida, he mantenido reuniones con los Marqueses, quienes comprometieron cuidarlo.
 Así los duques de oriente y norte acudirán si les necesitas. Hemos acordado que encenderás las almenas frente a una amenaza y concurrirán de inmediato con caballerías, a tu auxilio. Sólo mantén buen trato con los marqueses del oeste. Y si sobreviene un ataque por mar, entonces ve por   Sir  Robert. Él sabe que he dejado los documentos firmados y lacrados, donde te concedo hasta mi regreso el título de Senescal.

El anciano levanto la mirada. Estaba acomodando los arneses del caballo de Sir John, pero no pudo evitarlo. La frase le hizo vibrar desde dentro. Con un gesto brusco soltó el correaje y los ojos enormes miraron fijamente al Noble. Como si hubiera notado que el movimiento era incorrecto, bajo la cabeza. Luego replicó:
-        Mi señor, no puedo aceptarlo. He trabajo a su lado desde mi infancia. Han pasado ya cuarenta años de vivir en palacio. Si bien he aprendido mucho, no tengo la sabiduría de mi señor. No podría, y por otra parte mis ocupaciones me impedirán dedicarme a los asuntos graves de los que se usted se ocupa. No tengo ni la agilidad ni la inteligencia. Por favor reveladme de semejante responsabilidad. No soy digno.
-        Deja eso ya, mi querido Diógenes. Eres de hecho quien lleva adelante todos los menesteres de mi ducado. He contado contigo más que con nadie y has mostrado un desempeño leal y cariñoso. He meditado largamente  en soledad. Bien sabes que paso largo tiempo en los bosques del pico, junto al lago, donde las ramas de los árboles escriben en el agua. He leído de ellos y he coincidido en que eres tú el más indicado.
-        Mi pobre origen y mi linaje vulgar no son merecedores de tal dignidad. Una vez más, reflexione mi señor. Libradme. No puedo.
-        No se hable más. ¿Han preparado mis vituallas?  tengo largo camino. Marcharé todo el día y espero acampar en Lennox.

Diógenes termino de acomodar ahora la montura. Los cabestros de cuero y detalles de plata repujada, estaban en su lugar y ahora Winnter, el mejor caballo de sir John, estaba listo.  En un momento Sir John, detuvo su mirada en el caballo y se quedó meditando.

Recién su madre acababa de parirlo. Era un como de nieve, que el viento caprichoso, le estampó unas cenizas en la cara, y las crines. Tenía una presencia de animal noble, que esperaba estallar cuando fuera su primavera. Allí mismo lo eligió, sería su caballo de combate, de gala. Ese potrillo dejaba ver su destino de gloria. Le acarició el cuello y el corcel aceptó la caricia. Reconociendo a su dueño de inmediato.
Unos jóvenes llevaban el estandarte de la casa real. Con el único león en el centro, de color púrpura, parado sobre sus patas traseras y sus afiladas garras desplegadas. Por encima una corona de siete picos, dorada. Sobre un fondo azul. Luego la compañía tenía 20 caballeros y toda otra cantidad  de sirvientes y provisiones. Más atrás una caballada para descanso de los animales y unos cuantos aves de corral. La travesía sería prolongada.
El camino se abre entre bosques. El clima está frío y el otoño, se parece al invierno, con su cielo gris y sus colores tenues, que impiden ver las diferencias en los tonos de verde. 
Cada tanto algún claro. Estaban a pocas horas de Lennox. El humo y el olor a alimentos cocinándose les anticiparon que alguien estaría cerca.  No podía de todos modos mirar lejos, el camino ahora estaba yendo de recodo en recodo. Y los bosques espesos, hacían la visión en línea  recta casi imposible. Al galope y de frente se acercó el explorador. Se detuvo frente a sir John. 
-        Mi señor, hay unas gentes esperando la noche. Parecen trashumantes. No he visto ni armas, ni vigías. 
-        Avancemos pues, replicó sir John.
Cuando estaban cerca, unos gritos tomaron la atención de Sir. John. Apresuró el paso y vio a un mocete amarrado a un árbol de pie, con la espalda marcada de azotes, y un hombre corpulento, de barba desprolija, que no ahorraba esfuerzo para atizar al joven.
Con la compañía detrás se detuvo y sin bajar del caballo preguntó, que estaba pasando.
-        Oh  noble señor, sólo estoy educando al niño.
-        ¿Y que ha hecho? Preguntó
-        Ha robado de nuestro alimento. Por ello estamos propinando disciplina. No queremos que se convierta en un salteador de caminos.
Cerca de allí, una mujer lloraba, muy ensimismada y en silencio.
-        ¿es esa la madre? ¿Preguntó sir John?
-        Soy la madre. Él no ha sido, noble señor. Sólo se propuso a recibir los golpes.
-        ¿y por qué lo ha hecho, acaso la ladrona eres tú?

