Así la muerte en su espanto y
odio, pasaba largo tiempo tratando de encontrar estrategias para eliminar a la
luz.
Consultó a los magos, las sacerdotisas sin éxito. Desconsolada
convocó a Mortum, el rey de las
enfermedades, que tenía en sus dominios, la potencia de desencadenar cualquier
enfermedad conocida e incluso provocar otras, a su sólo albedrío. Él le explicó
que aunque extendiera su propio arte más allá de lo conocido, nada podría hacer
con una hija del Padre y que lo que terminaría con ella, no podría ser el
resultado de una obra suya.
-
A mí me fueron dadas las infecciones, los
tumores y los males de los humores. Puedo hacer uno y el otro, ambos o
combinaciones que exigen mi creatividad. Pero sé por otros hijos de Él, que
nada que haga yo puede con ellos.
Mortum, era viejo, de aspecto
desagradable, entre llagas y supuraciones, asomaban unos ojos apagados, entre
lagañas resecas y pestilentes. A los dedos les faltaban falanges, estaba
tullido, anquilosado y tenía unos horribles espasmos indoloros, que
interrumpían cualquier actividad que llevara adelante. Él lo tomaba con
naturalidad, como si estuviera con él desde siempre. Un abdomen globuloso que
ascendía por encima de los pulmones, le provocaban una respiración corta,
superficial y muy acelerada. Sus orines se acumulaban en un charco a su
alrededor y una nube pestilente de tábanos y moscas los seguía a todos lados.
El hedor delante y detrás hacía una estela imposible de no reconocer.
Oscuridad, apenada por cuanto
había escuchado se retiró a llorar donde nadie pudiera verla. Hasta que entre
sollozo y sollozo, advirtió frente a ella a Tiempo, que jugaba con dos bolitas
de polvo, que tocaban por encima y debajo de su brazo extendido. Notable era
como mantenía el ritmo y un tic-tac acompañaba todo el movimiento, toda la
presencia.
-
¿qué te atribula, Oscuridad? Pregunto Tiempo.
-
No logro dar con lo que necesito.
-
¿Habrás buscado bien? ¿Te has fijado en todos tus escondites?
-
En todo el universo, parece no tener lugar algo
que me permita retomar mi sosiego.
-
¿Qué puede perturbarte tanto que la cura no esté
disponible en el vasto universo que Él ha hecho para nosotros?
-
Es la hija bastarda de Él, quien ha perturbado
mi paz.
-
¿Te refieres a Luz?
-
Sí. Aquí y ahora necesitaría todo el poder de
Él, para aniquilarle
Tiempo, se quedó meditando. Luego
como si le hubiera caído una idea le dijo:
-
Es que a lo mejor te equivocas. Sencillamente
déjate ayudar y entre mucho, quizá logres, lo que sola no puedes.
-
¿A qué te refieres?
-
Convoca a un ejército. Pon en él a todos tus
aliados y prepara una guerra. Dispérsalos por mis territorios. Todo a lo largo
y a lo ancho de mi espacio. Incluso en los dobleces. Esconde tus aliados y
prepara cada una de todas las batallas que fueran necesarias. Mis territorios
se expanden a tierras de Futuro, con lo cual, incluso allí puedes infiltrar a
tus guerreros. Y puedes remontarme hacia atrás, si te place, para poner allí también
oprobios.
-
¿De qué me serviría? He consultado a todos los
que aquí habitamos y nadie dice que pueda con ella.
-
Pero no has hablado con todos ellos juntos, ni
has preparado batalla con todas sus fuerzas, ni te has esmerado en mi dominio
en tierras de Pasado, ni quieres contar con que de seguro venceré a Futuro.
Permíteme mostrarte un juego que hago con algunos, a los que me mandan tocar.
En el espacio
oscuro y siniestro hay ahora una imagen de unos hombres. Todos fatigados, exhaustos
de trabajos penosos y repetidos y luego, otros diferentes. Corrían sin
descanso, cuando habían terminado de tallar un madero se desaparecía, sin
detenerse siquiera, sorprendidos del prodigio, tomaban otro y comenzaban
nuevamente la tarea y tan pronto terminaban un ánfora en metal, entonces
desaparecía. AL final del día al acostarse, a descansar tenía sueños
vertiginosos, dormían inquietos, sin lograr descanso, giraban para un lado y el
otro y finalmente, cuando habían logrado quedarse en reposo pleno, los
interrumpía una urgencia inexistente y se levantaban inquietos, ansiosos. Preocupados
emprendían nuevamente las faenas de ese día y malograban todas sus obras, las
que terminaban por ser pueriles, efímeras, inexistentes. No podían detenerse.
Cerca de ellos
había otros. Cantaban. Trabajaban a gusto, con ritmo, pero sin apuro.
Charloteaban mientras modelaban, cortaban, pulían y luego de terminar,
contemplaban sus obras, sus logros. Después de quedar al tanto de cada detalle
de lo hecho, de la obra terminada, entonces, se dirigían a los otros. Les pedían
opinión, compartían experiencias hacían chistes y compartían vino y comida en
largas conversaciones, sin puerto de salida o de llegada. Conversaciones por el
gusto de conversar, por el gusto de compartir. Eran hombres y mujeres felices
compartiendo lo hecho y esos objetos, terminaban por ser puentes para conocer a
otros y luego podían tenerlos cuanto quisieran y deshacerse de ellos a placer,
para dar lugar a una cosa nueva, renovadora y convocante a desafíos y promesas
de nuevas conversaciones ampliadoras de mundos. Ellos estaban donde debían
estar, contando con todo la dimensión de Tiempo, felices. Plenos. La imagen
desapareció.
Oscuridad
absorta. Rompió el silencio y dijo. Voy a tomar tu propuesta. Armaré un
ejército y lo llamaré “Los Malditos”. Serán mis soldados para asolar en todo
tiempo a Luz. Hasta el final. Hasta verla morir.