Mientras hablaban, se acercaban personas. Ahora ya con palos y azadas y algunos con arcos en las manos. De pronto llegaban a un centenar. La madre enjugándose los ojos explicó.
- Mi otro hijo, el más pequeño, tiene diez años, y me ha sido imposible explicarle, que aunque ellos estuvieran asando unas cabras, pudiéramos comer de aquella comida, que no nos pertenece. Se ha escabullido y antes de poder detenerlo, tomó unos trozos y corrió hacia donde nos encontrábamos su hermano y yo. Fue entonces cuando se presentaron y mi hijo mayor, se responsabilizó del acto, para que no atizaran al pequeño. Es que no puedo enseñarlos a tolerar el hambre. Aún son jóvenes.
-        Son ladrones y deben ser castigados. Aprenderá con sangre. -dijo el hombre robusto y azotó aún más bravamente al joven-.
-         Detente!  -Exigió sir John-.
-        Sólo cuando la fatiga de mi cuerpo lo mande.
Sir John levantó su mano derecha e hizo un gesto, que parecía ingenuo. La flecha silbó en el aire y un ruido seco. Para cuando todos miraron, el brazo que llevaba el látigo, estaba contra un tronco del mismo árbol donde el joven estaba atado. El hombre corpulento lanzó un grito de dolor y espanto.

Toda la caballería estaba ahora pronta. Las flechas por fuera de los carcajes, las espadas desenvainadas, los caballos inquietos y prontos.
-        El muchacho no tiene nada que ver y como lección es excesiva. Se termine de inmediato con este martirio. Liberadlo y alimentad a su familia en compensación. No querrán que los buitres se alimenten de sus cuerpos tendidos en el claro.
Lentamente, las personas se acercaron, ayudaron al hombre pegado al árbol y al joven su madre abrazó. Luego prosiguió el niño, que corrió con un paño mojado a sanarle la espalda.
-        Marcharemos hasta el río donde haremos noche. Cuídense de que no tengamos que volver por vuestros excesos.
La caballería comenzó a moverse lentamente. Ahora todos les miraban a su paso. Lentamente el campamento fue quedando atrás.

domingo, 21 de julio de 2013

Capítulo I: “El Origen”


Cuesta entender esta historia. Explicarla requiere de esfuerzos para no mezclar los eventos, confundir los orígenes, fundir los personajes. En cualquier punto  de la línea de tiempo que nos ubicáramos, podríamos encontrar elementos de esta historia, elementos que podrían pasar desapercibidos, elementos prácticamente invisibles, a los ojos del observador mundano. Incluso de tal magnitud, que allí podríamos engañosamente hacer pasar el origen de esta trama de la que ahora soy llamado a dar testimonio. Debo reconocer que la historia me ha metido en cuanta trampa  ha podido y que he debido sobreponerme a enormes lapsos donde permanecí extraviado en el sinfín de engañosos laberintos que me tenía reservados.

Así llegue entonces a la conclusión de que era hora ya de comenzar a narrar lo que he visto, lo que he vivido y que en todo caso si algo fatal me pasara, o terminara extraviado en esta denuncia, entonces alguien pudiera seguir con el trabajo de alertar sobre esta existencia que sin duda, permitiría conocer y explicar que nos pasa. Victimas somos de una lucha en la que no tenemos nada que ver. Una lucha por la prevalencia de fuerzas más allá de nosotros. Fuerzas desencadenadas y antagónicas que trascienden los tiempos, los lugares, la historia.

Imagino los primeros, los que fueron los testigos iniciales, sus padecimientos, sus torturados pasos por la tierra, sin siquiera saberlo.

Durante mucho tiempo, he estado sumergido en bibliotecas, en fuentes posibles, que permitieran hallar en fin pistas en el pasado. He tenido enormes hallazgos y enormes decepciones. Aun así continué mi investigación. Me he topado con personas dementizadas, con discursos erráticos, discursos a los que hay que prestar atención. Se puede ver en ellos, datos testimoniales de contacto con la verdad. Acaso allí está la explicación a la locura. Pobres gentes.

Ahora bien, después de mucho reflexionar, el primer dato que encuentro hasta donde me ha llevado la imaginación, está en las sagradas escrituras, en el viejo testamento. Por alguna circunstancia, alguien ha puesto allí, lo que ha todo ha dado comienzo.  
Hace mucho tiempo atrás, tiempos inmemoriales. Cuando flotábamos en el espacio informe, un día y por obra de Dios, se escuchó…
“Que haya luz, y hubo luz”.  Es en este gesto de Dios, que todo empezó. La pretenciosa luz se extendió por todo el universo. Tomó lugares inexistentes y los puso visibles, borró en un instante  el misterio, lo insondable y lo dejo claro, visible, transparente.  De esto fue tomando nota la Oscuridad, dueña hasta entonces de todo cuanto existía. La oscuridad sempiterna, única habitante del universo, se sintió amenazada. Esta nueva presencia la inquietaba. Temía perder su absoluto dominio de cuanto existía. La preferencia de Dios. Al que pertenecía y le pertenecía, sin debate. En su manera de ver ella y Dios eran lo mismo. Siempre habían estado juntos y convivían en una eterna armonía. Nada podía interponerse a esa armonía, a esa dualidad. Dios y la oscuridad. Gobernando todo cuanto existía en el universo. Y ambos fluyendo con naturalidad, viajando a través del tiempo, sin más.
La oscuridad guardó silencio, mientras crecía en ella el celo, la envidia, la desconfianza.  Fluía ahora contaminada de sentimientos hostiles, de pasiones irrefrenables de extinción, de separación. Inmediatamente nombró enemiga a la luz en su interior. Juro una guerra contra ella y prometió no cejar en sus esfuerzos hasta que desapareciera. Las cosas debían ser como antes, Sólo Dios y ella. La luz, solo podría traer pesar, sufrimiento, inquina. Algo que nunca siquiera se había insinuado, pero estaba dentro de ella y de tales espantos era responsable la luz, por cuanto Oscuridad nunca había sentido sus sentimientos embargados en conmociones semejantes hasta entonces. Todo lo perfecto del universo había mutado ahora a una calamidad naciente y expansiva. La luz, traía miseria al corazón de la oscuridad. De esta miseria, creación de Dios, era responsable la luz y como tal tendría que desaparecer, pagando con su existencia, todo el mal que había generado.
Cierto día, Oscuridad, se presentó ante Dios en queja:
-        Mi señor, ¿qué has hecho?

-        He creado la luz.  El universo es muy hermoso.
-        Mi corazón es arrastrado por la pretenciosa luz, a sentimientos desconocidos para mí.  Me veo envuelta y aturdida por su pretensión. Su falta de respeto, su arrogancia.
-        No te veas amenazada.  Nada te pasará, me cuidaré de ello.
-        Pero, ¿hará falta que ande por todo el universo?
-        Debe contar con libertad. Déjala, llegará hasta donde le plazca.
-        Es que toma mis lugares, pierdo mis dominios, me siento aturdida por sus ruidos.
-        No te preocupes,  hay en el universo lugar para ambas.
-        Es maleducada. Ni se ha presentado, se mete por todos lados, he perdido totalmente intimidad.
-        Sabrás cuidarla, no temas. No se hable más. Ve a tus quehaceres. 
Oscuridad partió de allí, más decepcionada que cuando entró. La tristeza inundó todo su ser. Agrias lágrimas, recorrieron su rostro y humedecieron su ser. Pensamientos horribles se alojaron en ella. Muerte, dolor, sufrimiento duradero. Todo mal que pudo imaginar, todo lo desplegó en su interior.  Se retiró un tiempo. Viajó a los confines del universo, tratando de encontrar un poco de soledad. Estaba asfixiada, desconsolada. Ahora debía tolerar a la luz, con anuencia de Dios. Este le había vuelto la espalda, la condenó a soportarla. Impotente, inaceptable, permaneció retirada.
Tiempo ha pasado, la oscuridad quedó sumida en la desesperación, el odio. Tanto se dejó tomar por aquellos sentimientos, que finalmente, no pudo ya encontrar qué era una cosa y qué era la otra. Qué estaba al principio y que luego de la irrupción de la luz.
Ahora estaba tomada por el rencor que la atravesaba en todo su ser, toda su existencia, se había transformado en otra cosa. Una entidad perversa en la que habían crecido las mociones más ofensivas, más desleales. Mientras más crecían en ella, estos sentimientos la alimentaban y fortalecían en el perseguido fin de extinguir a su enemiga, de malograr su existencia maldita y ladrona. Así, aunque lentamente iba perdiendo paz, la fuerza que obtenía, le otorgaba coraje para la batalla que presentaría. Lograría su objetivo mezquino y sordo. Ser la única, la compañera, la armonía y el equilibrio de Dios.
Mientras más fuerte se sentía, mientras más rencor lograba, crecía en ella una confianza absurda, un audacia hacia una gran batalla de la que de seguro saldría victoriosa. 
En esa batalla, probaría ella su supremacía, ya que esta fuerza creada en la sola presencia de la luz, tenía origen en su parte divina. Estos sentimientos y la fuerza que le generaban, nuevos para ella, no podrían estar, si no fueran puestos allí por Dios. Estas Fuerzas destructivas, las sembró Dios en ella, para proteger la dualidad, la armonía, el balance perfecto, que por un instante Dios perdió de vista y necesitaría de ella, para recuperar. 
Así pergeñó su batalla, decidiendo entonces que ganaría y llevaría muerta a la luz y la arrojaría a los pies de Dios, para su regocijo, para recuperar lo perdido, para que  todo vuelva a lo inalterado y eterno. 
Ya había ensayado sus palabras. Su ofrenda. Su humildad, de ropas raídas y cuerpo lastimado de la batalla, para que su sangre ahora, forme parte del pacto con su Dios. El equívoco que ella podría perdonar, aprovechándolo para sellar su pacto. Retomando un destino que no debió cambiarse.
Ahora sólo está esperando el momento oportuno.